martes, 29 de enero de 2013

Facebook y los celos

El Universal, 18 de diciembre de 2012



Lo admito: me apasionan las nuevas tecnologías. Comenzaron a cambiar mi vida cuando descubrí lo útil que me resultaba el tiempo empleado en transporte público para enviar mensajes de texto a todas las personas con las que necesitaba contactar y a quienes nunca llamaba. Repentinamente mis afectos y mis compromisos sociales comenzaron a ponerse al día al paso de "feliz cumpleaños", "¿cómo sigue tu perro?" o "¿qué tal la operación de tu abuela?".

Si los e-mails posibilitaban el mantenerse en comunicación prácticamente en tiempo real, Facebook y otras redes sociales iban más allá, emulando el poder de los medios de comunicación masiva para emitir un mensaje a un número indeterminado de destinatarios simultáneamente, y posibilitando compartir contenidos de Internet, retomar relaciones otrora vencidas por la distancia y hacer partícipes a nuestros contactos de los eventos importantes de nuestra vida.

El hecho es que las redes han auspiciado una manera diferente de relacionarse, que ha generado a su vez situaciones aún por explorar para psicólogos, sociólogos y comunicadores.

Lo que por una parte propendería a unir a las personas, por otra se ha vuelto una herramienta para dar fundamento a los litigios: según la revista especializada en separaciones y divorcios La Ruptura, la American Academy of Matrimonial Lawyers declaraba en un comunicado del año 2010 que el 81% de sus abogados utilizaban datos de Facebook como evidencia en casos de divorcio, y el sitio británico DivorceOnline verificó que más del 30% de las demandas de divorcio en 2009 contenían la palabra "Facebook".

Al parecer, las redes se han convertido también en un recurso para conseguir la custodia de los hijos, desacreditando al otro progenitor.

Las estadísticas resultan preocupantes: de cada cinco rupturas de parejas que tienen lugar en el Reino Unido, una está relacionada con Facebook. ¿Por qué? Y ¿cómo influye la red en el deterioro de las relaciones?

Al parecer, en la base de los conflictos asociados con la red se encuentran los celos. Uno de los estudios más difundidos acerca del tema fue el conducido por Amy Muise, del departamento de Psicología de la Universidad de Guelph, en Canadá. La psicóloga expone que Facebook permite el acceso a información acerca de la pareja (comentarios, fotografías...) que en la mayor parte de los casos está "descontextualizada", y puede generar múltiples interrogantes. Para reducir la incertidumbre, el usuario continúa buscando información, para acabar hallando más datos que no hacen más que incrementar sus celos, desatando una espiral de desconfianza.

"Los sentimientos de inseguridad sobre nuestra pareja pueden provocar comportamientos inquisitivos y en Facebook es muy fácil acceder a esta información", dijo Muise.

He allí la clave: en una relación consolidada no debería existir este vacío de información. Y la deseada debería poder pedirse directamente a la pareja, tanto si la duda procede de Facebook, como si surge por cualquier otro medio.

El diccionario de la RAE define los celos como la sospecha, inquietud y recelo de que la persona amada ha mudado o mude su cariño, poniéndolo en otra. En el fondo de este temor lo que subyace es la convicción de que no se es digno de ser amado, por lo cual se duda continuamente de la sinceridad del afecto de la pareja. Estas inseguridades se desprenden casi siempre de un historial de abandono previo.

En todo caso, si bien es cierto que el problema reside en la víctima de los celos, que fisga continuamente en el muro de la pareja hoy en día, al igual que antaño se esculcaban cajones y bolsillos en pos de una evidencia de infidelidad, también se requiere un mínimo de delicadeza para no ofender la sensibilidad de nuestro compañero.

La comunicación, el respeto por el espacio personal, el autocontrol y el trabajar en la propia autoestima deberían ser el antídoto para enfrentar los celos, pero también debe protegerse tanto a la relación como a nuestra pareja, filtrando los contenidos que se publican en redes.


Las Cosas más Sencillas

El Universal,  25 de diciembre de 2012 

Hablar de las cosas más sencillas, sobre todo para los que tenemos cierta edad, supone  una clara referencia al programa semanal de televisión conducido por Aquiles Nazoa,  que durante años transmitiera la Televisora Nacional.

Nazoa disertaba sobre infinidad de temas, con aquella gesticulación característica de sus manos, que parecían llevar su propio discurso paralelo, lejos de limitarse a subrayar  lo que pretendía  expresar su dueño.  Lo que resultaba admirable era que, en efecto,  cualquier cosa, la más sencilla, podía convertirse en objeto de reflexión y  desencadenar un discurso acerca de sus propiedades, su historia, o las anécdotas que rodeaban las prácticas en que se veía envuelta.

No cualquiera hubiera podido llevar adelante este cometido con éxito: solo un hombre dotado de las cualidades que caracterizaban a Nazoa podía enlazar cualquier evento insignificante con otras situaciones históricas, ver en cualquier ritual lo que de esencialmente humano había y, haciendo uso de su agudeza, exaltar las facetas más humorísticas de un suceso.

Nazoa  era, él mismo, un hombre sencillo, nacido en El Guarataro e  hijo de un jardinero, lo que no le impidió desarrollar el extraordinario potencial intelectual del que estaba provisto e incursionar en las más diversas áreas. Señala por ejemplo, Franklin Padilla,  Director del Postgrado de Psiquiatría de la Universidad Central de Venezuela, que era frecuente encontrarlo en las reuniones clínicas del Hospital Vargas, sentado discretamente como un observador más.

Con una formación esencialmente autodidáctica, destacó como escritor, poeta y humorista, iniciando sus labores periodísticas en El Universal: hacia 1935 comenzó como empaquetador en esta casa, desempeñándose sucesivamente en el archivo de clichés, la tipografía y la corrección de pruebas. Ya para 1938 había sido enviado a Puerto Cabello como corresponsal de este diario, y en los años cuarenta mantuvo en él una columna titulada "Por la misma calle".

Su mirada sobre la ciudad, que desembocaría por ejemplo en su obra Caracas física y espiritual, preserva a modo de instantáneas las costumbres caraqueñas, las que fueron y las que perviven en el tiempo y, por supuesto, aquellas asociadas a la Navidad.  "Sólo la hallaca en su cartuje verde, permanece y sobrevive, como un cofre submarino que alojara, a prueba de piratas, la personalidad nacional" dijera el intelectual, nuestro más típico manjar decembrino.

Desde hace varios años me he decantado por su Retablillo de Navidad para desear felicidad en estas fechas. Sus versos, también sencillos, nos desvelan la sencilla humanidad de una humilde pareja que, en  el trance de la proximidad del parto, busca un lugar para cobijarse, una pareja con la que cualquiera de nosotros podría sentirse identificado: Él le dice "esposa mía/ ten calma, vamos a ver.../nos abrirán al saber/
que te encuentras en estado/ y un lecho busca prestado/ tu Niño para nacer".


En el ámbito de la fe, la búsqueda de posada alude al corazón del creyente, en el que ha de alojarse la Palabra de la misma forma que la semilla que cae en terreno fértil según la parábola del sembrador. En un contexto desprovisto de connotaciones religiosas, este episodio, histórico o poético, sigue siendo un llamado a la solidaridad,  y la narración de un niño que, naciendo en el más humilde de los establos se proyecta como una esperanza, sigue siendo una invitación a recordar que hay otras personas que, teniendo las mismas necesidades materiales y emocionales que nosotros, no siempre encuentran la manera de satisfacerlas.

Quizá esta experiencia anualmente renovada de la Navidad  debería estimularnos simplemente a comprometernos en la construcción de una sociedad más justa, no sólo en un estadio social o político, sino en nuestra cotidianidad inmediata, en lo más próximo: en el prójimo; a velar porque no carezcan de apoyo, de respeto, de atención.  Porque a veces lo que falta, son las cosas más sencillas

Mientras pueda pensar

El Universal,  13 de noviembre de 2012  



A mediados de los años 80 fui testigo de cómo cierta escuela, sita en el barrio La Silsa, emergía como modelo de integración entre los diversos componentes de la comunidad. Su verdadera función trascendía el ámbito escolar: si por una parte de lunes a viernes operaba como un centro de Educación Básica, por otra sus instalaciones acogían un sinnúmero de actividades a partir de la hora de salida. Se perfilaba como un auténtico centro de encuentros para los vecinos del área, involucrados en los procesos de mantenimiento y planificación de la Escuela, al tiempo que la Escuela promovía acciones destinadas a transformar el medio en que estaba inmersa.

De manera espontánea comenzaron a gestionarse en sus espacios algunas de las necesidades del barrio. Se detectó, por ejemplo, a través de las estadísticas del Hospital Pediátrico Elías Toro, que las causas de morbi-mortalidad infantil de la zona se relacionaban con unas deficientes condiciones de salubridad, por lo cual se programaron acciones educativas tendientes a divulgar las necesarias medidas higiénicas que prevendrían la aparición de gastroenteritis agudas. Del mismo modo, se emprendieron iniciativas para sanear el entorno.

En aquel entonces, el Instituto Radiofónico Fe y Alegría adelantaba varios programas de educación a distancia. La Escuela prestaba sus instalaciones para que los sábados pudieran realizarse las actividades presenciales que esos programas requerían. Así pues, muchos adultos coincidían ese día en el centro educativo, ocasión que se aprovechaba para dialogar con ellos, solicitar su colaboración en diversas iniciativas, explorar sus necesidades, solicitar su concurso en el diseño de soluciones y transmitir información.

Quienes motorizaban estos procesos provenían del propio barrio. Se trataba de personas que podían ser identificadas con facilidad por sus vecinos, sensibilizadas con las carencias del entorno y conocedoras de la realidad social del mismo. Todos habían logrado hacerse con una formación superior, que ponían al servicio de su comunidad de manera gratuita y voluntaria.

A su vez, los vecinos ponían sus habilidades y conocimientos al servicio de la escuela, ofreciendo cursos o participando en labores de mantenimiento. Todo lo que podía ofrecer el barrio como experiencia de aprendizaje quedaba a disposición de los niños, desde el taller del zapatero para que comprobaran cómo se efectuaban las reparaciones del calzado, hasta los parques y mercados en los que, de manera informal y asistemática, confluían infinidad de conocimientos, haciendo realidad el principio de Ciudad Educativa descrito en el Aprender a Ser de Faure.

Este modelo de integración vecinal no se subordinaba a ningún proyecto político en particular, y su único propósito era mejorar la calidad de vida de los habitantes de La Silsa. Sus vinculaciones con Fe y Alegría hubieran podido relacionarlo, si acaso, con la Doctrina Social de la Iglesia, pero su carácter era marcadamente laico. El rasgo verdaderamente distintivo del proyecto era la gestión vecinal, por oposición a  la dependencia de un Estado paternalista.

Esta encomiable fusión de recursos y talentos no parece estar tan lejos de los conceptos de Asamblea Escolar, Comunidad Educativa y Proyecto Educativo Integral Comunitario. Lo que habría que garantizar es que en los centros se promueva la conciencia crítica, la capacidad de contemplar objetivamente el contexto y el ser agente de transformación desde la pluralidad.

Mientras se siga estimulando la creatividad y la capacidad crítica, iremos por buen camino; mientras los proyectos se gesten desde las entrañas del centro educativo, habrá progreso. Pero empezaremos a perder la libertad en el instante preciso en que las escuelas se vean reducidas a meros centros de adoctrinamiento; cuando dejemos de ser plurales y pensemos todos al unísono, con las mismas palabras y en los mismos colores; cuando quedemos, en fin, adheridos ciegamente a medias verdades, y cuando, en hora mala, se castigue el pensar.


¿Me iría demasiado?

El Universal, Caracas, 9 de octubre de 2012


La afluencia a las urnas ha sido contundente, dentro y fuera de Venezuela.

Hace unos meses el cortometraje Caracas: ciudad de despedidas pretendía desplegar,  a partir de una reunión de jóvenes que se encontraban  para decir adiós a un amigo, las razones por las que  una persona podría  marcharse o no del país.

Criticado por la superficialidad de los argumentos que  planteaba y por el lenguaje empleado -del  cual  la  expresión "me iría demasiado"  resultaría el epítome-   tiene en su haber, sin embargo,  algún mérito.  Inspira  respeto que un grupo de jóvenes,  con una visión  que puede ser  más o menos acertada, se detenga  a reflexionar sobre la realidad que les circunda, en lugar de permanecer mansos e indiferentes  como borregos.  Su interpretación podría estar  sesgada por  el estrato socio-económico al que pertenecen pero, al margen de su particular lectura,  el corto da cuenta de un fenómeno innegable: la emigración.  El acento, sin embargo, no recae  en el aspecto más doloroso de ese fenómeno: muchos de los que se marcharon se fueron porque tuvieron que irse.

Seguramente  fueron esos  los primeros en apresurarse a votar este domingo  en la esperanza de que un viraje en el curso  de la política nacional facilitara su regreso al país.  El Registro  Electoral Definitivo contemplaba  100.495 electores residentes en el extranjero, que ejercerían su derecho al sufragio en  las 304 mesas electorales habilitadas para ello alrededor del mundo.  Aunque muchos no se plantean regresar, por diversas razones, continúan igualmente vinculados al curso que toman los acontecimientos en Venezuela.

En España, se establecieron  cinco centros electorales: Madrid, Barcelona, Bilbao, Vigo y Tenerife, en los que habrían de votar  20.310 venezolanos de los  130 mil residentes en ese país.  En la semana previa a las elecciones, el evento  Madrid Vota Seguro les convocaba  sufragar, cualquiera que fuera su opción política: sesenta venezolanos eminentes unieron sus fuerzas para  emitir  un mensaje claro: aunque estemos lejos, nos sigue importando  nuestro país.

Elvia Sánchez , extraordinaria cantante e hija de Alfredo Sadel,  icono de la música venezolana,  fue quien quizás expresó mejor la emoción de tantos  cuando  dejó claro que estar lejos no significaba ser apátrida.

Hay muchos que permanecen lejos de Venezuela porque no han tenido más remedio,  porque los caminos que han elegido imponen  la opción de marcharse; pero la distancia física no implica que se mantengan ajenos al bienestar  del país.

Los resultados de estos comicios  deberían dar que pensar. Más allá del respeto que merece en democracia la voz de la mayoría,  el Comandante Chávez debería efectuar una cuidadosa lectura, en la que junto al  apoyo de que ha sido objeto,  reconociera el descontento de la casi mitad de los venezolanos. Como dijera él en su día: el que tenga ojos, que vea.

Ese descontento, sin embargo, no puede traducirse en dejar el barco a la deriva. Marcharse no puede ser un objetivo,  sin duda. La meta debe ser permanecer unidos en el amor por nuestro país, luchando porque todos los venezolanos puedan estar a gusto en su Patria, sintiéndose realizados en la construcción del bienestar común.

Antes de pensar en  irse, deberían mirarse en el espejo de los cientos y cientos de personas que se movilizaron este domingo para ir a depositar su voto en el extranjero  y le han dicho al mundo, con ello,  que se sienten partícipes de lo que acontece en su país, que están orgullosos de su gentilicio, que les importa lo que suceda con su gente y que desde donde estén, se sienten dispuestos a ofrecer  a Venezuela lo mejor que esté a su alcance. Porque muchos,  si pudieran, regresarían demasiado.

martes, 1 de enero de 2013

Manuel Castillo: ¿Empresario de Moda?

El Universal, 1 de enero de 2013


Si es que debí habérmelo imaginado. Desde que vi el corte impecable de su ropa debí  haberlo supuesto.  Pero la actitud cortés  y discreta de este personaje me remitía más a la imagen de un empresario joven que a la de un creador de prestigio.

A mi lado, Manuel Castillo comunicaba  a un amigo común su férrea disposición de no permanecer "en la oficina" más allá de las nueve de la noche. Su comentario refrendaba mi impresión de estar al lado de un ejecutivo en grave riesgo de pasar a ser trabajólico.

"Yo hago trajes de novia" se limitó a decirme con modestia cuando le pregunté en qué ramo trabajaba. No me dijo, por ejemplo, que había estado vinculado a la casa Armani. Tampoco me comentó que su atelier está ubicado en la calle Ayala, en las inmediaciones de la mítica "milla de oro" madrileña, donde se encuentran las tiendas de los grandes diseñadores internacionales. Omitió, asimismo, mencionar que cada uno de los atuendos nupciales que él "hacía" era una pieza única elaborada por encargo y tras un cuidadoso estudio de los rasgos y la personalidad de la novia. Los aires de grandeza, la convicción de haber llegado a la meta y el endiosamiento estaban del todo ausentes en el discurso de mi acompañante.

Me habló, eso sí, del reto que había supuesto sobreponerse al miedo y dar el paso de lanzarse por su cuenta. También me explicó lo riesgoso de jugárselo todo a una sola carta al trabajar el año completo en la preparación de un único desfile, mientras la mayoría de las casas de moda presentan al menos dos colecciones al año, una de primavera-verano y otra de otoño invierno. Me habló, en fin, de sus desvelos para sacar adelante su taller en los primeros tiempos, como un emprendedor cualquiera.

Con una exvida vinculada al mundo del arte, cuesta no sucumbir a  la tentación de incursionar en el análisis de sus líneas, de sus volúmenes, de sus colores. Sin embargo, a primeros de año, en ese momento en que las personas tienden a hacer balance y a tomar decisiones en consecuencia, Manuel Castillo, como persona, se me antoja tan infinitamente interesante como sus propias creaciones.

Manuel es un empresario de moda en dos sentidos: si  por una parte lleva adelante una empresa vinculada con el mundo de la moda, por otra él mismo está de moda, habiéndose convertido en el diseñador cuyas creaciones desearían vestir muchas mujeres para casarse, y popularizándose al extremo de que su participación haya sido requerida en programas de televisión como "Cambio Radical".

Pese a ser esencialmente un artista, la naturaleza del proceso que conduce a la elaboración de sus creaciones requiere una infraestructura que facilite tanto la interacción con los clientes como la confección de cada prenda con una excelente calidad. Así pues, lo creativo descansa sobre elementos más prosaicos que, no obstante, son los que posibilitan que cada traje vea la luz con éxito. Manuel es consciente de la importancia de esa infraestructura y no descuida ni un momento estos aspectos menos sublimes, pero igualmente relevantes.

Rasgo a destacar en esta historia: ante todo, lo positivo de arriesgarse a cambiar. Independientemente  de si se alcanzan o no los objetivos, cualquier acción no rutinaria produce un aprendizaje que debería ser valorado en sí mismo como un logro. Si, además, no estamos conformes con el estado de cosas, existen dos simples opciones: o nos adaptamos resignadamente, o nos damos la oportunidad de generar una situación diferente en la que nos sintamos más a gusto.

Perseguir una meta requiere  grandes dosis de esfuerzo pero, si hay  motivación,  resulta placentero el progresivo acercamiento a nuestro objetivo.

Me confieso en deuda con Manuel Castillo, cuya energía ha desembocado en un sistema que gravita en torno a lo bello. Pero, sobre todo, le agradezco su ejemplo lleno de valor para arriesgar, de  humildad para aprender y de sensibilidad para crear.

jueves, 4 de octubre de 2012

Florentius


Con buen pie ha irrumpido en el panorama literario español la novela Florentius, del  escritor Fernando Lallana. Avalada por una meticulosa labor documental, la  opera prima de este intelectual, madrileño de nacimiento aunque afincado en Toledo desde hace años,  narra la particular odisea por la que atravesaría el holandés  Florentius Merkel como parte de la comitiva que a lo largo de  siete meses acompàñaría a  Felipe el Hermoso y Juana la loca desde Bruselas hasta Asturias, en donde habrían  de jurar como príncipes ante las  Cortes. 

La obra, profusa en imágenes sensoriales de todo tipo, sitúa al lector de manera vívida en las circunstancias que se describen. La prolija  enumeración  de los pormenores arquitectónicos, de los sonidos, de los aromas, así como la hábil construcción psicológica de los personajes, confieren a Florentius el poder de trasladar a  la época a quienes se asoman a sus páginas.

 Bellamente escrita, Florentius resulta encomiable en un doble registro: si por una parte la historia  fluye despertando interés y sorprendiendo a veces por la forma inesperada en que se resuelven los nudos, por otra es digna de admiración debido a  la esmerada labor de documentación en que está sustentada.

Fernando Lallana
El recorrido de la caravana a través de media Europa desvela la ruda cotidianidad de las travesías en la época, así como las prácticas comunes entre la realeza y el propio vulgo. Las vicisitudes del camino, las inclemencias del tiempo, los festejos propios de cada región y la forma de hacer frente a las diferentes circunstancias dan marco a la trama en la que el protagonista asume el reto de mantenerse fiel a sus convicciones a pesar de vislumbrar los peligros a los que se expone.

 A través de Florentius se despliega el abanico de las  inquietudes que bullían en la época: el cuestionamiento del enfoque religioso que había prevalecido durante la Edad Media; la simonía; la hipócrita observancia de preceptos  y  las oscuras componendas a que se recurría para hacerse con el poder político o económico… Lallana desnuda las motivaciones subyacentes en muchos de los eventos que marcaron la historia y describe un panorama que necesariamente habría de desembocar en la Reforma. Pero, al mismo tiempo, atempera esta sórdida atmósfera despertando otras emociones: la ternura, la amistad y  la capacidad de disfrutar de los pequeños eventos cotidianos, que  estarán presentes a lo largo de todo el trayecto, mientras se van deslizando de manera casi inadvertida los nombres de quienes signaron el periodo, recogidos en la escrupulosa lectura de las crónicas de la época.

Traición, enigmas. escarceos amorosos, y algún  episodio hilarante son los ingredientes que sazonan esta novela de lectura imprescindible que acusa la voluntad del autor de  ser fiel a la época y revela su interés en el pensamiento humanista.

lunes, 1 de octubre de 2012

Y con el mazo dando.


El Universal, Caracas, 2 de octubre de 2012


Ya en vísperas de la contienda electoral en Venezuela, vale la pena detenerse a apuntar ciertas reflexiones. Más allá de los méritos que pueda tener uno u otro candidato, más allá de sus posibles imperfecciones, cabría referirse al sistema y al papel que toca jugar a los ciudadanos a la hora de decidir cuál es el curso que han de tomar los acontecimientos.

Debería valorarse que la posibilidad de votar es un privilegio: todavía hay muchas personas en el mundo que no disfrutan de esa opción.

Pueden cuestionarse a la democracia ciertas debilidades, empezando por la dudosa representatividad, tanto numérica como ideológica, de quienes pretenden erigirse en portavoces de un colectivo. Pero es innegable que entraña una manera de expresarse, de manifestar nuestro acuerdo o nuestra disconformidad con el estado de cosas, y que ofrece la posibilidad de imprimir un viraje a la marcha de los acontecimientos.
No es lícito lamentarse si, en paralelo, no se utilizan los mecanismos disponibles para transformar la realidad. No es posible permanecer en la contemplación pasiva de los hechos, como si nos fueran ajenos, cuando disponemos de herramientas para determinar el cauce por el que va a fluir nuestro futuro.

Asumir el rol de espectador supone ser cómplice de quienes inclinan la balanza en un sentido que no nos parece correcto, y es tanto como negar nuestro apoyo a quienes podrían defender las posiciones con las que concordamos.

Será que yo nací en el año 62, y me eduqué en la IV República, esa misma que engendró esta república nueva, tan corrupta y tan renqueante como la anterior. Pero tal vez entonces todavía estaba fresca la sangre de los héroes, y cercano el recuerdo de los horrores cometidos en la Seguridad Nacional, unos horrores tal vez no tan lejanos a ciertas prácticas que se rumorea son comunes en nuestro sistema penitenciario. Entonces, todavía recordábamos el precio que hubo que pagar por esta desmedrada y vilipendiada democracia. No tendría sentido el sacrificio de aquellos que se inmolaron para que pudiéramos expresarnos, si no somos capaces de esgrimir en el acto del sufragio el arma que nos legaron.

Muchas cosas podrían decirse acerca de las posibilidades pedagógicas que encierran estas elecciones. Podrían discutirse los modelos de Estado, las estructuras ideológicas que subyacen detrás de las propuestas de cada candidato, la elaboración de planes y programas, las formas de participación ciudadana. Pero seguro que nada será tan útil y eficaz como el ejemplo de un posicionamiento responsable, de un compromiso que se hace efectivo a través del voto.

Decía Voltaire: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero con gusto entregaría mi vida para que usted pudiera decirlo”. Ese es el mensaje: no importa lo que usted quiera decir, pero dígalo. Dígalo en las urnas este 7 de octubre.  Cuando usted se manifiesta a favor de uno u otro candidato, está expresando su opinión acerca de la realidad que le circunda, y está influyendo en la manera en que a partir de las elecciones van a conducirse las cosas.

Usted tiene la posibilidad de imprimir un golpe de timón al presente. Su calidad de vida se verá significativamente condicionada por los resultados de estos comicios, así que no se abstenga: participe, manifiéstese, involúcrese. Hay una dosis de poder en sus manos: úsela. Porque hay que poner los medios; hay que propiciar que ocurran las cosas que queremos que ocurran, sin obviar la cuota de responsabilidad de la que estamos investidos en conciencia: a Dios rogando, y con el mazo dando.