sábado, 2 de marzo de 2013

Contigo en la distancia


El Universal, 5 de marzo de 2013



Ibrahim Ferrer
Malandra. Así la bautizó Elvia Sánchez, quien no desperdiciaba oportunidad de reírse de lo que fuera. Eso sí: sin maldad.

Malandra: una conjunción jocosa de “María Alejandra”, que encontró rápida aceptación y se diseminó a la velocidad de la luz para perseguirla a través del tiempo y alcanzarla en la otra orilla del Atlántico.

A ella nunca le molestó. Al revés: amante sin igual de la guachafita, aceptaba de buen grado aquel apodo que, veladamente, aludía a su capacidad de percibir las contradicciones y ponerlas en luz con algún comentario mordaz e hilarante, sin alterarse.

A vuelta de tres décadas, sigo a la vera de Malandra, hoy convertida en una respetable ejecutiva de Toyota, que engrosa la lista de los venezolanos que ocupan cargos relevantes en el extranjero.

Estuve en su cumpleaños. Traspasar el umbral de aquella puerta fue como penetrar en otra dimensión. Ya la música hubiera debido pronosticarme lo que iba a encontrar en el interior: tras la caminata, a un grado bajo cero, en aquella tarde gris de árboles desnudos, resultaba desconcertante percibir los tropicalísimos compases del Son de la loma .

Oniel Moisés y Juan Antonio Castillo
Abierta, la puerta me descubrió un espectáculo, por una parte, muy familiar, pero por otra, perdido en el tiempo. Porque aquello fue como las magdalenas de Proust: me encontré transportada a las cálidas reuniones dispersas aquí y allá entre los recuerdos de mi vida en Caracas. Y la música, que vagamente había percibido desde el exterior, no era una grabación: allí estaban, en vivo, tridimensionales y contundentes, Juan Antonio Castillo y Oniel Moisés.

Era el maravilloso regalo de Aida Borges. Tuvo el tino, merced a sus raíces cubanas, de localizarlos y regalarnos (así, en plural, no solo a la Malandra, sino a todos los que estábamos allí) un rato de reencuentro con nosotros mismos, con nuestra identidad. Con la identidad de todos. Porque si algo ha dado Cuba al mundo, y forma parte del patrimonio compartido por los hispanoparlantes, es su música. ¿Quién no ha escuchado Cómo fue, de Ernesto Duarte, o Contigo en la Distancia, de César Portillo? ¿Quién puede sentirlos ajenos a su idiosincracia?

Me comentaba Rubén Orizondo, propietario de ese rincón delicioso que es el Café de la Luz, que lo que fundamentalmente lo mantiene vinculado con su Cuba natal es la música.

Oniel es el heredero de una tradición que hunde sus raíces en el emblemático Buenavista Social Club, inmortalizado en el documental del mismo nombre, producido por Wim Wenders, y que diera origen al álbum que se haría merecedor de un Grammy : “ un retrato de ancianos majestuosos que atesoran la sabiduría de su tradición caribeña”, diría el madrileño diario El País.

No sólo canta: pese a su formación de economista, contribuye a escribir la crónica de la música cubana desde la perspectiva privilegiada que le confiriera ser hijo del mítico cantante de la agrupación: Ibrahim Ferrer.

Elvia Sánchez
Estábamos como hipnotizados cuando llegó otra heredera, esta vez venezolana: Elvia Sánchez, la hija de Alfredo Sadel, la misma cuya inspiración echara a rodar aquel apodo: Malandra… Y con su voz acrisolada en muchos años de academia, con muchos escenarios a sus espaldas, nos hizo contener el aliento cuando comenzó a cantar Vieja Luna, de Orlando de la Rosa. La veteranía y profesionalidad del pianista, Juan Antonio Castillo, hicieron posible que, pese a la improvisación, se produjera una perfecta sincronía entre música y cantante, en un instante que resultó mágico.

Yo le agradezco a María Alejandra Sánchez Morón que me invitara. Que me permitiera compartir ese momento irrepetible con ella. Y también que me dejará constatar que es más lo que nos une, que lo que nos separa, y que a pesar de las urticantes asociaciones con la hospitalización de mi Comandante y con Barrio Adentro, a pesar de las intromisiones que tanto irritan a mis compatriotas, y aunque mi vida esté, Fernando, más bien para rancheras, Cuba todavía me sabe a bolero.
Malandra y Rubén Orizondo

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