martes, 18 de marzo de 2014

Los niños frente al conflicto

El Universal, 18 de marzo de 2014

Convendría preguntarse cómo afectan los acontecimientos que están teniendo lugar en nuestro país a los niños, quienes, ante conflictos armados y otras situaciones de violencia en general, resultan especialmente vulnerables. Graça Machel, viuda del fallecido Nelson Mandela y presidenta de la Comisión de Estudios de las Naciones Unidas sobre el Impacto de los Conflictos Armados en la Infancia, señalaría: “La guerra socava los fundamentos mismos de la vida de los niños, destruyendo su hogar, dividiendo sus comunidades y mermando su confianza en los adultos”.

Una primera dimensión en que la vida del niño se ve afectada es la interrupción de sus rutinas habituales. La rutina, sobre todo en los más pequeños, proporciona cierta sensación de seguridad: el niño sabe lo que va a pasar. El hecho de que las cosas dejen de funcionar como lo hacían habitualmente - el dejar de ir al colegio, por ejemplo- puede desencadenar cierta incertidumbre que se traducirá, según la mayor o menor predisposición del niño a tener miedo, en ansiedad.

Otro factor que ocasiona que los niños se vean más afectados que los adultos por un entorno conflictivo es su dificultad para discernir entre los peligros reales y los temores que albergan. Su principal preocupación suele ser la posibilidad de tener que separarse de sus padres. Además, mientras que los adolescentes pudieran manifestar interés por los aspectos políticos de la situación y hasta sentir la necesidad de posicionarse o actuar, los niños de menor edad pueden sentirse confundidos. En algunos casos la repetición de una noticia puede ser interpretada por el pequeño como si el mismo evento hubiera tenido lugar muchas veces. Así, los niños en edad pre-escolar pueden verse más perturbados por lo que ven y oyen, por lo que es preciso ser cautelosos con los comentarios que se hacen a su alrededor.

La doctora Robin F. Goodman, especialista en estrés traumático en niños y adolescentes, facilita algunas indicaciones acerca de cómo pueden actuar los adultos.

Con respecto a cuánta información debe darse, dependerá de la edad y el nivel de comprensión del niño.

Goodman señala que aún quienes tienen entre 4 y 5 años saben lo que es la guerra, pero no todos pueden expresar lo que les preocupa. Con frecuencia, es necesario que sean los padres quienes inicien el diálogo. Preguntar lo que han oído o lo que piensan es una buena manera de abordar el tema para determinar lo que es más relevante, más confuso o más inquietante para el niño. Es importante que los padres escuchen sin interrumpir o sin expresar sus propias opiniones, ya que si el niño llegara a sentir que su opinión es “inadecuada” podría cerrarse al diálogo o sentirse “malo” o estúpido.

Goodman recomienda prestar atención a reacciones no verbales, tales como la expresión facial, la postura, o el tono de voz de un niño, como indicios importantes de sus emociones y de su necesidad de hablar aun cuando no lo comunique verbalmente. Si no desea hablar del asunto, debe respetarse su silencio. Sin embargo, ver o leer juntos las noticias es la mejor manera de medir sus reacciones. Ello permite, por una parte, ayudarle a tratar apropiadamente la información recibida y, por otra, verificar cómo ha digerido la información y qué sentimientos le produce.Un comportamiento propio de un niño de menor edad, una conducta inusitadamente activa o inhibida, pesadillas, o una reiterada mención al  conflicto, pudieran ser indicadores de que el pequeño necesita apoyo especializado. Del mismo modo, una exagerada indiferencia hacia el tema podría indicar un creciente grado de desensibilización ocasionado por el contacto continuo con diferentes formas de violencia a través de los medios de comunicación o los videojuegos, lo que le dificulta medir el costo humano real de lo que está sucediendo.

Despejar sus dudas, mantener ciertos horarios en el hogar aun cuando no asistan a clases y prever actividades para que las desarrollen a lo largo del día puede contribuir a aminorar ansiedad en los niños. Pero más importante aún resulta la actitud que se asuma a su alrededor ; es necesario plantearse la influencia que el comportamiento del adulto puede tener sobre su vida, su forma de percibir los acontecimientos y su manera de actuar en el futuro.

El conflicto puede se ocasión para instigar el odio, pero también puede ser una excelente oportunidad para sembrar tolerancia, enfatizando que escuchar y comprender las opiniones de otros es un paso necesario hacia la resolución de conflictos sin violencia.

martes, 11 de marzo de 2014

De injerencias, alianzas y mediaciones

El Universal, 11 de marzo de 2014

¡La planta insolente del Extranjero ha profanado el sagrado suelo de la Patria!


Corría el año de 1902 cuando Cipriano Castro comenzara con estas palabras su célebre Proclama. Apelaba así El Cabito al orgullo patrio como forma de lograr la cohesión de todos los ciudadanos y obtener su respaldo de cara al bloqueo que Inglaterra, Alemania e Italia habían impuesto a Venezuela demandando el pago de la deuda que el país mantenía con estas naciones.

Otras plantas extranjeras, pero menos insolentes, fueron las que mediaron para que se levantara el bloqueo. Con la consigna de “América para los americanos” y a la luz de la Doctrina Monroe, que establecía que cualquier intervención europea en América sería vista como una agresión y justificaría la acción de los Estados Unidos, los norteamericanos lograron que se firmara el protocolo de Washington el 13 de febrero de 1903, acordándose que Venezuela pagaría a plazos sus deudas con el 30% de sus ingresos de aduana.

Es digno de análisis el papel que pueden jugar otros países en relación a los sucesos que se han vivido hace poco en nuestro país. En los últimos días ha circulado a través de mi correo electrónico un sinnúmero de peticiones dirigidas a diversos entes internacionales solicitando un pronunciamiento a favor de los intereses… ¿de quién? ¿de la oposición? No: se trata de categorías más amplias, como la democracia y la libertad de expresión, independientemente de quién las defienda y de los contenidos que alberguen. ¿Puede interpretarse como una injerencia que alguien se posicione en torno a un tema cualquiera, y más aún si se relaciona con determinados principios? ¿Y puede considerarse una injerencia una intervención que es solicitada expresamente?

Es amparado en el derecho a consustanciarse con determinados valores que cualquiera puede fijar posición respecto a una situación dada, sin que se vea en ello un menoscabo a la Soberanía. Otra cosa es emplazar o coaccionar para que se asuman determinados cursos de acción. También es cierto que, en oportunidades, algunas posiciones encubren intereses políticos o económicos. El artículo 20 de la Carta Democrática Interamericana, aprobada el 11 de septiembre de 2001, en sesión especial de la Asamblea de la Organización de los Estados Americanos, establece que, en caso de que en un Estado Miembro se produzca una alteración del orden constitucional que afecte gravemente su orden democrático, se realizará una apreciación colectiva de la situación y se adoptarán las decisiones que se estime convenientes a fin de promover la normalización de la institucionalidad democrática. Para ello, la OEA prevé efectuar “las gestiones diplomáticas necesarias, incluidos los buenos oficios”. ¿Constituiría la gestión de la OEA una injerencia?

El Derecho internacional establece el marco jurídico en el que se desarrollan las relaciones entre los países. Pero más allá de eso, está también la manera en que el común de los mortales percibe esas relaciones: serán “injerencias”, “alianzas” o “mediaciones” en la medida en que favorezcan o no los intereses de turno, del momento en que se evalúe la situación y de quien efectúe la lectura. Me pregunto si, por ejemplo, los franceses habrán percibido como una “injerencia” el desembarco de Normandía, uno de los elementos clave de la derrota del III Reich.

En mis tiempos mozos estudiábamos en el colegio que “la Soberanía reside en el pueblo, quien la ejerce a través del voto”. Esta idea supone que el Gobierno, elegido democráticamente, representa la voluntad de la mayoría, e incluye también a las minorías. Tal y como están planteadas las cosas, y si se acepta que el gobierno ha sido elegido democráticamente, todavía es posible cuestionarse hasta qué punto están siendo representados cada uno de los sectores que conforman el país en las decisiones que determinan el curso que han de seguir los hechos.

El bienestar colectivo requiere de unas saludables relaciones internacionales. Una de las quejas que más frecuentemente se ha oído a última fecha es la que ha suscitado la indiferencia mostrada por algunos Estados respecto a la situación que se vive en Venezuela. Se reclama la solidaridad de otros países en asuntos que conciernen a derechos humanos. ¿Será ésa, también, una injerencia?

El episodio del Bloqueo, del que nos separan poco más de cien años, resulta didáctico en el sentido de demostrar que aun las situaciones más difíciles evolucionan y pueden ser superadas. Por cierto, que la astucia de Castro entrevió la conveniencia de conciliar a todos los venezolanos, y el mensaje central de su Proclama expresaba: “Delante de mí no queda más que la visión luminosa de la patria, como la soñó Bolívar, como la quiero yo (…) Y puesto que ésta no puede ser grande y poderosa sino en el ambiente de la confraternidad de sus hijos, y las circunstancias reclaman el concurso de todos éstos, en nombre de aquellos mis sentimientos y de estas sus necesidades, abro las puertas de todas las cárceles de la República para los detenidos políticos que aún permanecen en ellas…”

martes, 25 de febrero de 2014

Cuatro Loquitos

El Universal, 25 de febrero de 2014

A la nostalgia habitual de cada día, se suma el gentilicio exacerbado, la conciencia de que somos de ella, más aún, de que somos ella, Venezuela, mientras reconocemos en cada imagen los lugares en los que transcurrió nuestra vida, por los que deambulamos a diario en otro tiempo.

El primer gesto en la mañana es tender la mano hacia el celular con la ansiedad de saber qué ha pasado en las últimas horas: el desfase horario ocasiona que durmamos, si es que logramos conciliar el sueño, cuando en Caracas apenas comienza a ponerse el sol.

En España, los venezolanos hemos seguido fanáticamente lo que sucede en Venezuela. Si a primera vista pudiera parecer que disfrutamos de una posición privilegiada al encontrarnos, en cierto modo, “protegidos”, por otra no nos sentimos en absoluto ajenos a la situación.

Cuando ya los disturbios se han prolongado por más de dos semanas, pareciera que, finalmente, la opinión internacional comienza a entrever que no se trata de una explosión aislada con visos catárticos, sino del clamor de un contigente importante, númericamente hablando, que demanda un viraje el curso de las políticas que se están implementando en la nación. No se trata de cuatro loquitos.

En proporción a lo que está sucediendo, poca es la cobertura que se ha brindado al tema venezolano en
Europa, quizá debido a la preocupación por otro trastorno más cercano y limítrofe con la Unión Europea: el de Ucrania.

La mayor parte de las voces que se han levantado, lo han hecho para manifestar su extrañeza frente al silencio que muchos sectores mantienen de cara a lo que se está viviendo en Venezuela. Pero, en paralelo, asistimos a la llamativa interacción que se ha producido entre el ciudadano de a pie y los medios de comunicación. Es interesante observar cómo entran en juego internet y las redes sociales como recurso para transmitir información

Héctor Schamis señalaba, en un artículo del diario El País titulado “De Tiananmen a Mérida”, cómo hoy en día no importa si un medio es censurado o no, puesto que un teléfono inteligente le da a cualquier ciudadano la posibilidad de divulgar u contenido, conviertiéndolo, virtualmente, en un periodista anónimo. Esto, si por una parte ha supuesto la posibilidad convocar o de intercambiar imágenes actualizadas, por otra ha dificultado la posibilidad de discriminar cuáles fuentes son confiables y cuáles no, y conduce a que en oportunidades se difunda, a veces con la mejor intención y con desconocimiento de lo que se está haciendo, información inexacta o errónea. Queda entonces en pie de duda, no la credibilidad de la información puntual, sino lacredibilidad del grupo cuya posición se pretende defender, que termina acusado de tendencioso, manipulador o falso.

Cierto medio oficialista se dio a la tarea de publicar, con la fecha y el lugar de origen correspondiente, imágenes que circulaban en las redes y que se suponía reflejaban la situación vigente en Venezuela: las fotografías provenían de lugares tan distantes como Grecia, España o Chile, y dejaba muy mal parados a quienes las estaban haciendo circular.

En cuanto a esto, un llamado a la cautela, a fin de salvaguardar la seriedad de nuestra posición cualquiera que sea, tanto en el sentido de prestar atención a rumores no verificados, como en el sentido de hacerlos circular.

En días pasados, Marco Ruiz, secretario general del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Prensa, alertaba en cuanto al trato que estaban recibiendo los comunicadores sociales. Es importante destacar que, más allá del contenido de las protestas, es necesario salvaguardar la libertad de expresión, tanto a nivel mediático, como a nivel individual y colectivo: se trata de un derecho inalienable.

Valdrá la pena recordar aquí la célebre cita de Voltaire: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”.

martes, 18 de febrero de 2014

El asombro de Beatriz Villacañas



El Universal, 18 de febrero de 2014

En los tiempos que corren, resulta muy gratificante que algunos sigan siendo capaces de desentrañar la belleza que existe en cuanto nos rodea y nos presten sus ojos para contemplarla. Tal es el caso de Beatriz Villacañas, la escritora española que presentara hace unos días en Madrid su poemario “Testigos del asombro”.


Villacañas es una autora cuya sensibilidad, en lugar de verse coartada por aspectos intelectuales, se ve alimentada por ellos. Baste aducir en prueba de su formación y competencia el hecho de que es profesora en la Universidad Complutense de Madrid, en donde recibió el título de Doctora en Filología Inglesa, y que es Miembro Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.


Es también uno de esos casos en los que un apellido célebre, ni se utiliza para medrar injustificadamente, ni se esconde como si comprometiera la propia honestidad profesional. Beatriz es hija del poeta Juan Antonio Villacañas, y lejos de procurar deslindarse de la obra de su padre, se ha convertido en uno de sus estudiosos más concienzudos, llegando inclusive a traducirla al inglés.


Avalada por diversos reconocimientos, que incluyen el Premio Internacional Ciudad de Toledo en 1995 y el Premio Primera Bienal Internacional Eugenio de Nora en 2000, la producción de la escritora incluye artículos, ensayos, cuentos y seis poemarios precedentes: “Jazz”, “Allegra Byron”, “El Silencio está lleno de nombres”, “Dublín”, “El Ángel y la Física” y “La gravedad y la manzana”, que fuera propuesto en España para el Premio Nacional de Poesía 2012.

Los críticos no han podido pasar por alto lo que concierne a la métrica en su obra. Había explorado la lira, como modo de homenajear a su padre. Ya en 2006 Ángel de las Navas Pagán, en relación a “El ángel y la física”, había calificado sus versos como “breves, concisos, penetrantes”. La pluma de la autora evolucionaba, a todas luces, hacia un estilo que habría de desembocar en el haiku, la forma que revisten sus más recientes poemas.


El haiku es una de las modalidades de la poesía japonesa tradicional, caracterizada por medirse en moras en lugar de sílabas, y por traducir el asombro que experimenta el poeta en la contemplación de la naturaleza. Al respecto, Beatriz señalaría: “…refleja, en lo humilde de su brevedad, lo inabarcable de aquello que lo produce”.


“La llama entre los cerezos”, un libro de Juan Antonio Villacañas, escrito a propósito de los Juegos Olímpicos celebrados en Tokio en 1965, y uno de cuyos poemas habría de llevarle a obtener Premio Nacional de Literatura de Tema Deportivo en España, encendió la inspiración que habría de dar a luz “Testigos del asombro”, que comprende 130 haikus, uno solo de los cuales hace referencia al mundo japonés.


Cabe reconocer el mérito que supone, con una trayectoria consolidada y consagrada por los diversos premios que le han sido conferidos, el atreverse a seguir investigando, a innovar, a aventurarse por sendas inexploradas, a riesgo de enfrentarse a otras dificultades por vencer. Como quiera que sea, “Testigos del asombro” compendia los rasgos que signan la poesía de Beatriz Villacañas: la atención puesta en la forma de construir la estrofa; la poesía de Villacañas padre como fuente de inspiración y referente; la respetuosa contemplación del universo, la sensibilidad hacia la belleza contenida en el medio circundante y la inquietud hacia lo trascendente, evidente cuando la escritora señala: “Yo canto lo asombroso, donde caben, naturalmente, el miedo y el dolor, que, a su vez, no dejan de asombrarme y siembran en mí inquietudes irresolubles”.


Enhorabuena a Pablo Méndez y a Editorial Vitrubio por este nuevo libro, que viene a sumarse a otras obras de remarcable calidad que ha venido publicando últimamente.

martes, 11 de febrero de 2014

Arte y reciclaje: José Pepe Reimúndez

El Universal, 11 de febrero de 2014

Cuando el artista francés Marcel Duchamp presentó en 1917 un urinario de porcelana blanca como si fuera una obra de arte, estaba al mismo tiempo sentando las bases para el desarrollo del arte conceptual, presentando el primer readymade de su carrera y poniendo por obra lo que sería uno de los rasgos preponderantes del movimiento dadaísta: el introducir objetos utilitarios en el mundo de la creación artística.

Ese mismo año, Francis Picabia y Henri-Pierre Roche, editores de las revistas “391” y “The Blind Man” respectivamente, decidirían, mediante una partida de ajedrez, cuál de las dos publicaciones habría de seguir imprimiéndose. Roche perdió y en consecuencia desapareció “The Blind Man”, de la que apenas habían visto la luz dos números. El segundo de ellos, no obstante, pasaría a la historia por contener un apologético editorial acerca de la mencionada “Fontana” (el urinario de Duchamp). La revista explicaba cómo el hecho de que el señor Mutt (pseudónimo escogido por Duchamp) no hubiera elaborado la obra con sus propias manos carecía de importancia: lo relevante era el hecho de haber seleccionado un objeto de la vida cotidiana y haberle atribuido un nuevo significado al re-bautizarlo.

La “·Fontana”, considerada como una de las obras más influyentes en el desarrollo de las artes durante el siglo XX no es, sin embargo, más que un ejemplo de lo que se haría cada vez con más frecuencia: emplear elementos de la vida cotidiana en el proceso creativo.

Una de las técnicas empleadas para hacerlo era el “ensamblaje”, mediante el que se juntan diversos objetos no artísticos para generar una pieza tridimensional, lo que, de paso, constituiría una revolución en el concepto de la escultura, que hasta entonces había concebido la obra como el resultado de la talla o el modelado.

La “Guitarra”, de Pablo Picasso (1913), hecha con cartón, papel, cuerda y alambre pintados, suele considerarse el primer ejemplo de ensamblaje conocido, pero muchos otros artistas entre los que destacan Joseph Beuys, Bruce Conner, Edward Kienholz, Louise Nevelson, Robert Rauschenberg y John Chamberlain, adoptarían este procedimiento más tarde.

La idea de utilizar elementos que han sido desechados resulta particularmente interesante en una época en la que cobra preponderancia el concepto de reciclaje como estrategia para reducir, tanto el consumo de nueva materia prima, como la contaminación ocasionada por la basura. Y es signada por estos dos principios que surge la producción de José “Pepe” Reimúndez, quien elabora sus obras a partir de desechos de hierro ensamblados con soldadura eléctrica, recubriéndolas después con una capa final de acrílico transparente, de modo que pueda percibirse cuáles son los elementos que la conforman.

Se produce así una resemantización de las piezas que utiliza, en las que una tenaza se transforma en el pico de una garza, o un engranaje en pez. Y así van integrándose los elementos metálicos en figuras fácilmente identificables, dotadas de movimiento y poesía a pesar del origen rígido y utilitario de sus partes.

Reimúndez terminó el bachillerato en 1982, y a partir de ese momento realizó diferentes cursos en el INCE. Siempre le había interesado el trabajo manual, y de niño había elaborado él mismo muchos juguetes. Optó pues por explorar en el área de la electricidad y la serigrafía, pero donde se encontró más a gusto fue en el campo de la herrería, en el que siguió profundizando. Trabajó como empleado de una herrería, experiencia que le otorgaría mayor destreza técnica, y fundó su propia empresa, al tiempo que se desempeñaba él mismo como instructor. Fue entonces cuando comenzó a realizar ensamblajes a partir los desechos mecánicos que iba recogiendo. En el último año ha elaborado 62 obras, muchas de las cuales se exhibieron recientemente en la Casa de la Cultura de La Asunción.


A Reimúndez, además, lo apasiona la idea de que otros puedan disfrutar del proceso creativo que a él le ha reportado tantas satisfacciones. Pero, sobre todo, lo entusiasma la idea de que descubran las posibilidades que encierra cada objeto desechado. Así, se ocupa en dictar talleres de reciclaje para niños y ha sido invitado a dictar conferencias en la Universidad de Oriente.


Si bien debe reconocerse el talento de este margariteño, cuya sensibilidad le permite desentrañar nuevos significados en cada elemento metálico, resulta todavía más respetable su conciencia ecológica y su deseo de compartir su conocimiento y su técnica, descubriendo a la comunidad la posibilidad de otorgar una segunda oportunidad, una segunda vida, a objetos que ya han cumplido su función dentro de la esfera de lo utilitario.


martes, 28 de enero de 2014

La bonhomía de Pascual Venegas Filardo

El Universal, 28 de enero de 2014

El balcón de la casa, de claras reminiscencias coloniales, se orientaba hacia la Avenida Las Lauras, en San Rafael de La Florida. Sus puertas, que normalmente permanecían clausuradas, se veían a veces semi-entornadas: suponía yo entonces alguna actividad en el recinto que se extendía detrás de ellas, e imaginaba fresco el interior por contraste con la canícula caraqueña.

Recuerdo haberme sentido impresionada la primera vez que pude acceder a aquel lugar. Las paredes de la habitación se encontraban literalmente cubiertas, de suelo a techo, por la extensa biblioteca de Pascual Venegas Filardo, y una escalera permitía acceder a los volúmenes situados en las estanterías más altas mediante una especie de deambulatorio que recorría el perímetro de la habitación, creando una suerte de segundo piso. Ignoro a qué sistema de clasificación recurría don Pascual, pero doy fe de que podía localizar en un instante y sin dificultad cualquier libro al que hiciera referencia.

Con el transcurso del tiempo ha llegado a asombrarme cómo pude haber tenido la desfachatez de requerir la atención de este hombre, cuya huella hoy en día percibo como decisiva en el devenir de las letras venezolanas.

Yo tendría dieciséis años cuando, por razones que no atino a recordar, andaba involucrada en la redacción de un ensayo a propósito de los puertos nacionales. Consultada otra de mis víctimas, Gastón París del Gallego, tras darme algunas orientaciones me conminó:

-¡Pero chica! Tú con quien tienes que hablar es con tu vecino, Pascual Venegas.

Y sí, lo confieso: tuve la osadía de pedir que me recibiera, por intermedio de la bondadosa señora Elba, su esposa. Debo aducir en mi descargo que ignoraba yo en aquel entonces la envergadura del personaje que estaba pidiendo que me recibiese. Sabía, eso sí, que se trataba de un respetable intelectual. Pero para mí era el vecino, el señor amable y siempre cortés con quien coincidía casi diariamente en la acera, y era, sobre todo, el papá de las “morochas” y de la preciosa Alicia, las más próximas a mí de sus hijos, en razón de la edad.

Hoy en día considero un privilegio haber tenido acceso a aquel recinto en el que se gestaban tantas ideas y en donde se escribía la columna “¿Ha leído usted?” entre otros textos maravillosos. La única experiencia parecida que puedo evocar es haber visitado el taller del maestro Rufino Tamayo en su casa de Ciudad de México, conservado por su viuda tal y como había estado cuando el maestro pintaba sus lienzos.

Se trataba , sin embargo, de un privilegio compartido, porque si algo caracterizaba a don Pascual era su accesibilidad, y su lugar de trabajo se encontraba permanentemente abierto para sus estudiantes, aun para quienes, como yo, no podíamos dar la talla como interlocutores. Probaba esta actitud su permanente curiosidad por cuanto le rodeaba, sutalante generoso y su carácter empático y cordial, a pesar de que recuerdo la mesura como uno de los rasgos preponderantes de su personalidad.

Don Pascual oyó mis planteamientos; conversó conmigo durante horas en aquel sancta sanctorum en que me concedió el honor de recibirme, y hasta me prestó alguno de sus libros. No sé qué fue de aquel texto sobre los puertos venezolanos para el que me brindó generosamente su ayuda, pero sí conservo en mí memoria, como referente, el modo de ser de este hombre, modelo de educador por vocación.

Mucho antes de leer “La niña del Japón” y "Canto al Río de mi infancia”; entre sus muchos poemarios; antes de conocer su trayectoria, que incluía el haber recibido en distintas oportunidades el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Literatura en 1983; antes de saber que había sido distinguido como Individuo de Número de la Real Academia Española de la Lengua, capítulo de Venezuela, e Individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas; mucho antes de beneficiarme con su dilatada experiencia como profesor universitario, ya la bonhomía de Pascual Venegas Filardo había dejado en mi alma su huella y la certeza de que a la inteligencia va vinculada la sencillez, y de que el interés auténtico por las personas y las cosas que nos rodean es el principio de que se nutren las mentes más brillantes

martes, 21 de enero de 2014

Por causa de Ana Frank

El Universal, 21 de enero de 2014

No sé si tendría nueve o diez años cuando leí por primera vez el “Diario de Ana Frank”. La narración que contiene este impresionante documento comienza el día del cumpleaños de Ana, cuando recibe el cuaderno en el que volcaría todas sus reflexiones, sus inquietudes y su visión sobre la persecución de que serían víctimas ella y su familia, reflejando la transformación que iría operándose en sus vidas a causa del antisemitismo.

Paulatinamente, la vida de Anna se ensombrece. La niña normal que va a la escuela y tiene amigas se convierte en una cautiva, cuyo principal entretenimiento consiste en referir cómo transcurre su vida en el zulo en el que dos familias judías, la suya y otra, permanecen escondidas.

La historia me sonaba especialmente verosímil. A escasos veinte años de la Segunda Guerra Mundial todavía estaban frescas las heridas en la mitad italiana de mi familia, sumida además en la ambivalencia de haber sido educada y haber vivido en tiempos del Duce, mientras empleaban sus posiciones para proteger a cuantos judíos tenían ocasión de esconder. Los cuerpos y las memorias de mi padre y sus hermanos estaban llenos de cicatrices que hacían del “Diario” algo más que una historia de ficción, escalofriantemente próxima.
Creo que fue a causa del libro por lo que comencé, pues, a aceptar, no sin cierta melancolía, la transitoriedad de las cosas de la vida. Los niños suelen percibir el entorno como estático e inmutable: descubrimos el mundo y nos embarga la impresión de que todo será siempre así, como lo hemos conocido, y vivimos en una realidad poblada por personajes y lugares que pensamos que siempre estarán allí, hasta que el tiempo se encarga de darnos la primera lección, cuando experimentamos la primera muerte o la primera mudanza. Por cierto que en este sentido resulta especialmente ilustrativa la novela de Miguel Delibes “El camino”.

Más allá de la nostalgia por esos tiempos pasados que fueron mejores; más allá de la melancolía que nos genera la certeza de saber que cada momento es irrepetible, y que debemos apurarlo hasta la última gota, hay varias lecciones que podríamos educir en positivo.

La primera de ellas apunta en el sentido de que no hay mal que cien años dure, como acota la sabiduría popular. La segunda nos urge, efectivamente, a sacar el máximo provecho de cada momento y a hacer de él algo enriquecedor y gratificante.

Venimos al mundo con una especie de “kit básico”, de “pack vital”: nacemos altos o bajos, en uno u otro sitio, ricos o pobres; más o menos ágiles; con una familia que puede o no invitarnos a crecer. Eso nos viene dado y poco podemos hacer para modificarlo. Pero, a más de lo inevitable, y más a partir de cierta edad, todos podemos incorporar otros “complementos” a nuestras vidas, haciendo de ella algo más feliz.
Somos responsables de poner en nuestro día a día experiencias y personas que nos nutran, que favorezcan nuestro desarrollo y, en ocasiones, somos responsables también por efectuar las correspondientes expulsiones en caso de que ciertas relaciones nos desgasten. Es inútil lamentarnos por lo que es inmodificable, pero, dentro de nuestro particular contexto, siempre podemos alcanzar un mayor grado de bienestar relacionado, según indican los especialistas, más con el “hacer” que con el “tener”: viajes, lecturas, estudios e interacciones pueden incorporar un importante grado de felicidad a nuestras vidas. Y, desde luego, es importante entrenarnos en identificar las cosas positivas presentes en nuestra vida y dar gracias por ellas

No hay mejor momento que el “ahora” para ponernos en pie y tomar acciones. Cada minuto pasa y es irrecuperable, y resulta urgente evitar la pereza y la natural tendencia a la procrastinación, porque la vida es un tren que no pasa dos veces por el mismo lugar. No sea cosa, que más adelante, lamentemos habernos perdido algún paisaje.