martes, 11 de marzo de 2014

De injerencias, alianzas y mediaciones

El Universal, 11 de marzo de 2014

¡La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria!


Corría el año de 1902 cuando Cipriano Castro comenzara con estas palabras su célebre Proclama. Apelaba así El Cabito al orgullo patrio como forma de lograr la cohesión de todos los ciudadanos y obtener su respaldo de cara al bloqueo que Inglaterra, Alemania e Italia habían impuesto a Venezuela demandando el pago de la deuda que el país mantenía con estas naciones.

Otras plantas extranjeras, pero menos insolentes, fueron las que mediaron para que se levantara el bloqueo. Con la consigna de “América para los americanos” y a la luz de la Doctrina Monroe, que establecía que cualquier intervención europea en América sería vista como una agresión y justificaría la acción de los Estados Unidos, los norteamericanos lograron que se firmara el protocolo de Washington el 13 de febrero de 1903, acordándose que Venezuela pagaría a plazos sus deudas con el 30% de sus ingresos de aduana.

Es digno de análisis el papel que pueden jugar otros países en relación a los sucesos que se han vivido hace poco en nuestro país. En los últimos días ha circulado a través de mi correo electrónico un sinnúmero de peticiones dirigidas a diversos entes internacionales solicitando un pronunciamiento a favor de los intereses… ¿de quién? ¿de la oposición? No: se trata de categorías más amplias, como la democracia y la libertad de expresión, independientemente de quién las defienda y de los contenidos que alberguen. ¿Puede interpretarse como una injerencia que alguien se posicione en torno a un tema cualquiera, y más aún si se relaciona con determinados principios? ¿Y puede considerarse una injerencia una intervención que es solicitada expresamente?

Es amparado en el derecho a consustanciarse con determinados valores que cualquiera puede fijar posición respecto a una situación dada, sin que se vea en ello un menoscabo a la Soberanía. Otra cosa es emplazar o coaccionar para que se asuman determinados cursos de acción. También es cierto que, en oportunidades, algunas posiciones encubren intereses políticos o económicos. El artículo 20 de la Carta Democrática Interamericana, aprobada el 11 de septiembre de 2001, en sesión especial de la Asamblea de la Organización de los Estados Americanos, establece que, en caso de que en un Estado Miembro se produzca una alteración del orden constitucional que afecte gravemente su orden democrático, se realizará una apreciación colectiva de la situación y se adoptarán las decisiones que se estime convenientes a fin de promover la normalización de la institucionalidad democrática. Para ello, la OEA prevé efectuar “las gestiones diplomáticas necesarias, incluidos los buenos oficios”. ¿Constituiría la gestión de la OEA una injerencia?

El Derecho internacional establece el marco jurídico en el que se desarrollan las relaciones entre los países. Pero más allá de eso, está también la manera en que el común de los mortales percibe esas relaciones: serán “injerencias”, “alianzas” o “mediaciones” en la medida en que favorezcan o no los intereses de turno, del momento en que se evalúe la situación y de quien efectúe la lectura. Me pregunto si, por ejemplo, los franceses habrán percibido como una “injerencia” el desembarco de Normandía, uno de los elementos clave de la derrota del III Reich.

En mis tiempos mozos estudiábamos en el colegio que “la Soberanía reside en el pueblo, quien la ejerce a través del voto”. Esta idea supone que el Gobierno, elegido democráticamente, representa la voluntad de la mayoría, e incluye también a las minorías. Tal y como están planteadas las cosas, y si se acepta que el gobierno ha sido elegido democráticamente, todavía es posible cuestionarse hasta qué punto están siendo representados cada uno de los sectores que conforman el país en las decisiones que determinan el curso que han de seguir los hechos.

El bienestar colectivo requiere de unas saludables relaciones internacionales. Una de las quejas que más frecuentemente se ha oído a última fecha es la que ha suscitado la indiferencia mostrada por algunos Estados respecto a la situación que se vive en Venezuela. Se reclama la solidaridad de otros países en asuntos que conciernen a derechos humanos. ¿Será ésa, también, una injerencia?

El episodio del Bloqueo, del que nos separan poco más de cien años, resulta didáctico en el sentido de demostrar que aun las situaciones más difíciles evolucionan y pueden ser superadas. Por cierto, que la astucia de Castro entrevió la conveniencia de conciliar a todos los venezolanos, y el mensaje central de su Proclama expresaba: “Delante de mí no queda más que la visión luminosa de la patria, como la soñó Bolívar, como la quiero yo (…) Y puesto que ésta no puede ser grande y poderosa sino en el ambiente de la confraternidad de sus hijos, y las circunstancias reclaman el concurso de todos éstos, en nombre de aquellos mis sentimientos y de estas sus necesidades, abro las puertas de todas las cárceles de la República para los detenidos políticos que aún permanecen en ellas…”

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