sábado, 16 de marzo de 2013

Chávez: una lección


El Universal, 12 de marzo de 2013

El 7 de octubre, fecha en que el presidente Chávez resultara electo, invoqué la frase del Evangelio de San Mateo que él hiciera suya en su día: “el que tenga ojos que vea”. Los resultados debían traducir la forma en que los electores percibían los hechos, y su análisis resultaba imperioso si se quería atender sinceramente las demandas del colectivo.

En aquella ocasión resultaba oportuno cargar las tintas en el hecho de que el 45% de los votantes no optara por Chávez. La casi mitad de los venezolanos estaba manifestando de ese modo su descontento, emitiendo una especie de advertencia.

En estos momentos, no obstante, cifro mi atención en ese 55% que sí respaldó al entonces presidente y que cerrará filas en torno al candidato del oficialismo.

El chavismo hunde sus raíces en un suelo abonado durante cincuenta años de democracia, durante los cuales se ignoraron las necesidades de un gran sector de la población. Venezuela siempre ha sido un país de caudillos, y esa masa acéfala que se manifestaba alternativamente a favor de uno u otro candidato, adeco o copeyano según correspondiera al voto castigo, encontró por fin en Chávez un adalid , un personaje con el que identificarse y que representara, demagógicamente o no, sus intereses.

Chávez logro congregar en torno suyo las voluntades de un creciente número de ciudadanos. El escritor Juan Manuel de Prada expresaría: “no debemos olvidar que, si las clases populares prestaron su apoyo a este hombre, fue porque se había colmado su paciencia (…) Chávez no hubiese surgido sin la existencia de una masa social empobrecida y defraudada”

El fenómeno Chávez, pues, no es gratuito: es la respuesta a la situación desesperanzadora en la que se ha visto inmersa una parte considerable de nuestros compatriotas. Y esto estaba cantado desde los años ochenta, no porque lo proclamaran las eminencias del IESA desde las páginas de “El Caso Venezuela”, sino porque lo revelaba la cruda cotidianidad de nuestras calles.

Los gobiernos, igual que las personas, tienen sus aciertos y sus yerros, y mientras la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) cifraba para 2011 el descenso de la pobreza en Venezuela en 20,8% durante el
mandato de Chávez, es imposible esconder las realidades de la inseguridad, la depauperación y el creciente desabastecimiento en el país. Así pues, pareciera que subsisten insatisfechas una serie de necesidades tanto en las filas del oficialismo como en las de la oposición.

Resulta sorprendente la ingenuidad de las aseveraciones que parecen reflejar la convicción de que en un abrir y cerrar de ojos van a operarse cambios drásticos, como si Chávez hubiera sido el escollo que había que salvar para entrar automáticamente en una nueva era de bienestar y bonanza.

Chávez es un símbolo, y su cariz personalista queda demostrado, por ejemplo, en el hecho de que el actual Presidente no asume esa posición porque lo dicten los méritos personales que pueda o no tener (en Europa es percibido como un líder dialogante y proclive a la negociación); no porque lo dicte la Constitución; sino porque lo dicta Chávez, a quien se obedece aun después de muerto. Pero el problema no desaparece porque haya fallecido el presidente.

Y yo digo: que la injusticia social es terreno abonado para que prendan ciertos discursos que no hacen más que acrecentar el abismo que existe entre unos y otros venezolanos, una brecha que se ha venido abriendo a lo largo de años de indiferencia, corrupción e insolidaridad. ¿Aprenderemos la lección?

En este momento, en el que está por decidirse lo que va a ser de nosotros, que prive la objetividad para reconocer las carencias; la conciencia de que la democracia supone el respeto a lo que es la voluntad de la mayoría, concuerde o no con la voluntad propia, y el deseo de que construir una nueva era de paz y bienestar para todos los venezolanos.

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