lunes, 2 de noviembre de 2015

La edad de la inocencia

El Universal, 2 de noviembre de 2015


La escritora neoyorkina Edith Wharton es un personaje fascinante donde los haya. En paralelo a su carrera literaria, apuntalada básicamente en tres novelas, tuvo la fortaleza de levantar la voz, atreviéndose a desvelar con sutil ironía las interioridades de la aristocracia norteamericana.

Haciendo uso de la influyente posición de la que disfrutaba, desarrolló una importante labor social que le haría acreedora a la Cruz de la Legión de Honor otorgada por el gobierno francés. 

Durante la primera Guerra Mundial, Wharton trabajó para la Cruz Roja, promovió la creación de talleres para mujeres desempleadas y apoyó hospitales para tuberculosos. Una biografía, firmada por el filósofo Jorge Freire en 1985, asevera que en pleno conflicto armado abrió tres albergues, un depósito de ropa y un banco de alimentos, que hizo propaganda política y que recorrió el frente en motocicleta. Encarada, pues, con las miserias de la guerra, mal podría Wharton ser una mujer inocente, ajena a las realidades de la vida.


Sin embargo, La edad de la Inocencia, la novela que la consagraría como escritora al granjearle el Pulitzer en 1921, quizá refleje algo del desencanto experimentado por ella misma, proyectado en el personaje de la condesa Olenska quien, tras tomar la decisión de abandonar a su marido, se enfrenta la censura de que la hace objeto la sociedad norteamericana, en cuyo seno había pretendido refugiarse. Señalada por el escándalo, se ve constreñida por su propia familia a optar entre volver a Europa, junto a su esposo, o permanecer en los Estados Unidos llevando una existencia recatada, lejos de la vida mundana de la élite neoyorkina (Wharton, que sería la primera mujer nombrada doctor honoris causa por la Universidad de Yale, y quien recibiría la medalla de oro de del Instituto Nacional de las Artes y las Letras del gobierno de Estados Unidos, se había divorciado en 1913, harta de las continuas infidelidades de su marido).



Tres versiones cinematográficas se han hecho de La edad de la inocencia, en 1924, 1934 y 1993 respectivamente, así como una adaptación teatral llevada a Broadway en 1928. Previamente, Joshua Reynolds había pintado el retrato homónimo de quien se presume era su sobrina nieta, cuando tenía unos cuatro años, hoy en día exhibido en la Tate Gallery.

Mucho se ha escrito sobre esa especie de estado de gracia que confiere la inocencia, esa forma de beatitud derivada de la ignorancia, del desconocimiento de las facetas menos gratas de la vida. Sin embargo, poco énfasis se ha hecho en el doloroso abrir los ojos que comporta el crecimiento.

Seguramente fue Rousseau de los primeros en clamar porque se reconociera y respetara la condición de niño de los educandos a través de su Emilio, libro calificado como impío, escandaloso y ofensivo, y que ocasionaría la intempestiva salida de Francia de su autor para evitar la cárcel.

Solo quienes participan de la idea de que todo tiempo pasado fue mejor pueden suscribir la sandez de que se es feliz por el mero hecho de ser niño. Hay niñeces de todo tipo y, hoy, quisiera romper una lanza por todos aquellos niños “normales” que, sin padecer de hambre en Etiopía ni ser refugiados somalíes, se ven sometidos a toda clase de presiones.

Día a día libran sus propias batallas, conquistan sus propias cúspides y se adaptan a los horarios de los mayores. Carecen de hegemonía para tomar sus decisiones y cualquier cuestionamiento lúcido es interpretado como una “falta de respeto”. Junto al deslumbramiento gozoso y el asombro, corre una rutina diseñada para comodidad de los adultos. Sin duda, merecen ser escuchados mientras atraviesan por esta pretendida Arcadia, cuyas mieles nos promete la edad de la inocencia.

lunes, 26 de octubre de 2015

Golcar y Cadenas

El Universal, 27 de octubre de 2015

Se veía venir. Hace exactamente un año, en octubre de 2014, los ojos de España se volvieron hacia la figura de Rafael Cadenas. Su retrato se proyectaba señero desde el inmenso cartel que, ubicado en la Plaza de Callao, convocaba al IV Festival de Poesía de Madrid. El protagonismo del barquisimetano en el marco de este evento ponía en luz el creciente interés en su trayectoria y su obra, y anticipaba el reconocimiento de que sería objeto más tarde al otorgársele el Premio de Poesía García Lorca.

El público madrileño concurrió masivamente a los dos encuentros con él convocados: un homenaje titulado “Las falsas maniobras de Rafael Cadenas. Reflexiones sobre su obra”, que se le ofreció el día 21 de octubre en Casa de América y, sobre todo, un recital que tuvo lugar previamente en el auditorio de Conde Duque, en el que el periodista canario Juan Cruz intervino como interlocutor del poeta . Llegado cierto punto, Cruz inquirió qué significado tenía para Cadenas la palabra “Venezuela”, a lo que éste respondió serena, íntima, reflexivamente: “¿Venezuela? Me hace falta…”

Yo soy de los que comparte la devoción enfervorizada hacia este hombre de quien me admira, si bien su poesía, más aún su discreción, su moderación. Su talante apacible y honesto, sin poses y sin grandilocuencia, me inspira el más profundo respeto. Y, obviamente, le agradezco que haya demostrado una vez más que el venezolano es capaz de alcanzar nobles horizontes. Aplaudo la concesión de este premio, vaticinado sin duda por la publicación de una antología de su obra que hizo en España Editorial Visor.


Sin embargo, como Cadenas ni necesita ni pretende granjearse indulgencias con escapulario ajeno, me parece de justicia acotar que el autor de un texto que viene circulando viralmente en los últimos días, titulado ¿Dónde queda Venezuela? no es el eximio poeta, sino el escritor merideño Golcar Rojas.

El texto, publicado por primera vez en el blog de Rojas en noviembre de 2014, apunta a la realidad de la creciente presencia venezolana en otros países: “Venezuela hoy es un país desperdigado por el mundo”, diría el escritor. Así mismo, apunta a una dolorosa faceta de nuestra patria, descrita con extraordinaria y conmovedora prosa: “Este pozo de plomo y sangre, este luto en gerundio, este llanto que no cesa”.

En su post, Golcar usó como epígrafe la frase con la que Cadenas había respondido en Madrid (“¿Venezuela? Me hace falta”), indicando, evidentemente, el autor. Fue a partir de ese epígrafe que se atribuyó el texto al poeta, quien no tardó en aclarar que no era suyo a través de una nota que tituló Letras de otro.

Rojas, autor de novelas como El infierno de Edelmiro y Te voy a llevar al cielo, no ha vacilado en prescindir del andamiaje editorial convencional, comercializando su obra a través de internet. “Escribo porque me divierte y pretendo divertir a quien me lee”, ha
dicho. “Escribir es una forma de exiliarme. De escapar. Me ayuda a interpretar la extraña circunstancia que nos ha tocado vivir a los venezolanos”.


Cualquiera que haya sido su autor, ¿Dónde queda Venezuela? enfatiza el aporte que hacen los venezolanos a cada uno de los campos en que se desempeñan. Tanto en el ámbito de las ciencias como en el de las artes hay compatriotas ejerciendo en destacadas posiciones y a cargo de proyectos destinados a impactar en la salud y la cultura alrededor del mundo, lo cual debería constituir no solo causa de orgullo, sino también un estimulo para bogar, cualesquiera que sean las circunstancias. 
Seguro que habrá que concluir con Golcar Rojas: “Donde esté radicado el talento, la inteligencia y el trabajo de los venezolanos que se han ido, ahí queda Venezuela”.

lunes, 19 de octubre de 2015

Perdón y resentimiento

El Universal, 19 de octubre de 2015

La base del aprendizaje es la experiencia. Descubrimos que el agua moja, que el sol calienta y que el fuego quema, y actuamos en consecuencia: nadie volverá a aproximar la mano a la vela que arde.

Este aprendizaje es extensivo a las personas. De hecho, es la base de los prejuicios: surge la convicción de que alguien tiene ciertos rasgos aún antes de constatarlo, convicción que proviene de generalizar lo que son los comportamientos particulares de alguien a otros que pertenecen a su mismo grupo o condición social. Nada más ilustrativo al respecto que la conocida frase “dime con quién andas y te diré quién eres”. Y es que necesariamente tiene que ser así: forma parte de los mecanismos de defensa que se desarrollan para protegernos frente a las adversidades que nos opone el medio. Tras una experiencia negativa con alguien, procuramos poner distancia. La psicología conductista lo denomina “evitación-escape”


Ante la proximidad de alguien que nos ha herido previamente se disparan las alarmas y, en ocasiones, es razonable que se interponga una cierta dosis de cautela para no volver a ser víctimas de conductas recurrentes. Sin embargo, si bien es cierto que tenemos una cuota de responsabilidad en los resultados de nuestra interacción con otros, también es cierto que podemos rechazar conductas, pero no personas: la misma persona puede actuar de uno u otro modo según el caso, en ocasiones orientado por motivaciones que no acabamos de comprender.

Crash, que mereciera el Oscar a la mejor película en 1985, ilustra magistralmente este cambio de roles que cualquiera puede protagonizar cuando cambian las circunstancias, así como el vuelco que puede experimentar nuestra interpretación de los hechos cuando los contextualizamos, o cuando incorporamos elementos que ignorábamos a los criterios que empleamos para emitir una opinión: justificamos, o al menos comprendemos, la conducta del otro.


Surge la posibilidad del perdón. Pero no el perdón entendido en los términos tradicionales, como un acto de magnanimidad en el que se concede un beneficio al inculpado, indultándosele. Eso no funciona sino en el ámbito judicial. Hablo de este estado en que se concilian nuestras disonancias internas porque, mal que nos pese, cuando hay herida, es porque la persona que ha ocasionado el agravio nos importa. De lo contrario, apenas nos irritaría lo sucedido, olvidándolo de inmediato. El dolor sobreviene cuando el golpe resulta inesperado, estimado injusto o innecesario, cuando proviene de quien amamos. Entonces, surge ese incómodo desencuentro entre el afecto que hasta entonces le hemos profesado y el rechazo que nos produce tras habernos herido. Y viene el comportamiento consiguiente: el distanciamiento.

El perdón, más que un acto dirigido hacia otros, es la posibilidad de aliviar la tensión interna entre dos fuerzas que pugnan; es la conquista de la empatía, la posibilidad de
ponerse en el lugar del otro; es el triunfo del amor, es poner en la balanza de los afectos lo bueno y lo malo, y optar por el paquete; es cerrar los ojos y seguir adelante. ¿Volverán las cosas a ser cómo eran antes? No necesariamente. Quizá sean diferentes, pero prosiguen. Vendrán nuevos episodios y se escribirán nuevos capítulos. Después de todo, las cosas vivas no son inmutables: evolucionan, se transforman, maduran, envejecen, retoñan.


No en vano José Ortega y Gasset enfatizaba la unidad del sujeto y su entorno, lo que lo circundaba, la circum-stancia que condiciona hasta cierto punto los que hacemos. Habrá que discriminar entre la saludable prudencia y el prejuicio; comprobar cuán próximas están las heridas al afecto, y medir hasta qué punto estamos dispuestos a correr riesgos.

lunes, 12 de octubre de 2015

El amor que me sobra

El Universal,  de octubre de 2015


Yo recuerdo a Facundo Cabral. O mejor dicho: recuerdo cómo reaccionaba la gente en torno a Facundo Cabral. Su barba y su discurso denunciativo exhalaban un olor sospechosamente izquierdoso y, por ende, necesariamente descreído. Quizá por eso era más popular aquello de “No soy de aquí”, que lo otro de “Pobrecito mi patrón”.

Como quiera que sea, el tiempo pone las cosas en su sitio y, a la postre, Cabral ha resultado un referente en cuanto a la reivindicación de las cosas sencillas como fuente de bienestar y serenidad. Fue declarado Mensajero de la Paz por la Unesco en 1996 y, en materia religiosa, quien se autodefiniría como un “cristiano ecuménico, no católico”, llegó a colaborar estrechamente con la Madre Teresa de Calcuta.

En 1978, cuando su esposa y su hija fallecieron en un accidente aéreo, recibió una llamada de quien fuera Premio Nobel de la Paz. Según él mismo narrara en un espectáculo, la Madre Teresa le dijo: “Caramba, ahora sí que estás en problemas: ¿dónde vas a poner el amor que te sobra?” Cabral decidió incorporarse al cuidado de los leprosos que llevaba a cabo la religiosa y, en sus propias palabras, esto “lo salvó”.


He visto levantarse innumerables críticas hacia la madre Teresa por parte de quienes aspiran a que prive la justicia por encima de la caridad. Ha sido acusada de contribuir a mantener el statu quo en lugar de demandar la intervención de las instituciones competentes para obtener transformaciones sociales. Su posición en contra del aborto, considerada ofensiva por quienes piensan que cada mujer debe gozar de absoluta hegemonía sobre su cuerpo y su vida (y, de rebote, sobre el cuerpo y la vida de su hijo), ha resultado, sin duda, polémica.

Sin embargo, supongo que nadie estará dispuesto a discutir que ella, prescindiendo de todo aparato ideológico, empeñó su tiempo y su imagen en hacer más digna la vida (y la muerte) de aquellos a quienes escogió como objeto de su labor: los más pobres entre los pobres.


Se trata quizá de una cuestión de roles, de funciones: criticarla sería poco más o menos como criticar la intervención médica cuando la profilaxis resulta insuficiente. La Madre Teresa no hizo más que paliar los resultados de un sistema social a todas luces injusto e ineficiente, cimentando su labor en valores del Evangelio tan universales como la justicia, el perdón y el amor fraterno. Y con ellos rescató, entre otros muchos, a Facundo Cabral.

El punto central aquí es el amor que nos sobra. Si es contundente el hecho de que todos necesitamos ser amados, es igualmente cierto que todos tenemos la necesidad de amar, de volcarnos en otro. Nos realizamos en el servicio. La experiencia de sentirse útil, de contribuir a aliviar el sufrimiento, de modificar aunque sea mínimamente el mundo de alguien, remienda de manera efectiva el propio vacío existencial, en particular aquel que sobreviene cuando se quiebra la columna que vertebra nuestra vida y ello ocasiona que te encuentres repentinamente, en medio del caos y la desarticulación, con las manos llenas de dones que ahora carecen de destinatario, llenas del amor que te sobra. Y hay que buscar en dónde colocarlo.


María Luisa Mora
La experiencia de la Madre Teresa, quien, por cierto, vivió en el estado Yaracuy, revelaba un hecho innegable y es que, cuando hay alguien que depende de nosotros en cierta medida, sacamos fuerzas de flaqueza no por nosotros, sino por esa persona, también llamada a crecer y a realizarse autónomamente. Es, en resumen, lo que plantea el poema Resistencia de María Luisa Mora: “Después de la derrota, queda algo/por lo que merece la pena resistir:/la felicidad de los demás,/el brillo de unos ojos nuevos que nos miran/ como si, de nosotros, dependiera el mundo”.

lunes, 5 de octubre de 2015

Tarea escolar: ¿sí o no?

El Uiversal, 5 de octubre de 2015

Finlandia, el país que anualmente lidera el ranking del informe PISA, asombró al mundo en días pasados al experimentar con modificaciones en su pensum escolar, entre las que prevé organizar los conocimientos en torno a grandes ejes temáticos en lugar de por asignaturas. Esta propuesta, asimilable al concepto de globalización que se introdujo en Venezuela junto con la Escuela Básica, responde a la necesidad de un modelo educativo que prepare a los alumnos para la vida laboral. “Tenemos que hacer los cambios en la educación que son necesarios para la industria y la sociedad moderna", afirmaría Pasi Silander, uno de los responsables de la transformación pedagógica que se opera en Helsinki.

El estudio se acometería a partir de temas, situaciones o eventos, un trabajo parecido al que han emprendido los jesuitas en Cataluña, recientemente, a través del “aprendizaje por proyectos” (por fenómenos, dirían los finlandeses).
Estos planteamientos habían sido ya formulados en los años 70 por un personaje cuya visión crítica tendría gran repercusión en el desarrollo de la educación y en la noción contemporánea de esta: Ivan Illich.

A pesar de lo que su nombre parece apuntar, Illich era austríaco, y no ruso. Habiendo sido perseguido por judío, terminó ordenado como sacerdote católico, y su voz se levantó entre todas para manifestar la escasa confianza que le inspiraban los procedimientos educativos convencionales. Afirmaría que la escuela se limita a “inculcar” a los educandos un currículum obligatorio, en tanto que el verdadero aprendizaje proviene de la experiencia, a veces casual, y tiene lugar fuera de esta institución.

Illich, Reimer, Freire, grandes reformadores de la Educación en el siglo XX, vieron claro que la escuela cumple infinidad de funciones, entre las cuales la que menos pesa es la de crear un entorno que favorezca un aprendizaje efectivo, y no una simple memorización pasiva de datos.

Si el docente se viera relevado de muchas de las tareas burocráticas que realiza, podría entonces transformarse en un verdadero gestor de los aprendizajes, diseñando experiencias favorables para adquirir conocimientos, en las que el estudiante desempeñaría un papel activo. En una situación así, la memorización y la repetición pierden preponderancia, y las tareas escolares son menos necesarias.
Está clara la importancia de la práctica. Lo que se cuestiona es la pertinencia de que esas actividades en las que se produce la aplicación, análisis y síntesis de los conocimientos adquiridos, según diría Bloom, deban tener lugar en casa.

Dicen que la tarea sirve al propósito de crear el hábito de reservar un tiempo diario para el estudio. Cabe preguntarse: ¿a qué se dedican entonces las horas en la escuela, que comprometen una parte importante de la jornada del niño?

Por otra parte, aprender no es solo fruto del estudio: la rutina familiar, el salir a la calle, la prensa, el deporte, proveen infinidad de experiencias que desembocan en aprendizajes significativos, porque van asociados a la vida real. La tarea escolar suele entrar en competencia con esas fuentes de conocimientos, monopolizando el tiempo del estudiante.

Finalmente, en el ámbito afectivo, la tarea escolar resta protagonismo al momento de solaz compartido en familia, tiranizando la vida hogareña y gravitando, las más de las veces, sobre padres que regresan a casa agotados tras la jornada laboral. Ello se traduce en tensiones e irritabilidad, o en que los padres terminen por hacer las actividades para poder darles fin, sin beneficio ninguno para el educando.

Va llegando el momento de escindir lo que es aprender y estar escolarizado; sabiduría y memoria; notas y conocimiento, vivir y estudiar.

lunes, 28 de septiembre de 2015

Quiero volver a casa

El Universal, 28 de septiembre de 2015

El poder de la lengua radica en su capacidad de despertar en el otro lo que se desea transmitir, en comunicar el sentido exacto de aquello que se enuncia. Nuestro idioma es particularmente rico: hay una palabra para definir con precisión cada cosa. Y sin embargo, creo que en castellano no hay un término que refleje tan fielmente un sentimiento como el anglosajón “homesick”. No se trata de nostalgia, de melancolía, de añoranza: se trata de la sensación de echar de menos nuestro hogar.

No hay actitud más humana que, una vez dado el paso de trasladarse a otro país, vacilar y preguntarse si será posible, efectivamente, adaptarse; cuestionar si se ha tomado la decisión correcta, si se es capaz de salir adelante en la Tierra Prometida.
Cuentan que Alejandro Magno, al desembarcar en las costas de Fenicia, hizo quemar los navíos en los que había llegado su ejército. A continuación arengó a sus soldados poniendo en luz cómo, habiendo ardido los barcos, la única esperanza de volver a casa era vencer para poder regresar en la flota del enemigo. De allí viene la expresión “quemar las naves”: se trata de arriesgar el todo por el todo, de avanzar en pos de un objetivo sin posibilidad de dar marcha atrás ante las dificultades.

Hay muchos que, por diversas razones, asumen esa actitud: se deshacen de sus propiedades antes de partir, a veces por juntar un capital que permita recomenzar en el nuevo entorno, a veces por romper con todo lo que constituya un vínculo con el pasado. Lo que en algunos casos podría parecer una temeridad que contradice la más elemental prudencia, resulta en otros inevitable, pues los recursos son imprescindibles.

Quemar las naves, si bien puede constituir un acicate para seguir adelante y no arredrarse, también puede incrementar los niveles de ansiedad ante la perspectiva de estar “preso” en el lugar de llegada, obligado a permanecer allí porque no hay otra alternativa. Asumir el traslado como una experiencia que puede ser permanente o no, según queramos, debería contribuir a aminorar el estrés. Es importante valorar que el cambio ha sido fruto de una elección voluntaria, que ha sido deseado y planificado, y que permanecer en el nuevo entorno es, así mismo, una decisión que puede ser revertida sin ver en ello un fracaso.

Pero sin duda una de las situaciones que más incomodidad produce al emigrar es el desconcierto ante la propia identidad. Para decirlo mal y pronto: no sabemos qué pintamos en nuestro nuevo mundo. 

Los seres humanos tendemos a auto-percibirnos, quizá equivocadamente, en función de lo que hacemos. Necesitamos asimilarnos a un grupo e interactuar con él, sabiendo lo que aportamos. Por eso uno de los factores que facilitan más la adaptación es la actividad, aunque no sea remunerada. Pasar de “jugar banco” a incorporarse al terreno de juego puede cambiar drásticamente la manera de percibir las cosas y contrarrestar el sentimiento de desarraigo que sobreviene en estos casos. No en balde se cuestionaba Miguelito, en una tira de Mafalda, que mientras una tortuga para vivir solo tiene que ser tortuga, un tipo para vivir tiene que ser albañil, abogado, tornero, oficinista…
Una mirada a los comentarios que dejan en internet los estudiantes de intercambios internacionales revela cuán a menudo se experimenta esta desconcertante sensación de desarraigo y como en la casi totalidad de los casos se supera.


Es muy humano flaquear, vacilar. Hay que saber darse tiempo y comprender que estos sentimientos son naturales y van diluyéndose. Establecer un lapso para tomar decisiones, concebir la permanencia como una opción e incorporarse a alguna actividad que permita sentirse útil y relacionarse son, sin duda, los pasos fundamentales para emprender una nueva vida en otro lugar.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Laudato si

El Universal, 21 de septiembre de 2015


La relación entre degradación ambiental y pobreza ha sido el tema en torno al cual han girado últimamente muchas de las disertaciones del Papa Francisco. Sin ir más lejos, hace pocos días exhortó a los ministros de Medio Ambiente de la Unión Europea, con quienes mantuvo un encuentro, a tomar medidas que contribuyan al cuidado de la Creación.

Ya en el mes de julio había expuesto su visión del asunto durante la inauguración del Congreso “Esclavitud moderna y cambio climático: el compromiso de las ciudades”: fenómenos relacionados con el inapropiado trato del planeta, tales como la desertificación causada por la deforestación, ocasionan desplazamientos masivos de personas, que son presa fácil del trabajo esclavo o la prostitución cuando se ven obligados a migrar a grandes centros poblados.

El Pontífice estableció recientemente la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que se celebrará a partir de este año el día 1º de septiembre, como en la Iglesia Ortodoxa. Pero ninguna iniciativa refleja tan claramente la preocupación de la Santa Sede por el deterioro ambiental y sus consecuencias como la presentación de Laudato si, la segunda encíclica del Papa Francisco. En ella, Su Santidad se dirige no solo al mundo católico, sino a todo habitante del planeta, al que se refiere mencionándolo como “nuestra casa común”.

“Laudato si” son las palabras con que comienza el Cántico de las Criaturas, escrito en el siglo XIII por San Francisco de Asis, de quien toma su nombre el Pontífice y que no pocas veces le ha servido de inspiración: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”.


Algunas de las propuestas que la encíclica recoge van en la línea de limitar sustancialmente el consumo de energía no renovable, promover una adecuada gestión de los bosques, del transporte y de los residuos, y de intervenir cuanto antes en el grave problema del despilfarro de alimentos. Del mismo modo, el Pontífice menciona la “deuda ecológica” que mantienen unos países para con otros, básicamente del Norte para con el Sur. Este último punto ha despertado cierta polémica en quienes han sentido estas afirmaciones incómodamente próximas a la Teoría de la Dependencia, según la cual los recursos naturales fluyen de los países pobres hacia el núcleo de los países ricos. La explicación en sí misma no está descaminada. Lo que ha causado malestar es el antídoto que dicha teoría propone: restringir el comercio con los países desarrollados y limitar la inversión extranjera, un modelo económico que a día de hoy resulta indefendible, según algunos economistas. Como quiera que sea, Laudato si enfatiza la necesidad de abordar los problemas ambientales y económicos a través de un debate razonado en el que participen todos los sectores de la sociedad.



Sin duda me resulta loable la decisión de la Santa Sede involucrarse en problemas acuciantes y de aprovechar su influyente posición para fomentar nuevas actitudes y estilos de vida, contribuyendo a establecer un apropiado marco moral e institucional. Otras personalidades lo han hecho, con esas u otras intenciones. Baste recordar la película Una verdad incómoda, relacionada con la campaña que efectuara el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, para educar a los ciudadanos acerca del calentamiento global o, en otro tenor, la Carta a la Tierra, escrita por Mikhail Gorbachov, quien, con acierto, subraya la responsabilidad que tenemos para con las futuras generaciones y no vacila en promover la filosofía de los indígenas americanos: "no hemos heredado la tierra de nuestros padres , sino que la tomamos en préstamo de nuestros hijos”.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Los hermanos Bolet- Peraza y el siglo XIX

El Universal, 14 de septiembre de 2015

En el floreciente panorama de la cultura venezolana en el siglo XIX, las figuras de Ramón y Nicanor Bolet Peraza destacan no solo por la calidad de su trabajo en diferentes rubros, sino también por la abundancia de su producción.

Este período de la historia cultural de Venezuela resulta especialmente pujante en razón de las trasformaciones que se operan a nivel social y político. Por una parte, es en esta época que se retoma la actividad artística después del prolongado cese impuesto por la Guerra de Independencia y, por otra, la pintura venezolana comienza a cobrar reconocimiento internacional, principalmente a causa del apoyo que diferentes personajes e instituciones brindarían a los artistas locales, sobre todo para que prosiguieran su formación en el extranjero. Además, es durante esta etapa cuando comienza a signarse la obra de arte con la impronta venezolana, lo que se expresa, generalmente, a través del motivo representado.

Carmelo Vilda señala cómo, entre 1830, fecha en se separa de la Gran Colombia, y 1888, Venezuela se vería sacudida por 730 combates y 26 revoluciones. Ante esta situación, el arte se perfila como un recurso más para consolidar la República, mediante la exaltación del espíritu nacionalista. En la pintura, cobra auge el género épico, una descripción visual de los hechos históricos a modo de fotografía documental; en la escultura, Antonio Guzmán Blanco ensalzaría con estatuas y monumentos públicos, efímeros o no, a diversos héroes nacionales, según explica José María Salvador, uno de los más connotados expertos en este periodo.

Junto con Manuel Antonio González, Ramón Bolet es uno de los más importantes escultores de este período, pero es, así mismo, uno de los más brillantes ilustradores del siglo XIX. También concibió diferentes diseños numismáticos, como las cuatro monedas conmemorativas con que Guzmán Blanco obsequiaría a cada uno de los Presidentes de los Estados regionales con motivo de las fiestas de Inauguración del monumento ecuestre del Libertador en 1874.


Por su parte, Nicanor, que pasaría a la historia como uno de los más connotados escritores costumbristas venezolanos, comenzó colaborando con la imprenta familiar en el Estado Anzoátegui. Al trasladarse a Caracas, promueve la publicación de El Museo Ilustrado,(1865), donde suscribiría diversos artículos con el pseudónimo de Abdul Azis.


A pesar de haber apoyado al Ilustre Americano durante los primeros años de su mandato, Nicanor se convierte en uno de los más estrechos colaboradores del Presidente Francisco Linares Alcántara cuando éste accede al poder. Tras el deceso de Linares Alcántara, Nicanor se ve obligado a emigrar a Nueva York con su familia, al verse perseguido, como otros, a causa de las severas críticas opuestas a Guzmán Blanco, quien había retomado el gobierno de la nación.

En Nueva York forma parte del grupo que funda la Sociedad Literaria Hispanoamericana, cuya presidencia asumió en varias ocasiones. Allí publica La revista lustrada y Las tres Américas, en las que reseña los éxitos de otros latinoamericanos, mientras redacta en paralelo otros textos marcados por su innegable vena humorística. Su pluma lega a la posteridad obras como La revolución del trabajo, Cartas gredalenses e Impresiones de viaje, así como dos obras de teatro: A falta de pan, buenas son tortas y Luchas del hogar.

Simón Noriega señala cómo Humboldt y Semple elogian la cortesía, los buenos modales, el conocimiento de los maestros de la literatura y el gusto por la música que caracterizaban a los caraqueños. Es por ello que la segunda mitad del siglo XIX seguirá ofreciéndonos abundante material de investigación en lo que toca a la cultura.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Paisaje humano

El Universal, 7 de septiembre de 2015


A menudo tengo la sensación de perderme la mitad de lo que pasa en este mundo. Ante mi torpe mirada pasan desapercibidas o infravaloradas cosas que racionalmente reconozco como importantes. Hay una parte de mí que se entera: me alcanzan los destellos cobrizos del otoño y me envuelven los grises densos y algodonosos del invierno. Sin embargo, parece que la realidad fenomenológica impresionara apenas mis sentidos.

No soy capaz de leer en los brotes incipientes de la rama seca el anuncio vital de la primavera, ni escruto el diseño de las ondas que dejan los patos en su breve transitar por el río que corre junto a mi casa. Absorta, con la mirada vuelta hacia adentro, atravieso distraída por la ciudad, casi sin percibir aquello que me rodea.

Medito, sin embargo, en las historias. El brillo elocuente en los ojos de quienes comparten mi recorrido en el metro cada día me habla de la riqueza y variedad que anida en cada uno de sus trayectos vitales. La rutina entraña insospechados desafíos, que determinan, en gran medida, nuestro estado de ánimo: llegar a tiempo; poner el pan en la mesa; atravesar indemne la ciudad y los parajes más críticos en lo que a seguridad se refiere; terminar a tiempo una tarea o sobrevivir a los incisivos cometarios de algún triste personaje del entorno. Es la vida, esa sucesión de pequeños eventos que se eslabonan para construir la línea que define la jornada.


Y es el paisaje humano. Aprendemos del contraste entre nuestras insignificantes mortificaciones y la escena de un pequeño Cristo yacente en una playa turística de Turquía, que compendia, emblemáticamente, la tragedia cotidiana de cuantos pierden sus hogares –y a menudo sus vidas- tratando de alcanzar la promesa de la normalidad. De la normalidad, sí: no de la bonanza; no de las excepcionales condiciones de bienestar danés. La promesa de un sueño sin sobresaltos y de un despertar sin sangre. La promesa de una jornada en que no falte irremisiblemente alguna de las personas amadas o, peor aún, en que se ignore su paradero.

“Todo el mundo gritaba en la oscuridad. Yo no lograba que oyeran mi voz", ha declarado a la prensa europea Abdulá Kurdi, el padre de Aylan, el niño ahogado. ¿Quiénes escuchan su voz? ¿La de él y la de millares de desplazados alrededor del mundo?

La tierra prometida eran las islas griegas, a las que se estima hayan llegado, tan solo durante el mes de julio, más de cincuenta mil personas. En verano suelen encontrarse ya desbordadas a causa de sus atractivos turísticos, pero ahora se ven particularmente castigadas por las presiones económicas a las que Grecia está sometida. Tsipras expresa la disposición de acoger dignamente a quienes diariamente arriban a sus costas, pero Europa vuelve la mirada ante la amenaza de una oleada de inmigrantes capaz de estremecer su ya precario orden social. Esto en cuanto a los que intentan, a posteriori, absorber la onda expansiva que generan distintos tipos de violencia en muchos lugares. Analizar las raíces de esa violencia implicaría tomar en cuenta intereses de muy diversa naturaleza.


Atareado cada uno con sus afanes cotidianos, con sus retos domésticos de mayor o menor envergadura (enfrentarse a un luto o a una quimioterapia no es una empresa ni con mucho desdeñable) no es posible focalizar ininterrumpidamente la atención en las distantes dificultades de otros. Pero tampoco es posible, en conciencia, permanecer ajenos a realidades que van resultando perturbadoramente próximas, por solidaridad, por decencia, porque todos somos parte del mismo género humano. Y hasta por egoísmo, al recordar a Martin Niemoeller: “Y luego vinieron a por mí, pero ya no quedaba nadie para defenderme” …

lunes, 31 de agosto de 2015

Empire State: ¿una segunda oportunidad?

El Universal, 31 de agosto de 2015

El Empire State, icono de la ciudad Nueva York, fue el edificio más alto del mundo durante más de cuarenta años, desde su inauguración en 1931, hasta que se levantó la torre norte del desaparecido World Trade Center, en 1972. Fue construido, según el diseño de William F. Lamb, en los terrenos que otrora ocupara el renombrado hotel Waldorf-Astoria, en una intersección de la Quinta Avenida. Las obras comenzaron el 17 de marzo de 1930, día de San Patricio, y el rascacielos quedó formalmente inaugurado el 1º de mayo de 1931, cuando el entonces presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, encendió su iluminación desde Washington.

Progresivamente, la edificación se ha adaptado a las exigencias del mundo moderno, y en 2011 obtuvo la certificación LEED Gold para edificios sostenibles, al implementar medidas que ahorran energía y disminuyen la huella de carbono.

El Empire State está indisolublemente asociado a momentos estelares de la historia del cine: en él se han aposentado Godzilla y el memorable King Kong, tratando de evadir a sus captores. Ha sido escenario de inolvidables episodios y ha desempeñado diversas funciones en películas, como El imperio de los sueños, Independence Day, Algo para recordar, The day after u Oblivion. Del mismo modo, aparece como la Rotterdam Tower en el Grand Theft Auto IV, el videojuego de Rock Star Games.

Sin embargo, quizá su imagen se entrelaza con otras historias más impactantes que las de la propia ficción.

Andy Warhol empleó en su obra Fallen Body la fotografía de Evelyn McHale, una joven de 23 años que se suicidó lanzándose desde lo alto del edificio. El fotógrafo Robert Wiles pasaba casualmente cuando se produjo el suceso y quedó impresionado por el cuerpo aparentemente intacto de la bella mujer, por lo que tomó la instantánea, publicada por primera vez en una edición de la revista Life de 1947, dándose a conocer como “el más bello suicidio”.

Muchos se han dejado caer desde el Empire State a través de la historia. De hecho, sus guardias están entrenados para sujetar por los pies a quienes intentan suicidarse. No obstante, ninguna historia es tan impactante como la de Elvita Adams, quien tuvo que abandonar su casa en 1979 a causa de un desalojo. Elvita, desesperada, decidió lanzarse al vacío desde el observatorio del piso 86, en momentos en que una importante ráfaga de viento la empujó de vuelta al interior del edificio: terminó a salvo, en el piso 85, apenas con una fractura de pelvis.

Desde el punto de vista católico, el suicidio es inaceptable: revela escasa confianza en Dios y constituye una insubordinación con respecto al Plan Divino, en el que todos desempeñamos una función como parte del inescrutable rompecabezas del universo. En un plano más prosaico, constituye la manifestación más pura de desesperación, de des-esperanza, y expresa la convicción de que las cosas son inmutables, irremediables. ¡Craso error!

Si, por una parte, me resisto a plegarme a categorías deterministas que ceden el control de los acontecimientos al alea o a ignotas fuerzas externas, como el destino, por otra, es indiscutible que existe un margen en el que intervienen variables imprevistas, que pueden, en un segundo, cambiar el curso de los acontecimientos. La historia de Elvita Adams lo ilustra: la inesperada acción del viento ocasionó un desenlace altamente improbable.

A veces se trata de eso: de aguardar cinco minutos más; de investigar qué nos espera tras el próximo recodo del camino; de saber que, tras la caída, una afortunada ráfaga de viento puede devolvernos al juego y concedernos, en suma, una segunda oportunidad; de sostenerse, de resistir y de saber que, a favor o en contra, todo puede cambiar en un minuto.

lunes, 24 de agosto de 2015

Para comerte mejor



El Universal, 24 de agosto de 2015

La noción marxista de plusvalía y el episodio bíblico según el cual se impuso como castigo al hombre “ganar el pan con el sudor de su frente” han contribuido no poco a la pésima -e injustificada- reputación que rodea al trabajo. El empleado se concibe como una víctima en lugar de mirarse como un ser humano que se realiza en el desarrollo de su potencial, y que disfruta de formar parte de un proceso que produce bienes y servicios útiles para otros.

La Revolución Industrial trajo aparejadas consigo las sombras de la explotación: trabajadores realizando la misma tarea repetitiva miles de veces, jornadas laborales interminables y condiciones verdaderamente inhumanas. Al capitalismo se reprochan, igualmente, los males del imperialismo y el colonialismo, así como el contemplar al empleado no como una persona, sino como mano de obra que puede ser representada por su equivalente económico. Estas circunstancias, que efectivamente perviven en algunos sectores hoy en día, y que podrían confluir en el concepto de alienación, han nutrido la imagen de un trabajador a punto de ser engullido por el sistema económico, que previamente lo somete a una serie de presiones que le comprometen, para comérselo mejor, como hubiera dicho el lobo de Caperucita.

Lo cierto es que, por el contrario, las investigaciones contemporáneas, especialmente las realizadas en el área de la Psicología Positiva, apuntan al hecho de que uno de los factores que proporcionan felicidad más frecuentemente es el trabajo.

El interés por el bienestar del trabajador, a fin de facilitar el desempeño de sus tareas y aumentar su productividad, no es un fenómeno reciente. Los estudios de tiempos y movimientos, por ejemplo, que se iniciaron en el siglo XIX, analizaban la duración de cada una de las operaciones que componían un proceso, así como los movimientos que realizaba el empleado para llevar a cabo cada operación. Con ello, era posible optimizar las condiciones ambientales para reducir la fatiga y evitar esfuerzos innecesarios. Pero el concepto de bienestar, en este contexto, aludía alentorno en que el trabajador realizaba su tarea, no al hecho mismo de realizar una actividad como fuente de satisfacción personal.

La psicología positiva procura estudiar científicamente los factores que permiten a individuos y comunidades vivir en plenitud. Desde esta perspectiva, el coaching se convierte en una importante herramienta dentro del ámbito organizacional , creando redes conversacionales para potenciar el desempeño laboral, pero no como una forma de producir mayores réditos a partir del individuo, sino como una forma de generar bienestar, lo cual redunda, es cierto, también en un aumento de la productividad.

Fue un venezolano quien condujo en Sevilla, recientemente, el III Workshop Internacional de la Asociación Española de Coaching Ejecutivo-Organizativo: el psicólogo César Yacsirk, reputado especialista en el tema, invitado especialmente para la ocasión. César explica que, según Sonja Lyubomirsky, las personas con mayor bienestar se caracterizan por tener rasgos que favorecen su desempeño en el lugar de trabajo: son más flexibles e ingeniosas, tienen mayor disposición a cooperar, son más sociables, están dotadas de más energía, son mejores líderes y negociadores y son, definitivamente, más eficientes en la toma de decisiones.

Esta sensación de bienestar va asociada, a su vez, a la idea de “Flow”, un concepto desarrollado por Csikszentmihalyi: cuando una persona se siente parte de una actividad, se concentra con facilidad y domina la situación. Entonces, el tiempo “vuela”. Parte de los factores que desencadenan el flow están relacionados con el hecho de que la actividad que se realiza esté asociada con habilidades o fortalezas personales.

Otro aspecto que influye en la motivación del trabajador son las gratificaciones. Según plantea Yacsirk, en un artículo publicado en Business Venezuela, la revista de VENAMCHAM, resulta fundamental conocer al trabajador para poder establecer un plan de incentivos que resulte efectivamente estimulante.

La creencia de que el trabajo es algo negativo está definitivamente superada, así como la visión del empresario como un depredador, y se evoluciona hacia una relación en que tanto el trabajador como el empresario se benefician de un favorable clima laboral que resulte gratificante y ofrezca las oportunidades necesarias para crecer en función de los propios talentos e intereses.

lunes, 17 de agosto de 2015

Luces en El Dorado

El Universal, 17 de agosto de 2015

En el año 2000 apareció Sombras en El Dorado, libro en el que el periodista Patrick Tierney denunciaba, tras una década de pesquisas, no solo los abusos cometidos contra los yanomami por personas y entidades que pretendían investigar esta etnia, sino también las distorsiones que se produjeron en la descripción de sus costumbres por parte de autores que son tenidos como clásicos, y cuyas obras son consideradas poco menos que ineludibles para referirse a esta cultura.

Estudios realizados por la Universidad de Michigan concluyeron, más tarde, que algunas de las acusaciones efectuadas por Tierney eran injustificadas o exageraban los hechos, al punto de que la Asociación de Antropología Americana retiró el apoyo que había prestado al libro, nominado a diversos premios. Tierney, sin embargo, logró que la atención internacional recayera sobre los derechos que asistían a la etnia, y alertó acerca la cautela con que debían ser leídos los textos de ciertos “gurús”.

Entre los autores contra los que arremetía el periodista se encontraban los norteamericanos Napoleon Chagnon y James Neel y, en menor medida, el investigador francés Jacques Lizot, habitualmente reverenciado como alumno que fue de Claude Lévi-Strauss, una de las grandes figuras de la antropología.

Con las reservas que puedan tenerse, el hecho es que Lizot convivió con los yanomami 24 años, entre 1968 y 1992, una experiencia que habría de rendir como fruto El Círculo de los Fuegos, una obra en la que se describe el modo de vida de la etnia y que recoge, sin duda, una visión del mundo que nos invita a reflexionar en mucho sentidos.

Resulta de particular interés la relación que los yanomami mantienen con los animales. En su sistema de creencias, cada persona tiene varias almas, una de las cuales, llamada noreshi, posee un “alter ego” animal que vive en la selva, cuya vida concluirá simultáneamente con la del ser humano. De hecho, a menudo la enfermedad es interpretada como resultado de alguna dolencia que padece ese animal.

Tratándose de un grupo originalmente nómada, cuyos desplazamientos se veían determinados sobre todo por el agotamiento del suelo en que tenían sus conucos, no han sido proclives a la ganadería ni al pastoreo. Consumen, sin embargo, productos de origen animal, y la cacería tiene un lugar preponderante entre sus costumbres, tanto para abastecerse de carne como por las connotaciones rituales que en ocasiones reviste. Pero, para ellos, todo aquello que recibe alimento de la mano del hombre pasa a ser yanomami, esto es: gente, humano, persona.

Esta idea resulta especialmente iluminadora: ¿cuán ético es coadyuvar al crecimiento con el propósito de servirnos de él? ¿No resulta, acaso, un contrasentido, estimular la vida para luego ponerle fin?

En momentos en que el impacto de la ganadería sobre el medio ambiente está en el tapete, particularmente a través del polémico documental Cowspiracy (un juego de palabras que remite al vocablo inglés conspiracy, “conspiración”, pero modificado al introducir la palabra “cow”, que significa “vaca”, en primer término), la visión yanomami aporta un cierto prurito moral que es, además, anti-especista.

Esta posición exhorta a la responsabilidad para con todo aquello que alimentamos, y es extrapolable a muchos ámbitos de nuestra vida. Incluso a nivel humano: nadie cultiva una relación de ninguna índole con el propósito anticipado de ponerle fin, a no ser que exista algún interés de por medio. Y yo, que detesto los lugares comunes, no puedo menos que, de todos modos, remitirme a la sentencia de la zorra de Saint-Exupery, que no duda en aleccionar al Principito: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa”…

lunes, 10 de agosto de 2015

La máquina extraordinaria

El Universal, 10 de agosto de 2015

Al parecer, fueron las expediciones de Alejandro Magno las que introdujeron en Grecia las primeras perlas, así como el vocablo que se utiliza en griego para referirse a ellas, probablemente de origen persa: margaritari.

Colón había bautizado con el nombre de “La Asunción” a la mayor de las tres islas que había descubierto el 15 de agosto de 1498, fecha en que se celebra esa festividad religiosa. La isla, sin embargo, pasaría a denominarse, a partir de 1499, “La Margarita”, debido a la profusión de perlas que caracterizaba a sus mares.

Fue la posibilidad de la explotación perlífera lo que despertó en los primeros conquistadores el interés por nuestro país. En una época en que las ideas mercantilistas propugnaban la acumulación de metales preciosos como base fundamental de la riqueza de una nación, los territorios que con el tiempo habrían de convertirse en Venezuela no parecían ser, a primera vista, tan pródigos en el oro y la plata como resultaron, por ejemplo, Perú, México o la propia Colombia, que era también rica en esmeraldas.

Es así como a partir de 1500 se inician los asentamientos en la isla de Cubagua y como, tras doblegar la resistencia de los nativos, se funda la ciudad de Nueva Cádiz alrededor de 1520. Paulatinamente, se fue consolidando en las islas un sistema de recolección de perlas que involucraría no solo a los indígenas, sino también a numerosos esclavos africanos, que acabarían protagonizando en 1603el llamado “alzamiento de los negros perleros”, cuando, espoleados por las cruentas condiciones de vida en Margarita, consiguen trasladarse al continente con el apoyo de quienes trabajaban en las plantaciones agrícolas de las costas de Cumaná.

Las perlas reportaron cuantiosos ingresos a la Corona. Quienes regentaban esta actividad, conocidos como “señores de canoa” (los esclavos eran llevados en canoas hasta las zonas de pesca) eran poderosos e influyentes. Sin embargo, pronto se dio una sobre-explotación que ocasionó el agotamiento de los lechos perlíferos: ya hacia 1545 quedaban muy pocos habitantes en Cubagua.

Sin embargo, las aguas que rodean las islas de Nueva Esparta siguen albergando numerosas perlas, tan emblemáticas, que se dice que, cuando Jacqueline Kennedy visitó Caracas en diciembre de 1961, el obsequio que recibió de don Rómulo Betancourt, el entonces presidente de la República, y de su esposa, fue un collar de varios hilos de perlas de Cubagua . Según relata Milagros Socorro, a partir del testimonio de la periodista Francia Natera, el collar reposa en el museo Smithsonian, y fue elaborado en Caracas por el joyero Henri Poinçot.

Estas maravillosas esferas, cuyo oriente tornasolado nos deslumbra, son producto, sin embargo, de una contrariedad: la ostra fabrica la perla a partir de un cuerpo extraño que penetra en su interior y que la irrita. Ella lo cubre con sucesivas capas de nácar a fin de protegerse: un episodio a todas luces didáctico, como señalara en días pasados la también periodista y diseñadora Anavel Munceles, acotando cuán ejemplar resulta esta reacción de la ostra, capaz de obtener un objeto precioso a partir de un evento desagradable.

Algo similar plantearía la cantante Fiona Apple en una entrevista concedida en torno a su disco “La máquina extraordinaria”: 
relataba cómo los rumores aseguraban que sus canciones eran producto de las desavenencias con otras personas. Admitía que era así, que eran las emociones, a veces infaustas, las que la conducían al piano. Pero entonces, con increíble sagacidad, remataba con una idea que nunca debemos perder de vista: somos eso, una máquina extraordinaria, capaz de transformar en cosas maravillosas experiencias que, a veces, no son tan felices.

lunes, 3 de agosto de 2015

Grado 33

El Universal, 3 de agosto de 2015

Juan Hutado Manrique
Director de Edificios y Ornato de Poblaciones a partir de 1883; ministro de Obras Públicas en dos oportunidades y profesor en la Academia Nacional de Bellas Artes, el general Juan Hurtado Manrique (había participado en la Guerra Federal) no solo es el autor de dos interesantes ensayos a propósito de la arquitectura, sino también el artífice de numerosos edificios que engalanan el perfil urbano caraqueño, y que fueron construidos durante alguno de los periodos de gobierno de Antonio Guzmán Blanco.

A Hurtado Manrique se deben, por ejemplo, la fachada norte de la Universidad y el edificio del Museo Nacional, ambos de estilo neogótico, ubicados en las inmediaciones del Capitolio; la capilla de El Calvario, la de Nuestra Señora de Lourdes y el Arco de la Federación. Levantó, así mismo, uno de los templos más connotados de la ciudad, por venerarse allí la imagen del Nazareno de San Pablo: la Basílica de Santa Ana y Santa Teresa, emplazada donde otrora estuviera la iglesia de San Pablo, y construida en honor a las patronas de doña Ana Teresa Ibarra y Urbaneja, esposa del Ilustre Americano.

Pero Hurtado Manrique es, entre otras cosas, el constructor del Templo Masónico de Caracas. No es de extrañar que Guzmán Blanco asignara a su arquitecto de confianza esta tarea, tan cara a su corazón: se había iniciado él mismo como masón de la mano de su padre en 1854, y fundaría más tarde la Respetable Logia "Esperanza" de Caracas.

Situado entre las esquinas de Jesuitas y Maturín, el Templo se inauguró el 27 de abril de 1876, cuando el gobierno asumió con dinero público las obras, que habían estado paralizadas durante años.

La masonería per se no colide con la Iglesia católica, pero el hecho de que el Papa León XIII la condenara en la encíclica Humanum Genus (1884) parece haber acrecentado la brecha entre el poder político y el religioso en época de Guzmán Blanco.

Se dice que la masonería llegó a Venezuela a través de Francisco de Miranda, y que otros ilustres nombres asociados a la historia del país están vinculados a la masonería: José Antonio Páez, José Félix Ribas, Santiago Mariño y hasta el mismísimo Bolívar participaban de una formación que hace del amor fraternal, la ayuda mutua, la templanza, la fortaleza, la prudencia y la justicia el centro de su praxis.

Algunos de los símbolos recurrentes en el templo masónico son el pavimento ajedrezado, que representa la dualidad bien-mal en medio de la cual el hombre vive; dos elementos que evoquen las columnas del templo de Salomón; el sol, imagen de la luz directa, y la luna, imagen de la luz reflejada, así como el delta luminoso, que representa la solidez y el equilibrio del universo. Sobre el mosaico ajedrezado, la escuadra y el compás, herramientas del arquitecto, emblema de la construcción, meta y fin del proceso masónico: la construcción del templo interior de cada quien, pues se concibe el trabajo como una forma de servicio y una herramienta para hacer el bien y transformar la sociedad a través de la propia transformación.


Los masones consideran los rituales como una forma de preservar la tradición y como una manera de mantener cierta disciplina y cierto orden, orden que también está presente en los pasos de su método (los famosos 33 grados del secreto).


A lo largo de la historia los masones han sido perseguidos, ya que, evidentemente, un movimiento que estimula el pensar y la libertad, no puede ser mirado con simpatía por instituciones que aspiran a conservar el poder libres de cuestionamientos.


Cuando los restos de Guzmán Blanco se repatriaron desde París, en 1999, recibieron honras fúnebres masónicas antes de ser trasladados al Panteón Nacional, en donde habrían de reposar definitivamente.

lunes, 27 de julio de 2015

Ifigenia: culpa y escrúpulos

El Universal, 27 de julo de 2015

En 1924 vio la luz Ifigenia, de Teresa de la Parra, escritora cuya carrera se iniciaría, por cierto, con la publicación de dos de sus primeros cuentos en las páginas de El Universal: Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa, ambos firmados con el pseudónimo Frufrú.

Ifigenia presentaba el contraste entre la modernidad de las urbes europeas y los convencionalismos y tradiciones que caracterizaban a la sociedad latinoamericana de la época. Estos polos de conflicto se ven representados en la obra, respectivamente, por María Eugenia Alonso, una joven educada en Biarritz que arriba a Caracas tras una intensa temporada en París, y por la tía Clara y la Abuelita, con las que la protagonista sostendría incontables discusiones.

Si bien el espíritu libertario de María Eugenia se manifiesta más en aspectos relacionados con su apariencia, como el cabello cortado a la garçonne, que en otros asuntos esenciales, como su independencia económica, en su pecho bulle el deseo de vivir nuevas experiencias. Sin embargo, el estilo familiar tradicional irá engulléndola progresivamente, sofocando su espíritu independiente y ocasionando un cambio de hábitos que ha de facilitar su progresiva adaptación a la sociedad caraqueña.

Finalmente, cuando se le presenta la oportunidad de huir a Europa con su amado Gabriel Olmedo, la joven opta por renunciar a sus propios deseos antes que exponer a su familia al escándalo que hubiera desencadenado su fuga con un hombre casado. María Eugenia se ofrece a sí misma como víctima para preservar la tranquilidad de los suyos.

De allí proviene el título de la novela, que nos remite al personaje mitológico: Ifigenia, hija de Agamenón y Clitemnestra, quien acepta ser ofrecida en sacrificio a la diosa Artemisa a fin de obtener vientos favorables que permitieran a la flota griega partir hacia Troya, viaje dirigido a vengar el rapto de la mítica Helena.
Agamenón se debate entre el amor que siente por Ifigenia y su situación de cara al ejército griego: salvar a su hija supondría poner en riesgo la misión y la vida de sus miembros; la injusticia que se comete contra Ifigenia, sin embargo, es flagrante. Se trata, en suma, del cruel dilema de optar por proteger a unos o a otra.

Charles de La Fosse: el sacrificio de ifigenia
Ifigenia acepta ser inmolada para defender a otros. Al final, no fallece: Artemisa se compadece de ella y la traslada a Táuride, en donde vive como sacerdotisa hasta que se ve rescatada por su hermano Orestes. Sin embargo, cabe preguntarse cuáles serían los sentimientos que embargarían a Agamenón el resto de su vida. Su existencia acabó trágicamente, a manos de su esposa adúltera, por motivos en los que Esquilo, Eurípides, Sófocles y Píndaro difieren. Lo que sí está claro es que debió de vivir atormentado por la culpa hasta el final de sus días.

En las antípodas de la víctima, está el victimario. Si por un lado la víctima suele tener la capacidad de sobrevivir al daño que le es infligido y de elaborar emocionalmente su sufrimiento, el victimario se enfrenta, por su parte, al mayor o menor malestar que le genera el haber causado un daño, según las circunstancias lo hayan constreñido más o menos a actuar. Tal es la naturaleza de la culpa: el remordimiento por un acto que el protagonista valora negativamente, una emoción cuyo único sentido es el de conducir a reparar el mal ocasionado o el de contener la acción lesiva para otros en el futuro.

Más útiles pueden resultar la prudencia, la responsabilidad, los escrúpulos, el anticiparse a una situación y actuar –o contenerse- antes de que terceros puedan resultar perjudicados, pues, según afirma el popular refrán colombiano: “después de ojo fuera, no vale Santa Lucía”.

lunes, 20 de julio de 2015

Poética Ingesta

El Universal, 20 de julio de 2015

La vida de Lena Yau gira permanentemente en torno a la literatura. Periodista de formación, colabora regularmente con medios venezolanos y extranjeros, y funge como asesor de diferentes proyectos editoriales. Su trabajo, además, gravita en torno a la comida, de modo tal que, tan pronto hace referencia a una receta de cocina, como se adentra en las connotaciones metafísicas que reviste el hecho de que el cacao crezca a la sombra de otros árboles. Su prosa fluctúa entre la sensualidad que entrañan los aromas, las texturas y los sabores asociados al aparentemente prosaico acto de la ingesta, y la anécdota contemplada -no podía ser de otro modo- desde la perspectiva de una mesa en la que Saramago y Sabato son, apenas, “dos eses en las esquinas del mantel”.

Conocida es su participación en “El sabor de la eñe”, el proyecto del Instituto Cervantes que indaga simultáneamente en las cocinas físicas, materiales, y en las cocinas referenciadas, aquellas que plenan las páginas escritas en esta lengua compartida nuestra, a una y otra orilla del Atlántico.

Pero esta vez Lena se presenta bajo otra luz, y su mirada, en lugar de volverse hacia el trabajo de otros, ya para sustentarlo, ya para desgajarlo de modo que pueda paladearse más intensamente, se vuelve hacia sí misma en una suerte de ejercicio introspectivo, que le conduce a hilar sensaciones, recuerdos y emociones, todo ello en clave gastronómica.

Tal es el origen de Hormigas en la lengua, la novela, publicada en Nueva York por Sudaquia Editores, que ha venido a presentar a su Caracas natal, después de estar ausente por casi diez años.

No se trata de un plato homogéneo y de textura veluté: es más bien el resultado de mezclar disímiles ingredientes, cada uno de los cuales aporta su particular gusto a la sazón de la obra, “un collage literario compuesto por cartas, poemas, narraciones quebradas y anécdotas familiares”, tal como lo define la casa editorial. En ese collage, los personajes, tanto los que se quedan en Venezuela como los que se van, “se aferran a los sabores y a la memoria de los sabores para no perder el habla y para no perder la tierra”, pues sabores y palabras transitan por la lengua como si de hormigas se tratase, preservando la identidad y salvaguardando la esencia.

Pero, por añadidura, en el acto que tuvo lugar el pasado jueves en la librería Lugar Común, Lena dio a conocer Trae tu espalda para hacer mi mesa, un conjunto de cincuenta poemas publicados por la Editorial Gravitaciones. Las noventa páginas que conforman el poemario están organizadas en lo que la escritora ha dado en llamar cuadernos, núcleos en torno a los cuales se desarrolla uno o más poemas, bien en razón de su temática, bien en razón de su origen. Así, por ejemplo, hay un cuaderno llamado “Los cuentos de jelly beans”, en el que cada uno de los sabores de estos dulces sirve de inspiración para una historia que se transforma en poesía. 

Arcimboldo en el espejo y Relecturas son otros de los ejes alrededor de los cuales se articulan los versos de Lena Yau, algunos de los cuales dedica al desaparecido Adriano González León: Entre langostas y vodka.

Lena subraya el hecho de que la mayor parte de nuestra vida transcurre entrelazada al acto del yantar, regida por nuestros apetitos. Por ello, en las primeras páginas de su libro puede leerse: “Antes del verbo/ y de la carne/ fue el hambre”. Y en las últimas: “Amar es comer. Comer lo que come el otro. Comer al otro. El amor está en el plato. Y también la guerra, cuando llega. Amor y odio comparten escenario. Boca, lengua, palabra, plato, mesa, cama”. Porque, en suma, lo vital, aquello esencialmente humano, pasa por recorrer tan sensual itinerario.

lunes, 13 de julio de 2015

"McCourt: como el Fénix"

El Universal, 13 de julio de 2015

Incombustible: un adjetivo que me ha sido aplicado muchas veces. Sin embargo, esta palabra entraña rastros de inmutabilidad y, por ende, de pobreza, siendo el cambio, como es, indicador de evolución, cualquiera que sea el sentido.

A veces es mejor arder en la llama, fundirse en el crisol, dejar que las circunstancias ejerzan su influjo transformador y salir de cada incendio redivivo, igual que el Fénix, el ave mítica que se consumía por acción del fuego cada quinientos años para resurgir más tarde de sus cenizas. Tal es la cualidad de la resiliencia, la capacidad para sobreponerse a la adversidad.

Sin embargo, a veces no es preciso esperar a que las circunstancias nos opongan resistencia para cambiar. A veces se trata apenas de la voluntad de elegir un camino, o de aprovechar las condiciones favorables que nos ofrece el contexto para acometer un nuevo proyecto.

En días pasados me resultó conmovedor escuchar la grabación de una entrevista con el desaparecido Frank McCourt, autor de Las cenizas de Ángela, libro de memorias que le valiera el Premio Pulitzer en 1997.

Por una parte, el libro describe las penosas condiciones en las que transcurrió la niñez y la adolescencia del escritor, un estadounidense de origen irlandés; por otra, resulta sorprendente el vuelco que da la vida de McCourt cuando encuentra inesperadamente el éxito y la fama al jubilarse, tras una larga carrera como docente: “durante los treinta años que pasé enseñando en las escuelas secundarias de Nueva York nadie, salvo mis estudiantes, me prestaba un ápice de atención. En el mundo exterior a la escuela yo era invisible. Entonces, escribí un libro acerca de mi niñez y me convertí en la sensación del momento”. En otro punto de la entrevista señala: “Mi primer libro, Las cenizas de Ángela, fue publicado en 1996, cuando yo tenía 66 años; el segundo, Tis, en 1999, cuando tenía 69. A esa edad era un milagro que yo pudiera levantar la pluma”.

El caso de este escritor ilustra tanto el valor de aguardar con paciencia a que amaine la tormenta, como de aprovechar los vientos favorables para navegar. ¿Quién hubiera podido anticipar que aquel niño enfermizo, crecido en un hogar que se erigía sobre la mendicidad, podría tan siquiera llegar a ser profesor en los Estados Unidos y, menos aún, ganador del Pulitzer?

Muchas son las cualidades a resaltar en esta historia: el trabajo continuado, la perseverancia y la confianza en que el futuro traerá consigo algo mejor. No la confianza ingenua que cede el control de los acontecimientos al azar, sino una confianza que se alienta en razón de las acciones que emprendemos, con miras a obtener resultados específicos.

Frank McCourt encarna el esfuerzo volitivo por hacer de cada momento el mejor momento posible. Cuando acometió la escritura de Las cenizas de Ángela no se planteaba ser famoso: esperaba explicar la historia familiar a sus hijos y nietos, que se vendiera un centenar de ejemplares del libro y que lo invitaran a las reuniones de algún club de lectura. En primera instancia, McCourt optó por emprender una actividad que le resultaba gratificante, a la que siempre había querido dedicarse. Todo lo demás llegó por añadidura.

No se debe menospreciar la posibilidad de elegir, ante una misma circunstancia, la actitud más productiva posible, material y emocionalmente. Podemos permanecer como el perro que se persigue inútilmente a sí mismo con la esperanza de morderse la cola, repitiendo siempre el mismo gesto, o podemos optar por construir aquello que deseamos. No en vano decía Bécquer: “fingiendo realidades, con sombra vana, delante del Deseo, va la Esperanza. Y sus mentiras, como el Fénix, renacen de sus cenizas”