martes, 25 de febrero de 2014

Cuatro Loquitos

El Universal, 25 de febrero de 2014

A la nostalgia habitual de cada día, se suma el gentilicio exacerbado, la conciencia de que somos de ella, más aún, de que somos ella, Venezuela, mientras reconocemos en cada imagen los lugares en los que transcurrió nuestra vida, por los que deambulamos a diario en otro tiempo.

El primer gesto en la mañana es tender la mano hacia el celular con la ansiedad de saber qué ha pasado en las últimas horas: el desfase horario ocasiona que durmamos, si es que logramos conciliar el sueño, cuando en Caracas apenas comienza a ponerse el sol.

En España, los venezolanos hemos seguido fanáticamente lo que sucede en Venezuela. Si a primera vista pudiera parecer que disfrutamos de una posición privilegiada al encontrarnos, en cierto modo, “protegidos”, por otra no nos sentimos en absoluto ajenos a la situación.

Cuando ya los disturbios se han prolongado por más de dos semanas, pareciera que, finalmente, la opinión internacional comienza a entrever que no se trata de una explosión aislada con visos catárticos, sino del clamor de un contigente importante, númericamente hablando, que demanda un viraje el curso de las políticas que se están implementando en la nación. No se trata de cuatro loquitos.

En proporción a lo que está sucediendo, poca es la cobertura que se ha brindado al tema venezolano en
Europa, quizá debido a la preocupación por otro trastorno más cercano y limítrofe con la Unión Europea: el de Ucrania.

La mayor parte de las voces que se han levantado, lo han hecho para manifestar su extrañeza frente al silencio que muchos sectores mantienen de cara a lo que se está viviendo en Venezuela. Pero, en paralelo, asistimos a la llamativa interacción que se ha producido entre el ciudadano de a pie y los medios de comunicación. Es interesante observar cómo entran en juego internet y las redes sociales como recurso para transmitir información

Héctor Schamis señalaba, en un artículo del diario El País titulado “De Tiananmen a Mérida”, cómo hoy en día no importa si un medio es censurado o no, puesto que un teléfono inteligente le da a cualquier ciudadano la posibilidad de divulgar u contenido, conviertiéndolo, virtualmente, en un periodista anónimo. Esto, si por una parte ha supuesto la posibilidad convocar o de intercambiar imágenes actualizadas, por otra ha dificultado la posibilidad de discriminar cuáles fuentes son confiables y cuáles no, y conduce a que en oportunidades se difunda, a veces con la mejor intención y con desconocimiento de lo que se está haciendo, información inexacta o errónea. Queda entonces en pie de duda, no la credibilidad de la información puntual, sino lacredibilidad del grupo cuya posición se pretende defender, que termina acusado de tendencioso, manipulador o falso.

Cierto medio oficialista se dio a la tarea de publicar, con la fecha y el lugar de origen correspondiente, imágenes que circulaban en las redes y que se suponía reflejaban la situación vigente en Venezuela: las fotografías provenían de lugares tan distantes como Grecia, España o Chile, y dejaba muy mal parados a quienes las estaban haciendo circular.

En cuanto a esto, un llamado a la cautela, a fin de salvaguardar la seriedad de nuestra posición cualquiera que sea, tanto en el sentido de prestar atención a rumores no verificados, como en el sentido de hacerlos circular.

En días pasados, Marco Ruiz, secretario general del Sindicato Nacional de los Trabajadores de la Prensa, alertaba en cuanto al trato que estaban recibiendo los comunicadores sociales. Es importante destacar que, más allá del contenido de las protestas, es necesario salvaguardar la libertad de expresión, tanto a nivel mediático, como a nivel individual y colectivo: se trata de un derecho inalienable.

Valdrá la pena recordar aquí la célebre cita de Voltaire: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero me pelearía para que usted pudiera decirlo”.

martes, 18 de febrero de 2014

El asombro de Beatriz Villacañas



El Universal, 18 de febrero de 2014

En los tiempos que corren, resulta muy gratificante que algunos sigan siendo capaces de desentrañar la belleza que existe en cuanto nos rodea y nos presten sus ojos para contemplarla. Tal es el caso de Beatriz Villacañas, la escritora española que presentara hace unos días en Madrid su poemario “Testigos del asombro”.


Villacañas es una autora cuya sensibilidad, en lugar de verse coartada por aspectos intelectuales, se ve alimentada por ellos. Baste aducir en prueba de su formación y competencia el hecho de que es profesora en la Universidad Complutense de Madrid, en donde recibió el título de Doctora en Filología Inglesa, y que es Miembro Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.


Es también uno de esos casos en los que un apellido célebre, ni se utiliza para medrar injustificadamente, ni se esconde como si comprometiera la propia honestidad profesional. Beatriz es hija del poeta Juan Antonio Villacañas, y lejos de procurar deslindarse de la obra de su padre, se ha convertido en uno de sus estudiosos más concienzudos, llegando inclusive a traducirla al inglés.


Avalada por diversos reconocimientos, que incluyen el Premio Internacional Ciudad de Toledo en 1995 y el Premio Primera Bienal Internacional Eugenio de Nora en 2000, la producción de la escritora incluye artículos, ensayos, cuentos y seis poemarios precedentes: “Jazz”, “Allegra Byron”, “El Silencio está lleno de nombres”, “Dublín”, “El Ángel y la Física” y “La gravedad y la manzana”, que fuera propuesto en España para el Premio Nacional de Poesía 2012.

Los críticos no han podido pasar por alto lo que concierne a la métrica en su obra. Había explorado la lira, como modo de homenajear a su padre. Ya en 2006 Ángel de las Navas Pagán, en relación a “El ángel y la física”, había calificado sus versos como “breves, concisos, penetrantes”. La pluma de la autora evolucionaba, a todas luces, hacia un estilo que habría de desembocar en el haiku, la forma que revisten sus más recientes poemas.


El haiku es una de las modalidades de la poesía japonesa tradicional, caracterizada por medirse en moras en lugar de sílabas, y por traducir el asombro que experimenta el poeta en la contemplación de la naturaleza. Al respecto, Beatriz señalaría: “…refleja, en lo humilde de su brevedad, lo inabarcable de aquello que lo produce”.


“La llama entre los cerezos”, un libro de Juan Antonio Villacañas, escrito a propósito de los Juegos Olímpicos celebrados en Tokio en 1965, y uno de cuyos poemas habría de llevarle a obtener Premio Nacional de Literatura de Tema Deportivo en España, encendió la inspiración que habría de dar a luz “Testigos del asombro”, que comprende 130 haikus, uno solo de los cuales hace referencia al mundo japonés.


Cabe reconocer el mérito que supone, con una trayectoria consolidada y consagrada por los diversos premios que le han sido conferidos, el atreverse a seguir investigando, a innovar, a aventurarse por sendas inexploradas, a riesgo de enfrentarse a otras dificultades por vencer. Como quiera que sea, “Testigos del asombro” compendia los rasgos que signan la poesía de Beatriz Villacañas: la atención puesta en la forma de construir la estrofa; la poesía de Villacañas padre como fuente de inspiración y referente; la respetuosa contemplación del universo, la sensibilidad hacia la belleza contenida en el medio circundante y la inquietud hacia lo trascendente, evidente cuando la escritora señala: “Yo canto lo asombroso, donde caben, naturalmente, el miedo y el dolor, que, a su vez, no dejan de asombrarme y siembran en mí inquietudes irresolubles”.


Enhorabuena a Pablo Méndez y a Editorial Vitrubio por este nuevo libro, que viene a sumarse a otras obras de remarcable calidad que ha venido publicando últimamente.

martes, 11 de febrero de 2014

Arte y reciclaje: José Pepe Reimúndez

El Universal, 11 de febrero de 2014

Cuando el artista francés Marcel Duchamp presentó en 1917 un urinario de porcelana blanca como si fuera una obra de arte, estaba al mismo tiempo sentando las bases para el desarrollo del arte conceptual, presentando el primer readymade de su carrera y poniendo por obra lo que sería uno de los rasgos preponderantes del movimiento dadaísta: el introducir objetos utilitarios en el mundo de la creación artística.

Ese mismo año, Francis Picabia y Henri-Pierre Roche, editores de las revistas “391” y “The Blind Man” respectivamente, decidirían, mediante una partida de ajedrez, cuál de las dos publicaciones habría de seguir imprimiéndose. Roche perdió y en consecuencia desapareció “The Blind Man”, de la que apenas habían visto la luz dos números. El segundo de ellos, no obstante, pasaría a la historia por contener un apologético editorial acerca de la mencionada “Fontana” (el urinario de Duchamp). La revista explicaba cómo el hecho de que el señor Mutt (pseudónimo escogido por Duchamp) no hubiera elaborado la obra con sus propias manos carecía de importancia: lo relevante era el hecho de haber seleccionado un objeto de la vida cotidiana y haberle atribuido un nuevo significado al re-bautizarlo.

La “·Fontana”, considerada como una de las obras más influyentes en el desarrollo de las artes durante el siglo XX no es, sin embargo, más que un ejemplo de lo que se haría cada vez con más frecuencia: emplear elementos de la vida cotidiana en el proceso creativo.

Una de las técnicas empleadas para hacerlo era el “ensamblaje”, mediante el que se juntan diversos objetos no artísticos para generar una pieza tridimensional, lo que, de paso, constituiría una revolución en el concepto de la escultura, que hasta entonces había concebido la obra como el resultado de la talla o el modelado.

La “Guitarra”, de Pablo Picasso (1913), hecha con cartón, papel, cuerda y alambre pintados, suele considerarse el primer ejemplo de ensamblaje conocido, pero muchos otros artistas entre los que destacan Joseph Beuys, Bruce Conner, Edward Kienholz, Louise Nevelson, Robert Rauschenberg y John Chamberlain, adoptarían este procedimiento más tarde.

La idea de utilizar elementos que han sido desechados resulta particularmente interesante en una época en la que cobra preponderancia el concepto de reciclaje como estrategia para reducir, tanto el consumo de nueva materia prima, como la contaminación ocasionada por la basura. Y es signada por estos dos principios que surge la producción de José “Pepe” Reimúndez, quien elabora sus obras a partir de desechos de hierro ensamblados con soldadura eléctrica, recubriéndolas después con una capa final de acrílico transparente, de modo que pueda percibirse cuáles son los elementos que la conforman.

Se produce así una resemantización de las piezas que utiliza, en las que una tenaza se transforma en el pico de una garza, o un engranaje en pez. Y así van integrándose los elementos metálicos en figuras fácilmente identificables, dotadas de movimiento y poesía a pesar del origen rígido y utilitario de sus partes.

Reimúndez terminó el bachillerato en 1982, y a partir de ese momento realizó diferentes cursos en el INCE. Siempre le había interesado el trabajo manual, y de niño había elaborado él mismo muchos juguetes. Optó pues por explorar en el área de la electricidad y la serigrafía, pero donde se encontró más a gusto fue en el campo de la herrería, en el que siguió profundizando. Trabajó como empleado de una herrería, experiencia que le otorgaría mayor destreza técnica, y fundó su propia empresa, al tiempo que se desempeñaba él mismo como instructor. Fue entonces cuando comenzó a realizar ensamblajes a partir los desechos mecánicos que iba recogiendo. En el último año ha elaborado 62 obras, muchas de las cuales se exhibieron recientemente en la Casa de la Cultura de La Asunción.


A Reimúndez, además, lo apasiona la idea de que otros puedan disfrutar del proceso creativo que a él le ha reportado tantas satisfacciones. Pero, sobre todo, lo entusiasma la idea de que descubran las posibilidades que encierra cada objeto desechado. Así, se ocupa en dictar talleres de reciclaje para niños y ha sido invitado a dictar conferencias en la Universidad de Oriente.


Si bien debe reconocerse el talento de este margariteño, cuya sensibilidad le permite desentrañar nuevos significados en cada elemento metálico, resulta todavía más respetable su conciencia ecológica y su deseo de compartir su conocimiento y su técnica, descubriendo a la comunidad la posibilidad de otorgar una segunda oportunidad, una segunda vida, a objetos que ya han cumplido su función dentro de la esfera de lo utilitario.


martes, 28 de enero de 2014

La bonhomía de Pascual Venegas Filardo

El Universal, 28 de enero de 2014

El balcón de la casa, de claras reminiscencias coloniales, se orientaba hacia la Avenida Las Lauras, en San Rafael de La Florida. Sus puertas, que normalmente permanecían clausuradas, se veían a veces semi-entornadas: suponía yo entonces alguna actividad en el recinto que se extendía detrás de ellas, e imaginaba fresco el interior por contraste con la canícula caraqueña.

Recuerdo haberme sentido impresionada la primera vez que pude acceder a aquel lugar. Las paredes de la habitación se encontraban literalmente cubiertas, de suelo a techo, por la extensa biblioteca de Pascual Venegas Filardo, y una escalera permitía acceder a los volúmenes situados en las estanterías más altas mediante una especie de deambulatorio que recorría el perímetro de la habitación, creando una suerte de segundo piso. Ignoro a qué sistema de clasificación recurría don Pascual, pero doy fe de que podía localizar en un instante y sin dificultad cualquier libro al que hiciera referencia.

Con el transcurso del tiempo ha llegado a asombrarme cómo pude haber tenido la desfachatez de requerir la atención de este hombre, cuya huella hoy en día percibo como decisiva en el devenir de las letras venezolanas.

Yo tendría dieciséis años cuando, por razones que no atino a recordar, andaba involucrada en la redacción de un ensayo a propósito de los puertos nacionales. Consultada otra de mis víctimas, Gastón París del Gallego, tras darme algunas orientaciones me conminó:

-¡Pero chica! Tú con quien tienes que hablar es con tu vecino, Pascual Venegas.

Y sí, lo confieso: tuve la osadía de pedir que me recibiera, por intermedio de la bondadosa señora Elba, su esposa. Debo aducir en mi descargo que ignoraba yo en aquel entonces la envergadura del personaje que estaba pidiendo que me recibiese. Sabía, eso sí, que se trataba de un respetable intelectual. Pero para mí era el vecino, el señor amable y siempre cortés con quien coincidía casi diariamente en la acera, y era, sobre todo, el papá de las “morochas” y de la preciosa Alicia, las más próximas a mí de sus hijos, en razón de la edad.

Hoy en día considero un privilegio haber tenido acceso a aquel recinto en el que se gestaban tantas ideas y en donde se escribía la columna “¿Ha leído usted?” entre otros textos maravillosos. La única experiencia parecida que puedo evocar es haber visitado el taller del maestro Rufino Tamayo en su casa de Ciudad de México, conservado por su viuda tal y como había estado cuando el maestro pintaba sus lienzos.

Se trataba , sin embargo, de un privilegio compartido, porque si algo caracterizaba a don Pascual era su accesibilidad, y su lugar de trabajo se encontraba permanentemente abierto para sus estudiantes, aun para quienes, como yo, no podíamos dar la talla como interlocutores. Probaba esta actitud su permanente curiosidad por cuanto le rodeaba, sutalante generoso y su carácter empático y cordial, a pesar de que recuerdo la mesura como uno de los rasgos preponderantes de su personalidad.

Don Pascual oyó mis planteamientos; conversó conmigo durante horas en aquel sancta sanctorum en que me concedió el honor de recibirme, y hasta me prestó alguno de sus libros. No sé qué fue de aquel texto sobre los puertos venezolanos para el que me brindó generosamente su ayuda, pero sí conservo en mí memoria, como referente, el modo de ser de este hombre, modelo de educador por vocación.

Mucho antes de leer “La niña del Japón” y "Canto al Río de mi infancia”; entre sus muchos poemarios; antes de conocer su trayectoria, que incluía el haber recibido en distintas oportunidades el Premio Nacional de Periodismo y el Premio Nacional de Literatura en 1983; antes de saber que había sido distinguido como Individuo de Número de la Real Academia Española de la Lengua, capítulo de Venezuela, e Individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas; mucho antes de beneficiarme con su dilatada experiencia como profesor universitario, ya la bonhomía de Pascual Venegas Filardo había dejado en mi alma su huella y la certeza de que a la inteligencia va vinculada la sencillez, y de que el interés auténtico por las personas y las cosas que nos rodean es el principio de que se nutren las mentes más brillantes

martes, 21 de enero de 2014

Por causa de Ana Frank

El Universal, 21 de enero de 2014

No sé si tendría nueve o diez años cuando leí por primera vez el “Diario de Ana Frank”. La narración que contiene este impresionante documento comienza el día del cumpleaños de Ana, cuando recibe el cuaderno en el que volcaría todas sus reflexiones, sus inquietudes y su visión sobre la persecución de que serían víctimas ella y su familia, reflejando la transformación que iría operándose en sus vidas a causa del antisemitismo.

Paulatinamente, la vida de Anna se ensombrece. La niña normal que va a la escuela y tiene amigas se convierte en una cautiva, cuyo principal entretenimiento consiste en referir cómo transcurre su vida en el zulo en el que dos familias judías, la suya y otra, permanecen escondidas.

La historia me sonaba especialmente verosímil. A escasos veinte años de la Segunda Guerra Mundial todavía estaban frescas las heridas en la mitad italiana de mi familia, sumida además en la ambivalencia de haber sido educada y haber vivido en tiempos del Duce, mientras empleaban sus posiciones para proteger a cuantos judíos tenían ocasión de esconder. Los cuerpos y las memorias de mi padre y sus hermanos estaban llenos de cicatrices que hacían del “Diario” algo más que una historia de ficción, escalofriantemente próxima.
Creo que fue a causa del libro por lo que comencé, pues, a aceptar, no sin cierta melancolía, la transitoriedad de las cosas de la vida. Los niños suelen percibir el entorno como estático e inmutable: descubrimos el mundo y nos embarga la impresión de que todo será siempre así, como lo hemos conocido, y vivimos en una realidad poblada por personajes y lugares que pensamos que siempre estarán allí, hasta que el tiempo se encarga de darnos la primera lección, cuando experimentamos la primera muerte o la primera mudanza. Por cierto que en este sentido resulta especialmente ilustrativa la novela de Miguel Delibes “El camino”.

Más allá de la nostalgia por esos tiempos pasados que fueron mejores; más allá de la melancolía que nos genera la certeza de saber que cada momento es irrepetible, y que debemos apurarlo hasta la última gota, hay varias lecciones que podríamos educir en positivo.

La primera de ellas apunta en el sentido de que no hay mal que cien años dure, como acota la sabiduría popular. La segunda nos urge, efectivamente, a sacar el máximo provecho de cada momento y a hacer de él algo enriquecedor y gratificante.

Venimos al mundo con una especie de “kit básico”, de “pack vital”: nacemos altos o bajos, en uno u otro sitio, ricos o pobres; más o menos ágiles; con una familia que puede o no invitarnos a crecer. Eso nos viene dado y poco podemos hacer para modificarlo. Pero, a más de lo inevitable, y más a partir de cierta edad, todos podemos incorporar otros “complementos” a nuestras vidas, haciendo de ella algo más feliz.
Somos responsables de poner en nuestro día a día experiencias y personas que nos nutran, que favorezcan nuestro desarrollo y, en ocasiones, somos responsables también por efectuar las correspondientes expulsiones en caso de que ciertas relaciones nos desgasten. Es inútil lamentarnos por lo que es inmodificable, pero, dentro de nuestro particular contexto, siempre podemos alcanzar un mayor grado de bienestar relacionado, según indican los especialistas, más con el “hacer” que con el “tener”: viajes, lecturas, estudios e interacciones pueden incorporar un importante grado de felicidad a nuestras vidas. Y, desde luego, es importante entrenarnos en identificar las cosas positivas presentes en nuestra vida y dar gracias por ellas

No hay mejor momento que el “ahora” para ponernos en pie y tomar acciones. Cada minuto pasa y es irrecuperable, y resulta urgente evitar la pereza y la natural tendencia a la procrastinación, porque la vida es un tren que no pasa dos veces por el mismo lugar. No sea cosa, que más adelante, lamentemos habernos perdido algún paisaje.

martes, 14 de enero de 2014

Spear: ¿La bolsa o la vida?

El Universal, 14 de enero de 2014

Luli Delgado
En un artículo publicado en este diario, hace ya más de un año, la periodista Luli Delgado explicaba que el número de personas asesinadas durante los últimos catorce años en Venezuela alcanzaría para colmar siete veces el Estadio Universitario, cuya capacidad se estima en unas veintidós mil almas. En su texto “Casi siete estadios de horror”, Delgado señalaba: “A cada una de esas 150.000 personas a quienes sin más les arrancaron de cuajo la vida, se agrega el dolor irreversible de sus padres, parejas, hijos, familias, amigos, compañeros de trabajo y por ahí sigue la lista. ¿Cuánto suma la cantidad de venezolanos que ha llorado mezclando tristeza con impotencia con impunidad? ¿Cuánto daría esa cuenta? ”

Parece que el asesinato de Mónica Spear ha venido a dar al traste con la poca paciencia que le quedaba a los venezolanos. El caso en verdad tiene aspectos escalofriantes, entre los que destaca el sufrimiento de una niña que, a más de estar herida, ha pasado por el horror de ver morir sus padres. Pero no deja de sorprender el revuelo que ha despertado el caso, quizá por tratarse de un personaje público, cuando en realidad éste es un episodio que se repite cotidianamente en nuestro país, una situación que viven, desde el más discreto anonimato, miles de familias venezolanas.

Se ha clamado por un escarmiento; se ha expuesto cómo la impunidad redunda en que se multipliquen los abusos y los crímenes; las autoridades se han movilizado rápidamente para aplacar la indignación popular, intentando localizar a los responsables de la muerte de la actriz. Sin embargo, si bien es cierto que es necesario poner coto a las barbaridades que se cometen cada vez más frecuentemente, es preciso plantarse qué es lo que subyace debajo de esa situación.

Hace algún tiempo, una amiga que reside en el extranjero pudo, después de cinco años, visitar a su familia en Venezuela. De manera inexplicable, en mitad de la noche, un grupo de hampones ingresó en la vivienda. Recorrieron las habitaciones despertando a quienes se encontraban en la casa y los condujeron al salón. Tras diversas discusiones, los rociaron con gasolina y se dispusieron a prenderles fuego. Por algún motivo, en el último momento decidieron dispararles.

Mi amiga regresó a España con dos balas todavía alojadas en su cuerpo. Tuvo más suerte que sus hermanos: uno de ellos resultó cuadrapléjico y murió meses más tarde; otra, falleció en el sitio, dejando una hija de dos años…

Pienso que todos extrañamos en nuestro entorno a alguien caído víctima de la violencia, un asunto que ha llevado a muchos a hacer las maletas, bien con miras a salvaguardar su integridad física, bien buscando poner tierra de por medio con algún evento doloroso que se procura olvidar.

La amiga que sobrevivió al suceso arriba referido, piensa que ha venido operándose un cambio en mentalidad del venezolano, que se desplaza desde una cultura del esfuerzo, de la búsqueda de la autorrealización y el éxito a través de la superación personal, hacia una cultura facilista, en la que se pretende obtener todo por la fuerza y sin ningún trabajo.

A mí, además, me sobrecogen los visos de sadismo que tiñen estas anécdotas. La cinematogáfica frase “la bolsa o la vida” plantea una dicotomía entre dos posibles actitudes: quien pasivamente se deja despojar, no habría de correr mayor peligro. Sólo quien opusiera resistencia se expondría a una violencia cuyo fin no sería otro que reducir a la víctima para privarla de sus pertenencias.

Sin embargo, resulta evidente que en nuestro país la violencia no se ejerce simplemente en pos de bienes materiales. Si así fuera: una vez perpetrado el robo los delincuentes se retirarían del lugar dejando en paz a sus víctimas. Pero no: hacen gala de una crueldad refinada que se complace en torturar psicológica y físicamente a los infortunados que caen en sus manos. El odio pareciera desbordarse en las iniquidades que se cometen contra cualquier ciudadano de a pie.

¿Qué hay detrás de todo eso? ¿Qué persigue quien asume este tipo de actitudes? Está claro que se trata de un problema educativo; de una conciencia no formada. Pero mucho me temo que el ingrediente fundamental de este comportamiento es el resentimiento, un resentimiento atroz y alimentado por privaciones y calamidades padecidas durante años, y que se han convertido en un peligroso caldo de cultivo en el que se han gestado estos males.

La impunidad, en efecto, favorece que se repitan una y otra vez este tipo de incidentes, pero, más allá de eso, es preciso neutralizar los factores que nutren ese resentimiento: es preciso reparar las heridas raigales; es preciso detener este engranaje macabro. De otro modo, no será posible poner fin a este tipo de situaciones. Y es preciso, desde luego, exigir responsabilidades a los encargados de velar por la seguridad de todos.

martes, 7 de enero de 2014

Lena Yau: de cocinas y letras

El Universal, 7 de enero de 2014

El Instituto Cervantes es un organismo público español creado el 21 de marzo de 1991. Aunque su nombre revela de manera inequívoca su vinculación con el campo de las letras, sus objetivos apuntan más allá: además de la promoción y enseñanza de la lengua española, el Instituto vela por la difusión de la cultura de España e Hispanoamérica.

En esa línea, fue publicada la obra “El sabor de la eñe”, un libro de cuyo lanzamiento se haría eco este diario, y cuyo contenido ha venido a resumirse como “59 términos culinarios, 59 referencias literarias, 59 recetas ”.

Cocinas y banquetes han configurado a través de la historia no sólo un marco en el que se encuadran episodios narrativos que dan cuenta de las preferencias y costumbres de las distintas épocas, sino que incluso ciertos manjares o su preparación se han erigido como auténticos protagonistas de algunas obras.

En “El sabor de la eñe” se recogen 59 recetas con las que preparar platos que figuran en algunas de las más reputadas novelas de escritores españoles o latinoamericanos. Cada receta va acompañada de un texto. Así, por ejemplo, se describe el modo de preparar el “tacacho con cecina” mencionado por Vargas Llosa, o la “alboronía” contenida en la literatura garciamarquiana. La condición fundamental es que el plato mencionado por el autor sea típico de su país

En el caso de Venezuela, se hace referencia, por ejemplo, a la hallaca, incorporando un texto anecdótico de Federico Vegas, contenido en su obra “Sumario”. Pero, además, entre los ingredientes venezolanos que sazonan este libro es preciso destacar la participación de la filóloga, periodista y escritora Lena Yau, quien ha trabajó no sólo en la investigación que llevaría a elaborar la lista de platos seleccionados para el libro con los correspondientes textos en que se citan, sino también en la asesoría literaria propiamente dicha.

Nacida en Caracas en 1968, Lena obtuvo en La Universidad Católica Andrés Bello, la Licenciatura en Letras. Más trade cursaría estudios de postgrado en los campos de la Comunicación Social y de la Filología Hispánica.

En 1999 se traslada a Madrid, desde donde colabora con artículos de opinión en la prensa de Estados Unidos y de Latinoamérica. También ha dictado conferencias sobre literatura digital en las sedes del Instituto Cervantes en Pekín, Shanghai y Madrid.


Lena Yau y Ferrén Adriá en "El Bulli"
Su blog “Mil Orillas”, que ha ocupado importantes posiciones según diferentes estudios, apareció en junio de 2006: “es un sitio que pensé para bosquejar textos y hacer ejercicios narrativos”, diría la escritora. Entre poemas y relatos, aparece también un personaje, Juan, un pintor signado por el sobrepeso.

Porque el investigar la relación entre la comida y la literatura ha sido una constante en la trayectoria de Lena Yau, quien explica este fenómeno como una síntesis de su interés en la gastronomía, en el hecho culinario como expresión cultural y su necesidad de escribir.

En la actualidad, Lena trabaja en una novela escrita a partir de “Mil orillas” al tiempo que prosigue su investigación para que nuevos volúmenes de “El sabor de la eñe” vean la luz.

Lena Yau es, sin duda, otra venezolana que destaca, esta vez en el campo de la literatura, dejando prueba del buen hacer y la capacidad de trabajo que pueden caracterizarnos.