martes, 3 de marzo de 2015

Los hijos infinitos

El Universal, 3 de marzo de 2015


Un estudiante fallece en un liceo de Macarao tras ganar una pelea, cuando su contrincante regresa con otro sujeto armado que le dispara en la cabeza; dos jóvenes de 21 y 22 años, respectivamente, aparecen muertos en un callejón de Catia y queda en pie la duda de si fueron víctimas del hampa común o si se trata de una represalia por su eventual participación en actos de protesta política; la investigadora Carla Villamedina indica que en el país se registran al mes, en promedio, 76 muertes de menores de edad, un aproximado de dos asesinatos por día, mientras el Cecodap trae a colación un informe estadístico según el cual, durante el año pasado, fueron asesinados en Venezuela 912 niños y adolescentes, de los cuales 126 murieron a manos de efectivos policiales o militares.
Ese es el panorama que describe la prensa de los últimos días.

Ya decía Andrés Eloy Blanco, en su conocido poema “Los hijos infinitos”, que cuando se tienen dos hijos, se tienen todos los hijos de la tierra. En esta oportunidad los que cayeron no fueron los míos: no sé si caerán en la próxima. Lo que sí sé es que me resulta fácil imaginar cómo se sienten las madres de esos jóvenes ahora ausentes.

Las cifras alertan. Es preciso preguntarnos qué es lo que estamos haciendo mal.

Para empezar, advienen a un medio lleno de violencia, de un odio y una precariedad que se gestaron mucho antes de que ellos llegaran. Así pues, esa es la primera herencia que reciben, y su primer reto es decidir cómo enfrentar ese contexto en el que se encuentran inmersos.

¡Qué línea tan frágil entre lo temerario y lo razonable, entre la prudencia y el miedo!

Quienes ahora tienen veinte años crecieron junto a los maestros que nos formamos en la consigna de que la Educación en Venezuela procuraba “el logro de un hombre sano, culto, critico (…) capaz de participar activa, consciente y solidariamente en los procesos de transformación social”, según exponía el artículo 3 de la Ley orgánica de Educación de 1980, principios que pervivían en la Ley de 2009, según la cual se perseguía promover la “participación activa, consciente, protagónica,
responsable y solidaria, comprometida con los procesos de transformación social …” (artículo 15)
Esto es: los educamos para observar objetivamente cuanto les circundaba y para rebelarse contra lo inadmisible, suponiendo que el sistema democrático así lo permitía, y más aún, así lo demandaba. La pregunta es si les enseñamos cómo hacerlo adecuadamente y si efectivamente el medio admite este tipo de comportamientos. Quizá estimulándolos a ponerse en pie los transformamos en carne de cañón, ni más ni menos.

 La alternativa no es, a todas luces, pedir que contemplen pasiva y resignadamente cuanto sucede a su alrededor, sino estimular el uso de mecanismos que trasciendan la protesta callejera, exigir el respeto a la integridad física de nuestros jóvenes y reclamar responsabilidades a quienes, de manera desproporcionada y en contra de lo que establecen nuestra Constitución y nuestras leyes, hagan uso de la fuerza, al tiempo que velamos por que se garanticen los derechos ciudadanos y concretamente, la libertad de expresión. No me refiero específicamente a quienes portan uniforme: resulta casi más preocupante la existencia de grupos civiles armados que pretenden sofocar cualquier expresión que no se ajuste a la línea de pensamiento que defienden, lo que pareciera revelar la encubierta simiente de una posible guerra civil.

Esto en cuanto a lo que concierne a los aspectos políticos de la situación. Pero, en un ámbito más humano, sigue despertando consternación la hostilidad y el uso de la fuerza bruta para amedrentar y conseguir los propios objetivos. Es incontenible la violencia. Y es el producto de un medio en el que privan la ley del más fuerte, la impunidad , la desigualdad social, el resentimiento y un incipiente odio de clases.

El panorama resulta desolador. No se avizora solución a corto plazo en tanto no se hagan efectivos los mecanismos destinados a garantizar el respeto a la persona y se siga confundiendo libertad de expresión con violencia, justicia con victoria de los propios intereses y tolerancia con cobardía.

La educación, siempre, la última esperanza. Del resto, nos queda “todo el miedo del planeta/ todo el miedo a los hombres luminosos/que quieren asesinar la luz y arriar las velas”

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