martes, 3 de septiembre de 2013

Tras la pausa: Simonetta Agnello Hornby

El Universal, 3 de septiembre de 2013

Retomar la rutina tras las vacaciones, aun para quienes disfrutan del trabajo que realizan, puede resultar cuesta arriba. Reajustar los horarios, reducir el tiempo de ocio, e incluso los desplazamientos, puede generar desazón, ansiedad y hasta trastornos del apetito o del sueño.
Los expertos recomiendan, de cara a esta panorama, que la transición hacia la rutina se efectúe de manera gradual, y que se reserven momentos para el disfrute, para actividades que prolonguen la sensación de sosiego propia de las vacaciones, sin que “la vuelta al cole” se perciba como una pérdida drástica de la cuota de placer que es necesaria en nuestras vidas.

Una buena alternativa es recurrir al ejercicio, si puede ser, al aire libre, lo que contribuye a drenar tensiones y a generar las endorfinas responsables de nuestra sensación de bienestar. Otra posibilidad es optar por la lectura, lo que además permite “desconectar” transitoriamente de la presión del día a día.

Radicada en Londres desde 1972, tras su matrimonio con un inglés, Simonetta Agniello Hornby es abogada, y mantiene un despacho en Brixton, un barrio del sur de Londres, cuya población es mayoritariamente musulmana y de origen caribeño. Agniello no sólo atiende casos relativos a menores desfavorecidos, sino que llegó a ser presidente del tribunal de Necesidades Educativas Especiales e Incapacidad, tarea que alternaba con sus quehaceres como profesor de Derecho de Menores en la Universidad de Leicester.

Sin embargo, esta mujer se ha dado a conocer por su obra literaria, en la que aborda con una
mirada, a la vez amorosa y crítica, su Sicilia natal.

La escritora nació en Palermo en 1945, y transcurrió su infancia en la vetusta casona familiar de Agrigento. De hecho, confiesa no haber asistido al colegio hasta los once años, pues su educación corría a cargo de un preceptor que acudía a casa un par de horas cada día.
En Agrigento podía observar los contrastes entre el modo de vida de la aristocracia a la que ella misma pertenecía y las carencias que experimentaba el grueso de una población que procuraba sobrevivir tras la Segunda Guerra Mundial.

Los libros de Simonetta Agniello recogen estas vivencias e incursionan en las raíces de una estructura social que actuaría como caldo de cultivo para que surgiera y se consolidara la Mafia o, más bien, lo que la escritora denomina “mafiositá”, una tendencia a resolver las cosas recurriendo a contactos e influencias, muy afincada en el espíritu siciliano.


Acreedora de diversos premios literarios, el núcleo de su obra lo constituye lo que la crítica ha dado en llamar “la trilogía siciliana”: La tía marquesa, La mennulara y Boca Sellada, tres libros que retratan la sociedad insular en tres momentos distintos de la historia. De ellos, quizá destaca estilísticamente La mennulara, palabra empleada en dialecto para referirse a las mujeres que recogen las almendras, una actividad fecuente entre la población femenina de la isla.

La narración coral permite reconstuir la historia del personaje central a partir de fragmentos que se van sumando. Cada personaje conoce algún detalle, un episodio de la vida de la protagonista. Las versiones, sin embargo, a veces resultan contradictorias, a veces dejan lagunas, pero siempre ponen en luz los prejuicios y la lectura de la realidad que se tiene desde el estrato al que pertenece quien habla.

Tras la mencionada trilogía la autora ha publicado también otras obras, pero ninguna de ellas desnuda tan sutilmente la omnipresencia de la Mafia y su repercusión en la cotidianidad de la vida siciliana como La Mannulara, su primera novela.

La obra de Agniello Hornby, en fin, resulta una alternativa ideal, amena, emotiva e interesante, para esos ratos de solaz a procurar tras el verano.

martes, 27 de agosto de 2013

El más acá

El Universal, 27 de agosto de 2013

Y es que el reino de los cielos se parece a una mamá que iba a salir y preparó una olla de lentejas. Pero llegó el primero de los niños, y se sirvió una abundante ración; llegó el segundo e hizo otro tanto. Cuando llegó el tercero, ya no quedaban lentejas. ¿A quién habrá que culpar de la inequitativa distribución de los bienes? ¿A la mamá, que había tomado las previsiones para que los tres tuvieran suficiente comida, o a la abusiva repartición que efectuaron los dos primeros niños?

Del mismo modo, la especie humana ha advenido a un mundo maravilloso, espléndido en su naturaleza, rico en dones. Dones que unos cuantos han querido acaparar a costa de la pobreza de otros, hasta desembocar en lo que refiere Lucas, el evangelista, en el capítulo 16, a propósito de la historia de Lázaro el mendigo: “entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo”.

El quinto mandamiento nos trae sin cuidado, y hemos sembrado la destrucción a nuestro paso, a
medias entre la negligencia y la ignorancia. Nuestra miopía nos impide ver el impacto que algunas de nuestras acciones cotidianas surten sobre el medio ambiente; el especismo nos conduce a percibir como naturales los abusos que se cometen contra otros seres vivos: la experimentación en animales, las mutilaciones, el hacinamiento, la tauromaquia y pare usted de contar. Pero el Génesis dice que al principio no era así: “Y vio Dios que era bueno”.

Escurrimos el bulto de nuestra responsabilidad en el caos, y culpamos a Dios del hambre, la guerra y la pobreza, todas invenciones humanas. Recurrimos a Dios como si fuera una farmacia, en pos del remedio a nuestros males, sin percibir que hemos recibido unas capacidades para gestionar el desorden y encontrar soluciones. Eso sí: clamamos por la luz para tomar las decisiones adecuadas y por la fortaleza para emprender las acciones convenientes. Y contamos, sobre todo, con un manual de instrucciones: el Evangelio.

A través de los siglos se ha perpetuado una mirada según la cual esta vida es un valle de lágrimas y su propósito último es ganar la otra, laultraterrena, el más allá: una promesa suficientemente alentadora como para resistir todos los embates que el tiempo quiera presentarnos. Pero mientras, en el más acá hay mucho que hacer.

La palabra “Iglesia” no quiere decir ni institución, ni jerarquía, ni estado. Iglesia significa “reunión de ciudadanos”, una suma de individualidades cada una de las cuales es responsable por hacer su parte. Hay carencias. Hay debilidades. Hay contradicciones. No hay que tener miedo a revisarse, a buscar la manera de llevar a la práctica el Evangelio, a reparar los errores. Si el criollísimo adagio de que “el que come carne de cura, revienta”, fuera cierto, Su Santidad y otros importantes reformadores de la historia habrían de ser presa de una respetable indigestión. Ya en 1194 San Bernardo de Claraval se lamentaba: “La iglesia relumbra por todas partes, pero los pobres tienen hambre.” Una aseveración no tan lejana de la que da nombre a cierto grupo en Facebook: “Cambio tesoros del Vaticano por comida para África, ¿te apuntas?”. Lo único es que este grupo da cabida indiscriminada a todo tipo de argumentos, razonables o no.

Me parece muy valiente la actitud que ha asumido el Papa Francisco, enfrentando con transparencia diversas situaciones. Pero en justicia se debe recordar que al lado de la pederastia, los escándalos del Banco Ambrosiano y la supuesta vinculación con la fábrica de armas Piero Beretta, desmentida, por cierto, por la propia organización en un comunicado (“la empresa desmiente de la manera más firme que el IOR o empresas relacionadas con él sean parte de los accionistas de la propia empresa o de sus filiales”), coexisten en el mundo hospitales, centros de minusválidos, de transeúntes y de enfermos terminales de SIDA; centros de reeducación para marginados sociales; comedores y orfanatos, todo ello mantenido a través de las donaciones erogadas por el bolsillo de los católicos y gestionado a través de la labor de voluntarios. A esto podrían sumarse tareas de mantenimiento y conservación del patrimonio histórico-artístico y la tarea de misioneros que en muchos casos han tomado bajo su protección comunidades, con riesgo de su propia vida, y a veces a costa de ella. La Doctrina Social de la Iglesia viabiliza, en fin, la aspiración a la justicia social, de modo que pueda decirse de nosotros como de aquel cuyos pasos seguimos: “Pasó haciendo el bien”.

martes, 13 de agosto de 2013

Un Espacio Mínimo en Nueva Esparta

El Universal, 13 de agosto de 2013

Graciela Zúñiga
A menudo, la labor del galerista comienza donde termina la del artista plástico: es él quien proyecta la obra y facilita su adquisición, en un proceso que conlleva tareas bastante más complejas que la simple exhibición. Si bien el fin último de la galería suele ser el vender la obra, cada espacio se identifica con un periodo o estilo, y atiende los intereses de un sector concreto del universo de los coleccionistas que constituyen sus potenciales clientes.

Esta empresa supone, a más de una adecuada distribución de las obras, tanto en términos de conservación como en términos expositivos, una labor de investigación que sitúa cada objeto plástico dentro de un contexto en relación al cual adquiere un precio de mercado específico. La obra de arte se concibe, en este entorno, como un valor de cambio.

Sin embargo, más allá de los aspectos comerciales, una exposición involucra otras facetas igualmente importantes. La obra se ha gestado a solas en el silencio del taller y, finalmente, se muestra a otros. En ella ha cristalizado la necesidad de expresión del artista, que se vuelca sobre la materia y le da forma a través de determinados recursos. Culmina en ese punto una etapa, ya satisfecha la urgencia plástica del creador. Pero, acto seguido, comienza un proceso de retroalimentación: el artista constata el efecto que genera el producto al someterlo a la valoración del público, lego o experto, tanto en lo que se refiere a sus cualidades estéticas como en lo tocante a la técnica con que ha sido realizado.

La obra adquiere otra dimensión cuando por fin entra en contacto con el espectador. De allí la importancia de contar con espacios expositivos y, cuando esta iniciativa se emprende no desde una óptica comercial, sino atendiendo a la necesidad de comunicación que experimenta el creador, se genera un diálogo enriquecedor tanto para los que producen arte como para quienes lo “consumen”.
Es por ello que la aparición de Espacio Mínimo en la escena cultural no puede menos que suscitar expectación. Situado en las inmediaciones de Pampatar, promete convertirse en un centro de encuentros para quienes confieren a la plástica especial relevancia en sus vidas.

Espacio Mínimo surge gracias a dos autores que transitan desde hace ya tiempo por los senderos del arte: Graciela Zúñiga e Italo Fuentes. Desde allí pretenden, a partir de la exhibición tanto de sus obras como de las de otros artistas invitados, interactuar directamente con quienes acudan al lugar tras concertar previamente una visita. Se trasciende así el concepto tradicional de la galería según el cual el espectador accede libremente a la exposición y se enfrenta al objeto sin mediación alguna, o con ocasionales intervenciones de expertos en el caso de las visitas guiadas: se trata de establecer una relación creador-espectador vehiculada a través de la obra de arte.

Aunque en principio se trata de un local de quince metros cuadrados, es posible de extender su capacidad a través del uso de otras partes del edificio en el que está emplazado, en función de las necesidades e intenciones de quien exponga.

La inauguración del espacio está prevista para el sábado 31 de agosto a las once de la mañana, con una muestra en la que Italo Fuentes dará a conocer sus Cortezas Planetarias y Graciela
Zúñiga presentará Cromotempo, una serie en la que una vez más hace gala de la sutileza y el colorido delicado que caracteriza su obra.

Espacio Mínimo es prueba de la inquietud que bulle en el medio cultural venezolano, e ilustra como desde diversos puntos de nuestra geografía están acometiéndose iniciativas llamadas a albergar y estimular acciones alrededor de diferentes manifestaciones creativas. Son posiciones novedosas, arriesgadas, que sin duda van dejando su huella en el entorno, y cuyos frutos esperamos sean abundantes, porque el arte es, en fin, una senda que nos conduce a crecer.

martes, 6 de agosto de 2013

Haberlo pensado antes.

El Universal, 6 de agosto de 2013

Hace unos días cierta amiga, a quien tengo en alta estima, me remitió un texto y lo sometió a mi consideración. Se trataba de un artículo publicado en un prestigioso diario italiano cuyo título aproximado podría ser “Los niños que se comportan como bebés surgen en la guardería. Las locuras de la inserción a la italiana”

En él, su autora exponía la inconveniencia de ciertas prácticas relacionadas con el periodo de adaptación al pre-escolar. Concretamente, se lamentaba de la según ella tiránica costumbre de solicitar a los padres que acompañasen un rato cada día a los pequeños durante la primera semana, trastornando el orden y la rutina familiar. En su opinión, enfocar el inicio de la vida escolar dentro de estos parámetros supone sintonizar con una visión de la escuela como algo desagradable.
La autora, madre de gemelos, planteaba las dificultades que enfrentó para satisfacer esta “exigencia” del centro escolar, puesto que los niños pertenecían a dos grupos diferentes. El problema se hubiera resuelto acudiendo el padre a un aula y la madre a otra, pero ello no era posible, ya que la autora estaría de viaje en Londres. El asunto se resolvió supliendo la ausencia de la madre a través de la niñera.

En lo personal, me llama la atención que la articulista concediera prioridad al viaje con respecto a compartir con sus hijos una experiencia tan importante como el primer día de clase, pero desconozco las razones que fundamentaron su decisión.

Al respecto: concuerdo en lo importante de percibir la escuela como un lugar de encuentros, diversión y enriquecimiento, y de transmitir esa percepción al niño. Pero considero sustantivo discriminar entre lo que es la escuela en sí misma y lo que es el tránsito de una vida de bebé, al amparo de padres y cuidadores, a una vida de “niño grande”. Ese cambio supone una de las experiencias que más ansiedad generan al ser humano: la incertidumbre. Se trata de enfrentar un entorno nuevo, con frecuencia atractivo, pero desconocido; de hallarse solo en un medio en el que tiene que aprender cómo desenvolverse, quién es quién y descubrir qué es “lo correcto”, experimentando la reacción de los otros como una función de su propia manera de comportarse.
Todos hemos sido escolarizados y todos sabemos, por experiencia, que la escuela puede ser gratificante, porque ya hemos pasado por ello. Pero el niño no lo sabe: es normal que se enfrente a esa situación con el apoyo de sus padres.

Nuestra actitud le dará pistas: percibirá visceralmente el estado de ánimo de los adultos, así que es importante relajarse y conservar la serenidad, controlando, ya la impaciencia ante las posibles pataletas al resistirse a permanecer en el centro, ya la injustificada sensación de culpa ante la eventual “tristeza” o “indefensión” del pequeño.

Es emocionante constatar cómo el pequeño da un importante paso, tal vez el primero, hacia una vida de autonomía e independencia, y resulta de hecho un privilegio cuando el centro permite acompañar a los niños en esos instantes irrepetibles. A menudo estas “visitas” están restringidas, porque la experiencia dice que son los padres quienes suelen perder los estribos,
con una influencia poco positiva en el niño. Pero, en general, resulta delicioso ver cómo los pequeños interactúan, conocer a sus compañeritos, a sus profesores, el lugar en el que transcurrirá cada día... Es por ello que me maravilla la postura la mencionada autora. No digo que sea su caso, pero el artículo me da pábulo para expresar mi absoluto rechazo a ciertas actitudes que, bajo la consigna de alimentar una supuesta autonomía, escurren el bulto de ciertos compromisos que se adquieren en el momento mismo de la concepción.


Los niños son independientes en la medida que se sienten seguros, y esa seguridad es producto de un entorno que le invita a crecer, a experimentar, a indagar, siempre con el apoyo real, físico y tangente del adulto, que podrá disminuir en la medida en que el niño va creciendo. Resulta muy arriesgado echarlos al mundo solos: es un experimento que puede salir bien o mal….

¿Para qué engañarnos? Ser padres supone un importante consumo de tiempo y energía. Pero existe una modernísima y variada gama de recursos que permiten decidir si tener niños o no, y cuándo. Ellos no piden ser traídos, así que, en el momento que decidimos que nazcan, asumimos un montón de funciones que tendrán repercusión en su vida. Señores: se siente. Hay que aprender a organizarse. Haberlo pensado antes.

martes, 23 de julio de 2013

Adiós al camino de ladrillos amarillos

Caracas, El Universal 23 de julio de 2013



En 1939, la actriz Judy Garland, madre de la también famosa actriz Liza Minelli, interpretó en el cine a Dorothy, una niña que, para hacer realidad sus anhelos, debía visitar la Ciudad Esmeralda. Allí encontraría al fabuloso Mago de Oz, quien le ayudaría a regresar a casa.

La cinta narra el viaje de Dorothy a través del Camino de Ladrillos Amarillos. En el trayecto, se le van sumando otros personajes que deciden acompañarla animados por la esperanza de que el Mago también atienda sus particulares expectativas: coraje, un cerebro y un corazón son requeridos por un león cobarde, un espantapájaros torpe y un hombre de hojalata frío e insensible, respectivamente.

Desenlace: tras salvar las múltiples vicisitudes del viaje, finalmente llegan a Oz. El Mago les impone
una especie de prueba, pero una vez que la han superado, pretende despacharlos diciéndoles que vuelvan al día siguiente. Impresionados por su magnitud sobrecogedora, estruendosa e incandescente, los desalentados viajeros emprenden la retirada para descubrir que, tras la imponente fachada, se esconde un hombrecillo afable e inofensivo que satisface sus expectativas sin necesidad de recurrir a mayores portentos. Haciéndoles entrega de un diploma, un reloj en forma de corazón y una medalla al valor, les persuade de que ahora poseen los atributos que tanto anhelaban, y de los que en realidad han hecho gala a través de todo el recorrido. Los personajes comienzan a comportarse de otro modo, pese a que lo único que ha cambiado es la percepción que tienen de sí mismos.

Este aspecto de la película, de por sí, merece especial atención. Factores como la aceptación, la confianza y el reconocimiento pueden modificar la autopercepción y, lo que es más importante, el comportamiento de una persona. Es lo que se denomina “efecto Pigmalíón”

Pero el film también apunta a un capítulo que reviste especial vigencia: el de las identidades construidas. Hasta ahora, el marketing procuraba resaltar los aspectos más favorables de un individuo a fin de hacerlo comercialmente atractivo. Es obvio que, si estos aspectos pueden enfatizarse, es porque de hecho están ahí; pero también es cierto que coexisten junto con otros menos loables, más humanos e igualmente aceptables.

Las redes han democratizado esta posibilidad de proyectar una imagen optimizada de sí mismo: es la creación de lo que técnicamente se denomina “marca personal”, y que se alimenta, entre otras cosas, de insinuaciones que, sin afirmar nada que falte a la verdad, dan pábulo a las conjeturas.
Hay quienes se refugian en esa identidad justo de la misma forma que el Mago de Oz en su parafernalia. Esta actitud revela con frecuencia un descontento con el propio y real modo se ser. A veces, la persona incluso evita el contacto directo con sus interlocutores por temor a ser “desenmascarada”. Pero quienes así actúan llevan implícita en el pecado la penitencia, como dirían los antiguos: están condenados a saber que el admirado, el aceptado, es “el otro”, el ficticio, el idealizado. Y ello supone permanecer aislado, privado de un afecto necesario, y del que no sabemos si seremos acreedores una vez expuestas nuestras facetas más humanas.

Frente a esta situación, se impone la prudencia. Tenemos una natural tendencia a completar lo inacabado, a dar por hecho lo que en realidad apenas adivinamos, y sobre esa inclinación se apuntala una visión idealizada de personas y cosas. Hay que ser cautos en cuanto a lo que suponemos, porque caras vemos, corazones no sabemos. La apuesta va por la aceptación de nosotros mismos, con todos nuestros atributos y nuestras flaquezas, siempre en ánimo de superación y crecimiento, pero atentos a aquello que ya advertía Víctor Hugo en Los Miserables: “Confunden las huellas estrelladas que dejan en el cieno blanco de un lodazal las patas de los gansos con las constelaciones del firmamento”.

martes, 16 de julio de 2013

The criollo way.

El Universal, 16 de julio de 2013

En 1993 Elías Pino Iturrieta y otros destacados intelectuales publicaron una obra conjunta llamada “La Mirada del otro: viajeros extranjeros en la Venezuela del siglo XIX”. El título, que por cierto comparte con la novela de Fernando González Delgado y la película de Vicente Aranda, pretendía describir el fenómeno de la percepción con que otros ojos, concretamente los de los expedicionarios naturalistas del siglo XIX, nos contemplaban.

Durante la Colonia, el acceso América había estado restringido. Una vez franqueados los obstáculos que limitaban la afluencia de viajeros, acudieron muchos, inspirados por diversas motivaciones. El Nuevo Mundo se ofrecía como un catálogo de imágenes y especies naturales hasta entonces nunca vistas en Europa, que eran descubiertas con asombro y admiración por quienes recorrían el continente.

Y es el caso que participo de una situación similar cuando desde lejos vuelvo los ojos a mi país: re-contemplo lo que hasta ahora me había resultado evidente al intentar explicarle algunas cosas a mis interlocutores europeos y, más concretamente, cuando intento aclarar a qué me refiero cuando utilizo ciertas expresiones.

El eminente filólogo Angel Rosemblat, en el prefacio de su libro Buenas y malas palabras (1960) rastreaba el origen de algunas voces de uso frecuente en Venezuela. Así, el criollísimo término “corotos” para referirse a trastos o cachivaches, procedía según el escritor de las burlas que hiciera la servidumbre de cierto militar, propietario de algunas pinturas del célebre Camille Corot: el coronel se refería a las pinturas como a sus “corots”.

Otras expresiones provienen de los nombres anglosajones de algunos objetos o de sus marcas. Así,el otrora popular picó, aparato empleado para reproducir música grabada en discos, debía su nombre al pick-up, su homólogo americano; los “macundales” , otra versión de los trastos, derivan de una marca de machetes y otros enseres de trabajo de frecuente importación, Mac and Dale; el atento guachimán que vigila en la garita no es otra cosa que el watchman gringo, y los gringos se llaman así, según la tradición, porque durante la batalla del Álamo los mexicanos les increpaban “green go! “ (verdes, márchense!) refiriéndose al color del uniforme de los soldados norteamericanos.

Pero hay otros enunciados, de los que todos hacemos uso coloquialmente, que aluden directamente a situaciones locales. Estar muy pero que muy enfadado es estar más caliente que plancha de chino. Las planchas suelen estar calientes pero ¿por qué concretamente las de los chinos? Porque a principios del siglo XX la mayor parte de las lavanderías caraqueñas eran propiedad de ciudadanos de esa nacionalidad. Era de suponerse que, al estar todo el día poniendo a punto la ropa, sus planchas nunca llegarían a enfriarse.

Ir a llorar al Valle es una expresión relacionada con una anécdota presuntamente histórica. Según narra Lucas Manzano en su libro Caracas de mil y pico (1946) coincidieron una mañana visitando a Fray Antonio González de Acuña, obispo de Caracas, tanto el prior del Convento de San Francisco, como fray Gregorio de Ibis, quien desde principios de 1674 había emprendido
la evangelización de los indígenas que poblaban El Valle de la Pascua. Ambos aspiraban a que el prelado acudiera a sus respectivas parroquias. Como Fray Gregorio insistiera en el baile de “La Llora” que haría en su honor la agrupación Los Diablitos de El Valle, dicen que el Obispo exclamó dirigiéndose al prior: “Hermano: aplace usted lo suyo para más lueguito, porque ahora vamos a llorar a El Valle”

También hay interpretaciones locales de algún evento internacional. Charles Lindbergh, primer aviador en cruzar sin escalas el Atlántico, desde Nueva York hasta París, tuvo un hijo que fue secuestrado en 1932, y que permaneció desaparecido durante varios meses. De allí la expresión “estar más perdido que el hijo de Lindbergh”

Hay un libro, hoy en día sólo disponible en el mercado de segunda mano, en el que su autor, de apellido Bashleigh, intentaría precisamente explicar estos venezolanismos a los angloparlantes:  The criollo way.

Por un lado puede ser hilarante pero, por el otro, resulta interesante observarnos con ojos de extranjero. Nos vuelvo a contemplar, con una mirada que se sitúa en otra perspectiva, y me gusta lo que veo. Y sin duda me gusta el sentido del humor venezolano que, si bien no resuelve directamente los problemas, por lo menos ayuda a hacer más llevaderas las cargas

viernes, 12 de julio de 2013

Carlos Ysbert: con voz propia

Madrid, Es Hora, 12 de julio de 2013

Hace algunos meses el periodista Juan cruz me sorprendió titulando uno de sus artículos con una frase tan de perogrullo cuanto profunda: “los autores extranjeros no escriben en español”
La sencilla aseveración entrañaba, sin embargo, una serie de resonancias. Yo no hablo ruso. Puedo estremecerme leyendo Crímen y Castigo porque alguien la tradujo. Y si la lectura resulta conmovedora es porque alguien supo escoger las palabras para transmitir la historia que Dostoievski quiso contar y de la manera que quiso contarla. Nos deshacemos en elogios para un autor al que, de no ser por el traductor, no hubiéramos podido acceder.

El traductor es nuestro salvoconducto hacia todos los escritores cuyas lenguas no conocemos. De él depende que una obra se vea o no desestimada, y una mala traducción puede destruir la urdimbre del lenguaje, la belleza de las emociones… La historia permanece, pero la manera de comunicarla se puede ver seriamente afectada. No en balde los italianos aseveran “traduttore, tradittore” (traductor, traidor)

Esto bien vale para la literatura, pero otro tanto sucede en el campo del séptimo arte: un buen doblaje puede edificar o destruir a un personaje.

Nadie mejor que Carlos Ysbert para darnos razón de los entresijos del proceso. No sólo ha sido él mismo actor de doblaje durante muchos años, sino que conoce bien las otras facetas de esta actividad, tanto por su experiencia adaptando guiones, como por su desempeño en ADOMA, la Asociación de Actores de Doblaje de Madrid, de la cual fuera presidente.

En Ysbert se compendian las más diversas cualidades: su cortesía, su sentido del humor y su conversación inteligente hacen de él un personaje mitad playboy y mitad padre de familia. Su bien modulada voz va dando cuenta de los pormenores del doblaje con una dicción impecable, tan limpia, que a menudo le han reprochado el contraste entre su modo de hablar y el de los otros actores.

Carlos, así como otros de sus hermanos, forma parte de una saga actoral en la que destacan su abuelo, José Ysbert, y su madre, María Ysbert. Habiendo transcurrido toda su vida en el medio, puede efectuar una valoración de los aspectos relevantes en el proceso de traducir un material originalmente producido en otra lengua.

La importancia de la formación es decisiva para el actor de doblaje, explica. Para decidir quién ha de doblar a un personaje, se deben tomar en cuenta más las capacidades interpretativas que el hecho de que la voz sea similar a la del actor original. Es preciso ser capaz de comunicar las emociones que el personaje experimenta. Y si esto vale para el doblaje de personas, es tanto o más necesario en el caso de dibujos animados.

Cuando se trata de seres humanos, el espectador recibe muchas pistas a través de las expresiones faciales, los ademanes, la gesticulación del actor. La voz apoya y complementa ese trabajo. Pero en el caso de los dibujos animados, la casi totalidad de la psicología del personaje viene dada por la voz, dice Ysbert. Este es un tema en el que puede opinar con particular propiedad, puesto que desde hace doce años, cuando falleciera Carlos Revilla, es quien presta su voz al popular Homer Simpsom.

Carlos tuvo que sobreponerse a muchas vacilaciones antes de asumir el reto de poner voz a Homer. Pensaba en la dificultad de sustituir a un actor de la talla de su predecesor y, sobre todo, era consciente del rechazo que podía generar en el espectador el escuchar al personaje hablando con una voz diferente a la que estaba acostumbrado a oír. Sin embargo, Carlos salió adelante con éxito, sin despertar ningún tipo de reticencia en el público. Al principio procuraba mantenerse en la línea que había impreso al personaje Carlos Revilla, pero poco a poco fue flexibilizándose, consciente de que el ceñirse a ese patrón le restaba una espontaneidad que interfería con la expresividad necesaria para crear el personaje.

El doblaje se efectúa a partir de pequeños segmentos. Una vez se realiza la traducción del material original, es preciso emprender una tarea de adaptación que permita expresar las ideas en el mismo tiempo que utilizan los actores para comunicarlas. Por término general, una frase requiere en español el doble de sílabas de las que se emplean en inglés. Ello hace necesario buscar la manera de manifestar lo mismo con la mitad de las palabras, para lograr la sincronización con la imagen. A menudo, una adaptación ofrece dos o tres frases alternativas para escoger cuál coincide mejor con los gestos y el tiempo disponible. De allí la dificultad de este proceso, que involucra un verdadero trabajo de síntesis.

Dependiendo del encuadre, es factible añadir algunas pocas sílabas antes o después de lo que dicta la grabación original; en los primeros planos es imposible hacerlo.

Actualmente tiende a grabarse en bandas o canales, aunque no siempre. Este procedimiento permite que, si hay que sustituir a algún actor, o se daña algún fragmento, pueda reconstruirse sólo esa banda, sin que se pierda el conjunto que incluye a todos los demás actores.
Esta modalidad, si bien ofrece al actor alguna dificultad al no contar con la intervención de interlocutores que ritmen su respuesta, evita que tenga que permanecer en el estudio a lo largo de todo el doblaje, a veces para decir apenas tres o cuatro frases. Sin embargo, en algunos trabajos, que tienen que ser muy expresivos, se sigue grabando en grupo, para “calentar” la interacción entre unos y otros personajes.

Capítulo aparte merece un nuevo rubro en el campo del doblaje: los videojuegos. Explica Ysbert la dificultad que reviste este tipo de trabajo, en el que cada personaje exclama, grita jadea…. Formas de expresión que lastiman la garganta y resultan agotadoras, lo que impone un ritmo a la grabación que depende de la resistencia física del actor que está doblando.

Con respecto a los aspectos gremiales, Carlos ha dejado la presidencia de ADOMA y señala que en estos momentos se está tramitando lo que habrá de ser el nuevo Convenio Colectivo. El anterior, que se aplica desde hace más de 20 años, no sólo resulta obsoleto, sino que puede perder su vigencia próximamente por efecto de la aplicación de la Reforma Laboral del actual Gobierno

El sector del doblaje en España arrastra no pocos problemas, explica Carlos. La creación de una federación a nivel estatal, FEPRODO, debería contribuir a evitar los abusos e incumplimientos que padece la parte social desde hace ya muchos años en todo el territorio nacional.

El actor explica: el convenio se ha negociado entre las empresas de sonido y los trabajadores del sector. Ello ha ocasionado que tanto los mayors, verdaderos propietarios del producto, como los exhibidores (canales de televisión) hayan permanecido al margen, pero ejerciendo presión sobre las empresas de sonido. Estas últimas se han visto incapaces de mantener los precios mínimos del mercado debido a las constantes presiones a la baja y a la feroz competencia que se han hecho entre ellas. A esta situación se suma la desigual competencia que representan, para quienes realizan doblajes en castellano, las empresas de algunas Comunidades Autónomas, al disfrutar de subvenciones para realizar doblajes en sus respectivas lenguas comunitarias.

Esto ha ocasionado no pocos cierres de empresas, precisamente el de aquellas que intentaban mantener las mejores condiciones en la parte social, y que finalmente se han visto impotentes para competir con las empresas que ofertaban precios más bajos a costa de saltarse los mínimos que establecían los distintos convenios, tanto en la parte artística como de la técnica.

Como consecuencia de esta situación, hoy en día los precios del mercado de doblaje en España son los de hace veinte años, es decir, cinco veces menores que los de Francia o Alemania, lo cual no está en absoluto justificado si pensamos que los clientes y los productos son muchas veces los mismos, y sus mercados (Francia o Alemania) no son de ninguna manera cinco veces más grandes que el mercado español, señala Ysbert.

Esta bajada de precios influye de manera clarísima tanto en la calidad de las traducciones como en doblaje, siendo cada vez más difícil mantener la histórica fama  que ha tenido siempre España en este rubro.

“A pesar de todo esto, quiero señalar -- puntualiza el actor-- que el doblaje en España sigue manteniendo una altísima calidad, gracias fundamentalmente al compromiso y buen hacer tanto de sus técnicos como de sus actores y directores que, en jornadas leoninas de 13 horas diarias, sacan adelante un mercado en menos tiempo que ningún país de Europa, con un nivel de calidad muy aceptable, y encima más baratos que nadie.”

Este veterano actor se mantiene permanentemente activo. Sus cualidades histriónicas y su profesionalidad hacen que sea requerido para infinidad de actividades. Recientemente ha recibido varias propuestas para hacer radio y, concretamente, para realizar un programa en vivo sobre teatro. Este proyecto entusiasma a Carlos, quien, sin embargo, se ve obligado a restringirse a las tareas que ya tiene entre manos por razones de tiempo, sin perder la esperanza de que en un futuro pueda acometer otras empresas igualmente satisfactorias.

Mientras tanto, su público seguirá disfrutándolo, a sabiendas o no, cuando lo escuche en otros personajes, o cuando lo encuentre con voz propia.