lunes, 28 de septiembre de 2015

Quiero volver a casa

El Universal, 28 de septiembre de 2015

El poder de la lengua radica en su capacidad de despertar en el otro lo que se desea transmitir, en comunicar el sentido exacto de aquello que se enuncia. Nuestro idioma es particularmente rico: hay una palabra para definir con precisión cada cosa. Y sin embargo, creo que en castellano no hay un término que refleje tan fielmente un sentimiento como el anglosajón “homesick”. No se trata de nostalgia, de melancolía, de añoranza: se trata de la sensación de echar de menos nuestro hogar.

No hay actitud más humana que, una vez dado el paso de trasladarse a otro país, vacilar y preguntarse si será posible, efectivamente, adaptarse; cuestionar si se ha tomado la decisión correcta, si se es capaz de salir adelante en la Tierra Prometida.
Cuentan que Alejandro Magno, al desembarcar en las costas de Fenicia, hizo quemar los navíos en los que había llegado su ejército. A continuación arengó a sus soldados poniendo en luz cómo, habiendo ardido los barcos, la única esperanza de volver a casa era vencer para poder regresar en la flota del enemigo. De allí viene la expresión “quemar las naves”: se trata de arriesgar el todo por el todo, de avanzar en pos de un objetivo sin posibilidad de dar marcha atrás ante las dificultades.

Hay muchos que, por diversas razones, asumen esa actitud: se deshacen de sus propiedades antes de partir, a veces por juntar un capital que permita recomenzar en el nuevo entorno, a veces por romper con todo lo que constituya un vínculo con el pasado. Lo que en algunos casos podría parecer una temeridad que contradice la más elemental prudencia, resulta en otros inevitable, pues los recursos son imprescindibles.

Quemar las naves, si bien puede constituir un acicate para seguir adelante y no arredrarse, también puede incrementar los niveles de ansiedad ante la perspectiva de estar “preso” en el lugar de llegada, obligado a permanecer allí porque no hay otra alternativa. Asumir el traslado como una experiencia que puede ser permanente o no, según queramos, debería contribuir a aminorar el estrés. Es importante valorar que el cambio ha sido fruto de una elección voluntaria, que ha sido deseado y planificado, y que permanecer en el nuevo entorno es, así mismo, una decisión que puede ser revertida sin ver en ello un fracaso.

Pero sin duda una de las situaciones que más incomodidad produce al emigrar es el desconcierto ante la propia identidad. Para decirlo mal y pronto: no sabemos qué pintamos en nuestro nuevo mundo. 

Los seres humanos tendemos a auto-percibirnos, quizá equivocadamente, en función de lo que hacemos. Necesitamos asimilarnos a un grupo e interactuar con él, sabiendo lo que aportamos. Por eso uno de los factores que facilitan más la adaptación es la actividad, aunque no sea remunerada. Pasar de “jugar banco” a incorporarse al terreno de juego puede cambiar drásticamente la manera de percibir las cosas y contrarrestar el sentimiento de desarraigo que sobreviene en estos casos. No en balde se cuestionaba Miguelito, en una tira de Mafalda, que mientras una tortuga para vivir solo tiene que ser tortuga, un tipo para vivir tiene que ser albañil, abogado, tornero, oficinista…
Una mirada a los comentarios que dejan en internet los estudiantes de intercambios internacionales revela cuán a menudo se experimenta esta desconcertante sensación de desarraigo y como en la casi totalidad de los casos se supera.


Es muy humano flaquear, vacilar. Hay que saber darse tiempo y comprender que estos sentimientos son naturales y van diluyéndose. Establecer un lapso para tomar decisiones, concebir la permanencia como una opción e incorporarse a alguna actividad que permita sentirse útil y relacionarse son, sin duda, los pasos fundamentales para emprender una nueva vida en otro lugar.

lunes, 21 de septiembre de 2015

Laudato si

El Universal, 21 de septiembre de 2015


La relación entre degradación ambiental y pobreza ha sido el tema en torno al cual han girado últimamente muchas de las disertaciones del Papa Francisco. Sin ir más lejos, hace pocos días exhortó a los ministros de Medio Ambiente de la Unión Europea, con quienes mantuvo un encuentro, a tomar medidas que contribuyan al cuidado de la Creación.

Ya en el mes de julio había expuesto su visión del asunto durante la inauguración del Congreso “Esclavitud moderna y cambio climático: el compromiso de las ciudades”: fenómenos relacionados con el inapropiado trato del planeta, tales como la desertificación causada por la deforestación, ocasionan desplazamientos masivos de personas, que son presa fácil del trabajo esclavo o la prostitución cuando se ven obligados a migrar a grandes centros poblados.

El Pontífice estableció recientemente la Jornada Mundial de Oración por el Cuidado de la Creación, que se celebrará a partir de este año el día 1º de septiembre, como en la Iglesia Ortodoxa. Pero ninguna iniciativa refleja tan claramente la preocupación de la Santa Sede por el deterioro ambiental y sus consecuencias como la presentación de Laudato si, la segunda encíclica del Papa Francisco. En ella, Su Santidad se dirige no solo al mundo católico, sino a todo habitante del planeta, al que se refiere mencionándolo como “nuestra casa común”.

“Laudato si” son las palabras con que comienza el Cántico de las Criaturas, escrito en el siglo XIII por San Francisco de Asis, de quien toma su nombre el Pontífice y que no pocas veces le ha servido de inspiración: “Alabado seas, mi Señor, por la hermana nuestra madre tierra, la cual nos sustenta y gobierna, y produce diversos frutos con coloridas flores y hierba”.


Algunas de las propuestas que la encíclica recoge van en la línea de limitar sustancialmente el consumo de energía no renovable, promover una adecuada gestión de los bosques, del transporte y de los residuos, y de intervenir cuanto antes en el grave problema del despilfarro de alimentos. Del mismo modo, el Pontífice menciona la “deuda ecológica” que mantienen unos países para con otros, básicamente del Norte para con el Sur. Este último punto ha despertado cierta polémica en quienes han sentido estas afirmaciones incómodamente próximas a la Teoría de la Dependencia, según la cual los recursos naturales fluyen de los países pobres hacia el núcleo de los países ricos. La explicación en sí misma no está descaminada. Lo que ha causado malestar es el antídoto que dicha teoría propone: restringir el comercio con los países desarrollados y limitar la inversión extranjera, un modelo económico que a día de hoy resulta indefendible, según algunos economistas. Como quiera que sea, Laudato si enfatiza la necesidad de abordar los problemas ambientales y económicos a través de un debate razonado en el que participen todos los sectores de la sociedad.



Sin duda me resulta loable la decisión de la Santa Sede involucrarse en problemas acuciantes y de aprovechar su influyente posición para fomentar nuevas actitudes y estilos de vida, contribuyendo a establecer un apropiado marco moral e institucional. Otras personalidades lo han hecho, con esas u otras intenciones. Baste recordar la película Una verdad incómoda, relacionada con la campaña que efectuara el ex vicepresidente de Estados Unidos, Al Gore, para educar a los ciudadanos acerca del calentamiento global o, en otro tenor, la Carta a la Tierra, escrita por Mikhail Gorbachov, quien, con acierto, subraya la responsabilidad que tenemos para con las futuras generaciones y no vacila en promover la filosofía de los indígenas americanos: "no hemos heredado la tierra de nuestros padres , sino que la tomamos en préstamo de nuestros hijos”.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Los hermanos Bolet- Peraza y el siglo XIX

El Universal, 14 de septiembre de 2015

En el floreciente panorama de la cultura venezolana en el siglo XIX, las figuras de Ramón y Nicanor Bolet Peraza destacan no solo por la calidad de su trabajo en diferentes rubros, sino también por la abundancia de su producción.

Este período de la historia cultural de Venezuela resulta especialmente pujante en razón de las trasformaciones que se operan a nivel social y político. Por una parte, es en esta época que se retoma la actividad artística después del prolongado cese impuesto por la Guerra de Independencia y, por otra, la pintura venezolana comienza a cobrar reconocimiento internacional, principalmente a causa del apoyo que diferentes personajes e instituciones brindarían a los artistas locales, sobre todo para que prosiguieran su formación en el extranjero. Además, es durante esta etapa cuando comienza a signarse la obra de arte con la impronta venezolana, lo que se expresa, generalmente, a través del motivo representado.

Carmelo Vilda señala cómo, entre 1830, fecha en se separa de la Gran Colombia, y 1888, Venezuela se vería sacudida por 730 combates y 26 revoluciones. Ante esta situación, el arte se perfila como un recurso más para consolidar la República, mediante la exaltación del espíritu nacionalista. En la pintura, cobra auge el género épico, una descripción visual de los hechos históricos a modo de fotografía documental; en la escultura, Antonio Guzmán Blanco ensalzaría con estatuas y monumentos públicos, efímeros o no, a diversos héroes nacionales, según explica José María Salvador, uno de los más connotados expertos en este periodo.

Junto con Manuel Antonio González, Ramón Bolet es uno de los más importantes escultores de este período, pero es, así mismo, uno de los más brillantes ilustradores del siglo XIX. También concibió diferentes diseños numismáticos, como las cuatro monedas conmemorativas con que Guzmán Blanco obsequiaría a cada uno de los Presidentes de los Estados regionales con motivo de las fiestas de Inauguración del monumento ecuestre del Libertador en 1874.


Por su parte, Nicanor, que pasaría a la historia como uno de los más connotados escritores costumbristas venezolanos, comenzó colaborando con la imprenta familiar en el Estado Anzoátegui. Al trasladarse a Caracas, promueve la publicación de El Museo Ilustrado,(1865), donde suscribiría diversos artículos con el pseudónimo de Abdul Azis.


A pesar de haber apoyado al Ilustre Americano durante los primeros años de su mandato, Nicanor se convierte en uno de los más estrechos colaboradores del Presidente Francisco Linares Alcántara cuando éste accede al poder. Tras el deceso de Linares Alcántara, Nicanor se ve obligado a emigrar a Nueva York con su familia, al verse perseguido, como otros, a causa de las severas críticas opuestas a Guzmán Blanco, quien había retomado el gobierno de la nación.

En Nueva York forma parte del grupo que funda la Sociedad Literaria Hispanoamericana, cuya presidencia asumió en varias ocasiones. Allí publica La revista lustrada y Las tres Américas, en las que reseña los éxitos de otros latinoamericanos, mientras redacta en paralelo otros textos marcados por su innegable vena humorística. Su pluma lega a la posteridad obras como La revolución del trabajo, Cartas gredalenses e Impresiones de viaje, así como dos obras de teatro: A falta de pan, buenas son tortas y Luchas del hogar.

Simón Noriega señala cómo Humboldt y Semple elogian la cortesía, los buenos modales, el conocimiento de los maestros de la literatura y el gusto por la música que caracterizaban a los caraqueños. Es por ello que la segunda mitad del siglo XIX seguirá ofreciéndonos abundante material de investigación en lo que toca a la cultura.

lunes, 7 de septiembre de 2015

Paisaje humano

El Universal, 7 de septiembre de 2015


A menudo tengo la sensación de perderme la mitad de lo que pasa en este mundo. Ante mi torpe mirada pasan desapercibidas o infravaloradas cosas que racionalmente reconozco como importantes. Hay una parte de mí que se entera: me alcanzan los destellos cobrizos del otoño y me envuelven los grises densos y algodonosos del invierno. Sin embargo, parece que la realidad fenomenológica impresionara apenas mis sentidos.

No soy capaz de leer en los brotes incipientes de la rama seca el anuncio vital de la primavera, ni escruto el diseño de las ondas que dejan los patos en su breve transitar por el río que corre junto a mi casa. Absorta, con la mirada vuelta hacia adentro, atravieso distraída por la ciudad, casi sin percibir aquello que me rodea.

Medito, sin embargo, en las historias. El brillo elocuente en los ojos de quienes comparten mi recorrido en el metro cada día me habla de la riqueza y variedad que anida en cada uno de sus trayectos vitales. La rutina entraña insospechados desafíos, que determinan, en gran medida, nuestro estado de ánimo: llegar a tiempo; poner el pan en la mesa; atravesar indemne la ciudad y los parajes más críticos en lo que a seguridad se refiere; terminar a tiempo una tarea o sobrevivir a los incisivos cometarios de algún triste personaje del entorno. Es la vida, esa sucesión de pequeños eventos que se eslabonan para construir la línea que define la jornada.


Y es el paisaje humano. Aprendemos del contraste entre nuestras insignificantes mortificaciones y la escena de un pequeño Cristo yacente en una playa turística de Turquía, que compendia, emblemáticamente, la tragedia cotidiana de cuantos pierden sus hogares –y a menudo sus vidas- tratando de alcanzar la promesa de la normalidad. De la normalidad, sí: no de la bonanza; no de las excepcionales condiciones de bienestar danés. La promesa de un sueño sin sobresaltos y de un despertar sin sangre. La promesa de una jornada en que no falte irremisiblemente alguna de las personas amadas o, peor aún, en que se ignore su paradero.

“Todo el mundo gritaba en la oscuridad. Yo no lograba que oyeran mi voz", ha declarado a la prensa europea Abdulá Kurdi, el padre de Aylan, el niño ahogado. ¿Quiénes escuchan su voz? ¿La de él y la de millares de desplazados alrededor del mundo?

La tierra prometida eran las islas griegas, a las que se estima hayan llegado, tan solo durante el mes de julio, más de cincuenta mil personas. En verano suelen encontrarse ya desbordadas a causa de sus atractivos turísticos, pero ahora se ven particularmente castigadas por las presiones económicas a las que Grecia está sometida. Tsipras expresa la disposición de acoger dignamente a quienes diariamente arriban a sus costas, pero Europa vuelve la mirada ante la amenaza de una oleada de inmigrantes capaz de estremecer su ya precario orden social. Esto en cuanto a los que intentan, a posteriori, absorber la onda expansiva que generan distintos tipos de violencia en muchos lugares. Analizar las raíces de esa violencia implicaría tomar en cuenta intereses de muy diversa naturaleza.


Atareado cada uno con sus afanes cotidianos, con sus retos domésticos de mayor o menor envergadura (enfrentarse a un luto o a una quimioterapia no es una empresa ni con mucho desdeñable) no es posible focalizar ininterrumpidamente la atención en las distantes dificultades de otros. Pero tampoco es posible, en conciencia, permanecer ajenos a realidades que van resultando perturbadoramente próximas, por solidaridad, por decencia, porque todos somos parte del mismo género humano. Y hasta por egoísmo, al recordar a Martin Niemoeller: “Y luego vinieron a por mí, pero ya no quedaba nadie para defenderme” …

lunes, 31 de agosto de 2015

Empire State: ¿una segunda oportunidad?

El Universal, 31 de agosto de 2015

El Empire State, icono de la ciudad Nueva York, fue el edificio más alto del mundo durante más de cuarenta años, desde su inauguración en 1931, hasta que se levantó la torre norte del desaparecido World Trade Center, en 1972. Fue construido, según el diseño de William F. Lamb, en los terrenos que otrora ocupara el renombrado hotel Waldorf-Astoria, en una intersección de la Quinta Avenida. Las obras comenzaron el 17 de marzo de 1930, día de San Patricio, y el rascacielos quedó formalmente inaugurado el 1º de mayo de 1931, cuando el entonces presidente de los Estados Unidos, Herbert Hoover, encendió su iluminación desde Washington.

Progresivamente, la edificación se ha adaptado a las exigencias del mundo moderno, y en 2011 obtuvo la certificación LEED Gold para edificios sostenibles, al implementar medidas que ahorran energía y disminuyen la huella de carbono.

El Empire State está indisolublemente asociado a momentos estelares de la historia del cine: en él se han aposentado Godzilla y el memorable King Kong, tratando de evadir a sus captores. Ha sido escenario de inolvidables episodios y ha desempeñado diversas funciones en películas, como El imperio de los sueños, Independence Day, Algo para recordar, The day after u Oblivion. Del mismo modo, aparece como la Rotterdam Tower en el Grand Theft Auto IV, el videojuego de Rock Star Games.

Sin embargo, quizá su imagen se entrelaza con otras historias más impactantes que las de la propia ficción.

Andy Warhol empleó en su obra Fallen Body la fotografía de Evelyn McHale, una joven de 23 años que se suicidó lanzándose desde lo alto del edificio. El fotógrafo Robert Wiles pasaba casualmente cuando se produjo el suceso y quedó impresionado por el cuerpo aparentemente intacto de la bella mujer, por lo que tomó la instantánea, publicada por primera vez en una edición de la revista Life de 1947, dándose a conocer como “el más bello suicidio”.

Muchos se han dejado caer desde el Empire State a través de la historia. De hecho, sus guardias están entrenados para sujetar por los pies a quienes intentan suicidarse. No obstante, ninguna historia es tan impactante como la de Elvita Adams, quien tuvo que abandonar su casa en 1979 a causa de un desalojo. Elvita, desesperada, decidió lanzarse al vacío desde el observatorio del piso 86, en momentos en que una importante ráfaga de viento la empujó de vuelta al interior del edificio: terminó a salvo, en el piso 85, apenas con una fractura de pelvis.

Desde el punto de vista católico, el suicidio es inaceptable: revela escasa confianza en Dios y constituye una insubordinación con respecto al Plan Divino, en el que todos desempeñamos una función como parte del inescrutable rompecabezas del universo. En un plano más prosaico, constituye la manifestación más pura de desesperación, de des-esperanza, y expresa la convicción de que las cosas son inmutables, irremediables. ¡Craso error!

Si, por una parte, me resisto a plegarme a categorías deterministas que ceden el control de los acontecimientos al alea o a ignotas fuerzas externas, como el destino, por otra, es indiscutible que existe un margen en el que intervienen variables imprevistas, que pueden, en un segundo, cambiar el curso de los acontecimientos. La historia de Elvita Adams lo ilustra: la inesperada acción del viento ocasionó un desenlace altamente improbable.

A veces se trata de eso: de aguardar cinco minutos más; de investigar qué nos espera tras el próximo recodo del camino; de saber que, tras la caída, una afortunada ráfaga de viento puede devolvernos al juego y concedernos, en suma, una segunda oportunidad; de sostenerse, de resistir y de saber que, a favor o en contra, todo puede cambiar en un minuto.

lunes, 24 de agosto de 2015

Para comerte mejor



El Universal, 24 de agosto de 2015

La noción marxista de plusvalía y el episodio bíblico según el cual se impuso como castigo al hombre “ganar el pan con el sudor de su frente” han contribuido no poco a la pésima -e injustificada- reputación que rodea al trabajo. El empleado se concibe como una víctima en lugar de mirarse como un ser humano que se realiza en el desarrollo de su potencial, y que disfruta de formar parte de un proceso que produce bienes y servicios útiles para otros.

La Revolución Industrial trajo aparejadas consigo las sombras de la explotación: trabajadores realizando la misma tarea repetitiva miles de veces, jornadas laborales interminables y condiciones verdaderamente inhumanas. Al capitalismo se reprochan, igualmente, los males del imperialismo y el colonialismo, así como el contemplar al empleado no como una persona, sino como mano de obra que puede ser representada por su equivalente económico. Estas circunstancias, que efectivamente perviven en algunos sectores hoy en día, y que podrían confluir en el concepto de alienación, han nutrido la imagen de un trabajador a punto de ser engullido por el sistema económico, que previamente lo somete a una serie de presiones que le comprometen, para comérselo mejor, como hubiera dicho el lobo de Caperucita.

Lo cierto es que, por el contrario, las investigaciones contemporáneas, especialmente las realizadas en el área de la Psicología Positiva, apuntan al hecho de que uno de los factores que proporcionan felicidad más frecuentemente es el trabajo.

El interés por el bienestar del trabajador, a fin de facilitar el desempeño de sus tareas y aumentar su productividad, no es un fenómeno reciente. Los estudios de tiempos y movimientos, por ejemplo, que se iniciaron en el siglo XIX, analizaban la duración de cada una de las operaciones que componían un proceso, así como los movimientos que realizaba el empleado para llevar a cabo cada operación. Con ello, era posible optimizar las condiciones ambientales para reducir la fatiga y evitar esfuerzos innecesarios. Pero el concepto de bienestar, en este contexto, aludía alentorno en que el trabajador realizaba su tarea, no al hecho mismo de realizar una actividad como fuente de satisfacción personal.

La psicología positiva procura estudiar científicamente los factores que permiten a individuos y comunidades vivir en plenitud. Desde esta perspectiva, el coaching se convierte en una importante herramienta dentro del ámbito organizacional , creando redes conversacionales para potenciar el desempeño laboral, pero no como una forma de producir mayores réditos a partir del individuo, sino como una forma de generar bienestar, lo cual redunda, es cierto, también en un aumento de la productividad.

Fue un venezolano quien condujo en Sevilla, recientemente, el III Workshop Internacional de la Asociación Española de Coaching Ejecutivo-Organizativo: el psicólogo César Yacsirk, reputado especialista en el tema, invitado especialmente para la ocasión. César explica que, según Sonja Lyubomirsky, las personas con mayor bienestar se caracterizan por tener rasgos que favorecen su desempeño en el lugar de trabajo: son más flexibles e ingeniosas, tienen mayor disposición a cooperar, son más sociables, están dotadas de más energía, son mejores líderes y negociadores y son, definitivamente, más eficientes en la toma de decisiones.

Esta sensación de bienestar va asociada, a su vez, a la idea de “Flow”, un concepto desarrollado por Csikszentmihalyi: cuando una persona se siente parte de una actividad, se concentra con facilidad y domina la situación. Entonces, el tiempo “vuela”. Parte de los factores que desencadenan el flow están relacionados con el hecho de que la actividad que se realiza esté asociada con habilidades o fortalezas personales.

Otro aspecto que influye en la motivación del trabajador son las gratificaciones. Según plantea Yacsirk, en un artículo publicado en Business Venezuela, la revista de VENAMCHAM, resulta fundamental conocer al trabajador para poder establecer un plan de incentivos que resulte efectivamente estimulante.

La creencia de que el trabajo es algo negativo está definitivamente superada, así como la visión del empresario como un depredador, y se evoluciona hacia una relación en que tanto el trabajador como el empresario se benefician de un favorable clima laboral que resulte gratificante y ofrezca las oportunidades necesarias para crecer en función de los propios talentos e intereses.

lunes, 17 de agosto de 2015

Luces en El Dorado

El Universal, 17 de agosto de 2015

En el año 2000 apareció Sombras en El Dorado, libro en el que el periodista Patrick Tierney denunciaba, tras una década de pesquisas, no solo los abusos cometidos contra los yanomami por personas y entidades que pretendían investigar esta etnia, sino también las distorsiones que se produjeron en la descripción de sus costumbres por parte de autores que son tenidos como clásicos, y cuyas obras son consideradas poco menos que ineludibles para referirse a esta cultura.

Estudios realizados por la Universidad de Michigan concluyeron, más tarde, que algunas de las acusaciones efectuadas por Tierney eran injustificadas o exageraban los hechos, al punto de que la Asociación de Antropología Americana retiró el apoyo que había prestado al libro, nominado a diversos premios. Tierney, sin embargo, logró que la atención internacional recayera sobre los derechos que asistían a la etnia, y alertó acerca la cautela con que debían ser leídos los textos de ciertos “gurús”.

Entre los autores contra los que arremetía el periodista se encontraban los norteamericanos Napoleon Chagnon y James Neel y, en menor medida, el investigador francés Jacques Lizot, habitualmente reverenciado como alumno que fue de Claude Lévi-Strauss, una de las grandes figuras de la antropología.

Con las reservas que puedan tenerse, el hecho es que Lizot convivió con los yanomami 24 años, entre 1968 y 1992, una experiencia que habría de rendir como fruto El Círculo de los Fuegos, una obra en la que se describe el modo de vida de la etnia y que recoge, sin duda, una visión del mundo que nos invita a reflexionar en mucho sentidos.

Resulta de particular interés la relación que los yanomami mantienen con los animales. En su sistema de creencias, cada persona tiene varias almas, una de las cuales, llamada noreshi, posee un “alter ego” animal que vive en la selva, cuya vida concluirá simultáneamente con la del ser humano. De hecho, a menudo la enfermedad es interpretada como resultado de alguna dolencia que padece ese animal.

Tratándose de un grupo originalmente nómada, cuyos desplazamientos se veían determinados sobre todo por el agotamiento del suelo en que tenían sus conucos, no han sido proclives a la ganadería ni al pastoreo. Consumen, sin embargo, productos de origen animal, y la cacería tiene un lugar preponderante entre sus costumbres, tanto para abastecerse de carne como por las connotaciones rituales que en ocasiones reviste. Pero, para ellos, todo aquello que recibe alimento de la mano del hombre pasa a ser yanomami, esto es: gente, humano, persona.

Esta idea resulta especialmente iluminadora: ¿cuán ético es coadyuvar al crecimiento con el propósito de servirnos de él? ¿No resulta, acaso, un contrasentido, estimular la vida para luego ponerle fin?

En momentos en que el impacto de la ganadería sobre el medio ambiente está en el tapete, particularmente a través del polémico documental Cowspiracy (un juego de palabras que remite al vocablo inglés conspiracy, “conspiración”, pero modificado al introducir la palabra “cow”, que significa “vaca”, en primer término), la visión yanomami aporta un cierto prurito moral que es, además, anti-especista.

Esta posición exhorta a la responsabilidad para con todo aquello que alimentamos, y es extrapolable a muchos ámbitos de nuestra vida. Incluso a nivel humano: nadie cultiva una relación de ninguna índole con el propósito anticipado de ponerle fin, a no ser que exista algún interés de por medio. Y yo, que detesto los lugares comunes, no puedo menos que, de todos modos, remitirme a la sentencia de la zorra de Saint-Exupery, que no duda en aleccionar al Principito: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa”…