martes, 26 de noviembre de 2013

Gente de…¿paz?

El Universal, 26 de noviembre de 2013

Enemiga de las frases hechas, de las panaceas, de las fórmulas adaptables a cualquier ocasión, reconozco sin embargo que hay citas que invitan a reflexionar, y que a veces compendian todo un mundo de ideas.

En algún lugar leí, no hace mucho tiempo, que la diferencia entre los que triunfan y los que fracasan está en que los primeros mantienen la mirada en sus objetivos, mientras que los otros la ponen en sus dudas y limitaciones. Me parece que esa afirmación entraña gran sabiduría: si tenemos claro lo que deseamos alcanzar, nuestros esfuerzos deben dirigirse a buscar los recursos y las estrategias que nos conduzcan al éxito a pesar de los pesares; a pesar de lo poco favorable del entorno; a pesar de quienes nos adversen directamente o, de quienes, simplemente, nos desalienten con su poca fe en la viabilidad de nuestros proyectos.

Resulta muy poco productivo llorar sobre la leche derramada. Sin embargo, resultaría también frívolo ignorar la realidad por la que atraviesa nuestro país en este momento en el que, más allá de ciertos hechos materiales que generan desazón, la incertidumbre se cierne sobre los venezolanos. Realmente parecen estar en duda cuáles son las reglas del juego, y cuál es el rol que le toca desempeñar a cada quien. Y en medio de este panorama, parece que todo vale.

Tradicionalmente las festividades decembrinas han estado signadas en nuestro país por la búsqueda del encuentro, tanto para quienes ven en ellas una connotación religiosa, como para quienes participan de las celebraciones al estilo laico. La bandera que al amanecer anunciaba a los propietarios de las casas zulianas la visita de los gaiteros que tendría lugar al final del día; las proverbiales Paraduras andinas; el Robo y búsqueda del Niño, y las parrandas, constituían ocasiones para dispensar una visita a diferentes hogares llevándoles alegría, al tiempo que los visitantes resultaban objeto de agasajo por parte de los dueños de casa.

-  Tun-tún
- ¿Quién es?
-  Gente de paz.

Uno de nuestros más emblemáticos aguinaldos describe, precisamente, esa situación: la confluencia entre los que están afuera y los que están adentro, cómplices en el acto de propiciar un encuentro jubiloso.
Cuán diferente parece esa hospitalidad, enseña del venezolano, de otros encuentros que han tenido lugar a últimas fechas, entre los de afuera y los de adentro… En una pretendida cruzada en contra de la especulación se ha asestado un golpe al comercio que terminará por redundar, necesariamente, en la escasez y en la pérdida de puestos de trabajo.

Este artículo bien pudiera haberse llamado “divide y vencerás”. Parece que se nos olvida que todos deseamos, o deberíamos desear, lo mismo: un país en el que se garantice el bienestar de todos. En ello deberíamos poner la mirada.

Resulta evidente la necesidad de poner freno a quienes se lucran en desmedro de sus compatriotas: se han concedido ciertos privilegios cambiarios a algunos sectores comerciales a fin de, precisamente, poder ofrecer a los ciudadanos ciertos artículos de importación a precios razonables. Abusar de esa condición privilegiada resulta inadmisible. Pero ello no ha sucedido en todos los casos, y lo que a primera vista pudiera parecer una medida positiva para la comunidad, a largo plazo puede revertir en el deterioro de sus condiciones de vida, mientras que, una vez más, se espolea el resentimiento y la animadversión entre unos y otros venezolanos.

La lección de la IV República es que no se puede construir sobre los precarios cimientos de la desigualdad y la injusticia social. Pero la opresión que se ejerció en su momento sobre los unos, ahora se ejerce de otra manera sobre los otros. Y resulta necesario desarrollar un modelo en el que no sea necesario oprimir a nadie, ni con fines legítimos, ni con propósitos demagógicos. La solución, entre otras cosas, pasa por no ser presa de la insidia. Quizá entonces, cuando tengamos un sistema capaz de subvenir a las necesidades de todos, se pueda volver a decir de nosotros como se dijo en otro tiempo: que somos gente de paz.


martes, 12 de noviembre de 2013

¿Arte o Vandalismo?

El Universal, 12 de noviembre de 2013

Hace apenas unos días ocasionó gran revuelo el rumor de que habían aparecido en Guacara, estado Carabobo, ciertos grafiti atribuidos a Banksy.

El artista ha venido desarrollando en América un conjunto de acciones, entre las que se cuenta la apertura de un tenderete en el que puso en venta sus obras a precios irrisorios, y una instalación móvil que denunciaba el maltrato al que son sometidos los animales que se trasladan al matadero.
Quienes tuvieron acceso al precario punto de venta de Banksy desperdiciaron la oportunidad de adquirir por unos cuantos dólares las obras escasas y prácticamente inaccesibles del artista británico de identidad incierta (se aventura que su nombre pudiera ser Robin Gunningham).

Ya en 2008 una obra estarcida en las inmediaciones del Centro Sambil de Caracas, que representaba a un
sujeto vomitando la producción periodística venezolana, había sido atribuida a Banksy, o al menos había servido para que se reconociera la influencia del artista en el país. También algunos grupos se habrían apropiado de sus imágenes utilizándolas para hacer propaganda política.

El asunto, que nuevamente pone en luz el punto de que la obra de arte tiene, a más de un valor intrínseco que depende de sus variables plásticas, un valor de mercado que le confiere el hecho de haber sido ejecutada por un autor más o menos cotizado, apunta también a uno de los rasgos más polémicos del grafiti: el intervenir en la propiedad privada. La obra, por valiosa que sea, no es elegida, sino impuesta. Yo, la verdad, me sentiría absolutamente afortunada y feliz si un artista con la calidad de Belin, el hiperrealista sevillano, dejara su impronta en mi fachada. Pero cada quien tiene derecho a identificarse o no con una particular estética.

El grafiti es polémico desde muchos puntos de vista. Hasta su grafía genera debate, y que quede claro: según ha aseverado Arturo Pérez Reverte en Twitter, en castellano se escribe “grafiti”, término que él introdujo personalmente en el diccionario de la RAE. Por cierto, que la última de sus novelas, “El francotirador paciente”, explora el mundo de los grafiteros.

BELIN
Lo que ya resulta indiscutible es que el grafiti es arte. Ahora bien: también es cierto que no toda representación hecha en un muro es un grafiti. Habría que distinguir entre lo que los españoles denominan “una pintada” (cualquier mensaje pintado a la carrera en un muro) y lo que es un auténtico grafiti: una obra plástica que emplea como soporte una pared o el mobiliario urbano. Se diferencia además, del mural, por su ejecución clandestina, que redunda en el impacto que genera la repentina aparición de la imagen, aprovechando la sorpresa para aumentar el poder de penetración del mensaje, generalmente denunciativo. La inesperada intervención capta la atención pública, así como lo hacen el flashmob o las intempestivas acciones de grupos como Greenpeace o Femen a mayor o menor escala.

Las dificultades que la obra debe vencer son parte de las razones que le confieren un valor añadido a sus cualidades plásticas: debe ser ejecutada en un breve lapso de tiempo, a hurtadillas, y cuanto más inaccesible y sorprendente sea el lugar más mérito tiene, aunque casi siempre termina siendo efímera, debido a las precarias condiciones de conservación que devienen de estar a la intemperie.

Normalmente su autor se mantiene en el anonimato, identificándose apenas a través de un pseudónimo. Las imágenes, más allá de cumplir una función meramente plástica, procuran divulgar algún mensaje con carga denunciativa.

Los Banksy, en concreto, se distinguen por conciliar imágenes en principio contrastantes, propugnando la vigencia de los valores inmanentes, aun en medio de las realidades más hostiles. Destaca así por su belleza la pareja de niños abrazados sobre un montón de basura armamentística, o el joven que se propone perpetrar un atentado mediante el lanzamiento de un ramillete de flores destinado a impactar en un contexto conflictivo.
La agilidad que requiere su ejecución, su temple contestatario y la manifestación de rebeldía que supone infringir una regla, ha llevado a que este arte se asocie normalmente a los jóvenes, a los adolescentes, explosiva combinación de idealismo e inconformismo capaz de quebrantar todas las normas y transformar el status quo.

De hecho, cierta campaña de los laboratorios Pfizer ponía de relieve, a través de un anuncio, esta dualidad,
cuando un joven emplea un grafiti, recurso poco convencional y hasta ilegal, para alcanzar una meta loable: brindar consuelo a una niña enferma. Ello plantea un sinfín de consideraciones morales: ¿el fin justifica los
medios?

En un mundo cargado de violencia e injusticia, yo seguiré admirando esta suerte de terrorismo plástico; el esgrimir la belleza como arma; la humanización de la selva de concreto y el valor para arriesgar el pellejo en pro de los propios ideales.

domingo, 3 de noviembre de 2013

El pan con que nos alimenta María Luisa

El Universal, 29 de octubre de 2013


Con el título El pan que me alimenta se presentará esta noche en Madrid un compendio de las obras de María Luisa Mora Alameda, prolífica poetisa española que ha venido construyendo a lo largo de su trayectoria, que se extiende ya por casi un cuarto de siglo, un corpus literario signado por la delicadeza, la sensibilidad y, sin embargo, también por la proximidad al lector, en un estilo absolutamente característico y personal.

El libro que, merced a la Editorial Vitrubio, podremos disfrutar a partir de hoy, recoge nada menos que once de los poemarios que la autora ha publicado hasta ahora: Las hiedras difíciles; Este largo viaje hacia la lluvia; La tierra indiferente; La Mujer y la bruma; Busca y captura; Meditación de la derrota; La isla que no es; La respuesta está en el viento; Navegaciones; El don de la batalla y El mundo raro. Es posible acceder de este modo, en un solo volumen, al fruto de la inspiración de esta toledana que no ha dejado de cosechar éxitos desde que despuntó en el horizonte literario, hace ya más de veinte años.

Los poemas de María Luisa resuenan en el lector porque sus referentes provienen de la vida cotidiana. Sus reflexiones emanan de las acciones que ejecuta cada día, de episodios en los que cualquiera puede verse reflejado. María Luisa va al mercado, y en el acto anodino de la compra es capaz de encontrar nuevas e insospechadas connotaciones emocionales, de desentrañar nuevos significados hasta entonces no percibidos. Y es ése el punto en el que ennoblece la perspectiva del lector, cuando empieza a desvelar la riqueza que encierra la vida en cada uno de sus pequeños instantes.

Acaso sea éste el verdadero y más importante don de la autora: el disfrutar de una visión privilegiada de la realidad, de la que hace partícipes a los demás mortales. Después, viene el asunto del lenguaje con que se expresa esa visión: María Luisa huye de la rima fácil, pero también evita las complejas imbricaciones del idioma. Su habilidad fundamental radica en encontrar las palabras y las imágenes precisas para desencadenar en el lector una sensación análoga a la que ella percibe en su interior. Ora sugiere, ora asevera, pero siempre tiene claro el receptor la situación de la que se está tratando, descifrándola ya con el intelecto, ya con el corazón. Y así siente lo que María Luisa siente; vive lo que María Luisa vive. Y encuentra en los pájaros y en la lluvia y en la ausencia del amante visos hasta entonces no contemplados, quizá nunca experimentados, pero tan humanos, que es fácil empatizar con la emoción.

Esta podría ser una de las razones que explican por qué, desde que comenzó a publicar en 1986, haya ido cosechando un premio tras otro en la medida en que han ido viendo la luz sus libros: el Carmen Conde en 1990; el Adonais en 1995 y, más recientemente, el Ciega de Manzanares y el Rafael Morales en el 2012, engrosan la lista de los reconocimientos a los que se ha hecho acreedora.

La poesía, en su caso, constituye un posicionamiento ante la vida: “Soy poeta. Soy poeta para vivir. Y vivo para ser poeta”, expresaría en alguna oportunidad la escritora. De algún modo, advino al mundo dotada de una especial sensibilidad que se ha acrecentado a través de los años y que da origen a una expresión acrisolada en el ejercicio reiterado de escribir. En una entrevista realizada en 2012 por Manuel Carmona Rodríguez, la escritora aseveraba: “Todo lo que sea cultura nos sirve de alimento. Ya decía Jesucristo en los Evangelios que no sólo de pan vive el hombre. El teatro, la poesía, la música, todo lo que sea cultura es compatible y necesario y nos enriquece y nos transforma para bien.” Esta filosofía se traduce en el poema “El precio”, de donde surge el nombre del compendio que se ofrece al público esta noche:

A veces, te preguntan
cuánto ganas por poema,
cuánto pagan por la belleza en las ciudades.
Callas, muerta de vergüenza,
no entendiendo un mundo
que pone precio al pan que te alimenta.

Bienvenido sea, y en buena hora, este pan con que nos ha de alimentar.

Mérida y José Manuel Montero, agrotenor

El Universal, 8 de octubre de 2013

Tres son las Méridas del mundo: la de México, la de Venezuela y la de España. A esta última deben su nombre las dos primeras.

Sita en el norte de la provincia de Badajoz, la Mérida española acogerá en breve, del 22 al 26 de octubre, el II Foro Internacional de las Méridas del Mundo, promoviendo el intercambio comercial entre las más de 40 empresas procedentes de México, Portugal, Venezuela, Perú, Chile y Brasil que participarán en el evento.
Por una parte, se persigue contribuir a la creciente internacionalización de la economía de Extremadura; por otra facilitar el acceso de las empresas iberoamericanas al mercado europeo. Mas, si bien en esta ocasión el encuentro está signado por un cariz tecnológico y empresarial, hace ya tiempo que se viene gestionando entre las ciudades homónimas un proceso de intercambio a otros niveles, que cristalizaría, por ejemplo, en la Primera Feria Cultural de las Méridas del Mundo, celebrada en Abril de 2010.

Las tres Méridas han demostrado una decidida inclinación hacia el fomento de las artes y las ciencias. La de Yucatán fue designada Capital Americana de la Cultura en el año 2000; la de Venezuela gira en torno a Universidad de Los Andes, y la de España alberga una bullente actividad cultural, frecuentemente enmarcada en un conjunto arqueológico declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1993, debido a su importante interés histórico y monumental.

Precisamente desde este conjunto arqueológico, hace apenas un par de semanas, se levantaba una voz que no suele dejar a nadie indiferente: José Manuel Montero, en el rol de Don José, conmovía a quienes acudieron a la presentación de la Carmen de Bizet en el Teatro romano de Mérida.

Montero, egresado del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, se formó al amparo de Pedro Lavirgen, prosiguiendo más tarde estudios con Daphne Evangelatos gracias a una beca conferida por la Opernschule de Munich. En 1996 se incorpora al elenco del teatro de Wuppertal, al que pertenecería hasta el año 2001, cuando pasa a formar parte de la Staatsoper de Hannover en calidad de primer tenor lírico.

Montero, que ha compartido escenario con Plácido Domingo, ha cantado en los más diversos y prestigiosos teatros de Europa: las presentaciones en Budapest, Toulon, Belgrado y Frankfurt se han alternado con la participación en festivales como el de Montepulciano y el de Ambronay, y con una gira de conciertos en China, interpretando obras de Mozart y del repertorio romántico.

Calificado en ocasiones como “el sucesor de Gayarre”, José Manuel hace gala en sus interpretaciones de un desenfado y una espontaneidad que logran que se establezca una conexión con el público enseguida, sin que por ello se vean menoscabadas ni su profesionalidad ni su técnica. Dotado de una bella voz destaca, sin embargo, por la vitalidad que se manifiesta en todas las facetas de su vida.

Ávido por navegar, por volar, por disfrutar, proyecta una imagen dehombre incansable, cercano, afable y dispuesto a apurar hasta la última gota de cada una de las experiencias que le depara el día a día. Si incursiona usted en su Facebook, podrá comprobar cómo, lejos de encontrarse con el perfil de un divo, se topa uno con sus imágenes del campo, subido en el tractor, o exhibiendo orgullosamente los productos que cultiva. Porque, en sus propias palabras, “ a mí, mis viñas y mis olivas me atraen más que el glamour de la profesión....”

Lector serio, padre de familia, hombre de su tiempo preocupado por el entorno, la justicia social, la ecología y las energías renovables, resulta una de las personas más polifacéticas que imaginar se pueda. Desdeña los melindres aduciendo que las vicisitudes inherentes a su condición de agrotenor le han curtido y le tienen acostumbrado a sortear todos peligros que se ciernen sobre su garganta privilegiada.

Dicen que ciertos personajes se desahogan en el campo cantando a pleno pulmón ¿Tendrá esto algo que ver con las capacidades de José Manuel Montero? Si así fuera, en buena hora. De momento tendrán oportunidad de disfrutar de su voz en la vecina Colombia cuando, en el marco de los eventos que conmemoran el Bicentenario de nacimiento de Giuseppe Verdi, se presente en el Teatro Metropolitano, junto a la Orquesta Filarmónica de Medellín, conducida por el Maestro Francisco Rettig, de Chile. Esperemos que muy pronto podamos escucharlo en esta Venezuela nuestra.


martes, 22 de octubre de 2013

Prohibido suicidarse en Primavera

El Universal, 22 de octubre de 2013

Mientras me voy vistiendo, escucho la radio, sintonizada en una emisora cualquiera, escogida al azar. Súbitamente, lo que oigo acapara mi atención: se trata de una entrevista a Beatriz Becerra, autora de “La estirpe de los niños infelices”, una novela que presenta diez casos reales de niños que se suicidaron en países y circunstancias diferentes entre 1905 y 2006. La relación entre una psicóloga y un médico guatemalteco sirve de pretexto para volcar los resultados de una investigación que la autora ha adelantado durante más de diez años.

Aún no he tenido la oportunidad de leer la obra, pero me parece encomiable que alguien tenga el valor de acometer un tema tan escabroso, que, de entrada, nuestro instinto nos pide ignorarlo. Las estadísticas son escalofriantes: la web de la Organización Mundial de la Salud reporta que cada año se suicida casi un millón de personas, lo que supone una tasa de mortalidad "global" de 16 por 100.000, o una muerte cada 40 segundos. Y, de acuerdo con el CDS (Center for Disease Control and Prevention), el suicidio es la tercera causa de muerte entre jóvenes de 15 a 24 años de edad, después de accidentes y homicidio.

Tomo prestado el título de este artículo de una obra de Alejandro Casona, puesta por primera vez en escena en 1937. Ello se debe a que suele hablarse de los jóvenes como de personas que están “en la flor de la edad”, así como también suele asociarse la primavera con los estadios primeros de la vida.

En la obra de Casona los personajes, alojados en “El Hogar del suicida”, van postergando cotidianamente el acto de poner fin a sus días. Un caso similar nos ofrece la literatura a través de la novela El abuelo, de Benito Pérez Galdós: Pío Coronado, harto de su situación doméstica, considera el suicidio como salida a todos sus males, pero halla sin embargo a cada instante razones para posponerlo. Porque hay en el hombre una tendencia hacia la vida, la autorrealización y el crecimiento. ¿Cómo se explica, pues, el suicidio, particularmente entre los jóvenes?

Al parecer, hay dos aspectos involucrados: uno relacionado con algún tipo de enfermedad, como la esquizofrenia, y otro asociado a la depresión, a menudo desencadenada por la pérdida de un ser querido, por un cambio de colegio o barrio, por el sentimiento de ser poco valorado en el seno de la familia, por el exceso de presión que ejercen padres u otras figuras de autoridad para que el joven obtenga resultados que no se siente en capacidad de alcanzar… Los temas del abuso de autoridad y el acoso escolar (bullying) merecen capítulo aparte.

Cuesta asimilar la idea, aunque sea evidente, pero los jóvenes sufren y, además, son vulnerables debido a su concepción temporal de la vida : no pueden percibir su infelicidad como el resultado de una situación puntual y transitoria, sino que tienen la impresión de que es la vida misma lo que se ofrece como un tránsito doloroso que puede extenderse por tiempo indeterminado. La muerte surge como alternativa cuando existe la convicción íntima de que no puede haber otro horizonte diferente al que divisamos en ese momento.

Al parecer, hay señales que avisan de que algo anda mal: mencionar el suicidio, o la muerte en general; insinuar que ya no estarán más; expresar sentimientos de desesperanza o culpa; aislarse; empezar a regalar objetos valiosos a hermanos o amigos; manifestar cambios en los hábitos de alimentación o de sueño, y el desinterés hacia actividades que otrora fueran predilectas, pueden alertar en cuanto al malestar que experimenta el joven.

No debe correrse el riesgo de interpretar ciertos comportamientos como una manera de “llamar la atención”, puesto que el joven pudiera efectivamente autolesionarse. Se recomienda preguntarle directamente si se ha planteado el suicidio, en caso de que haga ciertos comentarios en relación a la muerte. Y es necesario el apoyo profesional, que debe mantenerse, aunque manifieste una mejoría, puesto que en estos casos suelen producirse altibajos.

Nunca será excesivo el afecto y la atención que se prodigue a nuestros hijos y alumnos. Y, desde luego, resulta determinante el modelo que ofrezcamos con respecto a la manera de posicionarse frente a los acontecimientos: es importante educar en una actitud positiva que alimente el deseo de crear situaciones gratificantes y que estimule la tolerancia frente a los eventos desagradables, relativizando su importancia. Porque, en definitiva, la palabra antónima de “suicidio” es “esperanza”.

martes, 15 de octubre de 2013

En el Metro

El Universal, 15 de octubre de 2013


Transito, absorta en mis pensamientos, el epicentro vivo, palpitante, de esa urbe inconmensurable en la que habito. Tal vez adormilada todavía, recorro las galerías que descienden, cada vez más profundas, alejándose del edificio del gobierno que se yergue en la superficie, cubriéndolas.

Camino ajena a la naturaleza de la colmena que recorro, con la certeza apenas de que hay un reloj al que vuelvo los ojos diariamente para verificar que voy en hora.

Como en una fila de hormigas, la multitud se desplaza. Contemplo desde la altura los personajillos, empequeñecidos por la distancia, que se suceden uno tras otro, como si se tratara de un ballet concertado.

Paisaje humano, horizonte vivo. Amo sentirme parte de esta muchedumbre anónima, suma de individualidades de fisonomía vaga.

Debe de ser esta vocación de corre-ve-y-dile la que me empuja a regodearme en cada rostro, a buscar una historia en cada uno. Mi madre parafraseaba a André Maurois: "todo hombre que conozco es superior a mí en algún sentido", o lo que es lo mismo: cada persona es un hallazgo.

Y así me empeño día a día en descifrar miradas, en escuchar conversaciones aledañas, compadeciéndome de los viajantes que dormitan, acurrucados, con la cabeza apoyada en el cristal de la ventania, acaso entumecidos por el frío.

La escalera mecánica baja. Al término del trayecto, vislumbro al muchacho. Se ha apostado en el lugar exacto en el que se bifurca el contingente humano que se interna en las entrañas de la ciudad. Está en el punto justo en que la pared impele a decidir, impostergablemente, si girar a la derecha o a la izquierda.

Son apenas las siete. ¿a qué hora ha llegado? Para llegar aquí ¿a qué hora ha salido? Cargar el teclado. Instalarse. Desmontar las razones que le habrán opuesto para quedarse… Suspira, y toda esa rutina se me antoja demasiado pesada para sus, quizá, veinte años.

No me entero de lo que está tocando. Me fijo apenas en la mirada cansada, circundada de sombras, que relumbra tras los mechones que le caen en la frente.

Entre dos interpretaciones se despereza y revela la incomodidad que experimenta su cuerpo embutido en el abrigo guateado, quizá demasiado cálido para la temporada. Debió de vestirlo en la oscuridad, antes de que despuntara la mañana, cuando todavía hacía frío.

Giro a la derecha y lo pierdo de vista. Pero la música me corrobora que sigue estando allí.

Cu-cú… Y me inclino para espiarlo desde el muro que lo separa del andén en que me encuentro. A mi lado, una mujer, enfundada en un abrigo gris, saca una moneda del bolso y ladea tristemente la cabeza, conmovida, no sé si por el chico o por el Claro de luna de Debussy, que se tiende de un lado a otro de los raíles…

Cu-cú…

Me mira y sonríe. Entre dos acordes, alcanza a levantar la mano y recoger de sus labios un beso que se desprende de sus dedos y me alcanza, ya a bordo del vagón, un segundo exacto antes de que se cierren las puertas y de que el tren me arrastre consigo, en su vertiginoso deambular, hacia la oscuridad y hacia la vida.

martes, 1 de octubre de 2013

César Yacsirk y El negrito del batey

El Universal, 1 de octubre de 2013

Aunque dio a conocer temas tan entrañables como Aunque me cueste la vida y Todo me gusta de ti, Alberto Beltrán ha pasado a la historia como El negrito del batey. Nacido en Santo Domingo en 1923, en el seno de una familia humilde, su participación en un concurso de radio le abriría las puertas al estrellato. A partir de entonces viviría sucesivamente en Puerto Rico, Cuba y Venezuela, hasta fallecer en Miami, el 2 de febrero de 1997.

El negrito del batey es un merengue contagioso, cuyo contenido no solo resulta divertido, sino que compendia la visión popular que existe acerca del trabajo: “A mí me llaman el negrito del batey / porque el trabajo para mí es un enemigo / el trabajar yo se lo dejo todo al buey / porque el trabajo lo hizo Dios como castigo...”

Traigo esta pieza a colación porque en días pasados tuve ocasión de ver, en video, fragmentos de un taller realizado en Venamcham por el Vicepresidente de la Asociación Venezolana de Psicología Positiva, César Yacsirk. En el taller, el psicólogo reflexionaba acerca de las de cargas añadidas que hemos permitido que se desplomen sobre la actividad laboral.

En primer lugar, señalaba el psicólogo cómo, según la tradición judeo-cristiana, el trabajo había sido el castigo impuesto por Dios a Adán y Eva cuando los expulsó del paraíso. Subrayaba la frecuencia con que se dice que “alguien está pasando trabajo” para aludir al malestar que experimenta frente a alguna situación, y cómo el proceso previo a dar a luz suele denominarse “trabajo de parto”. Es fácil constatar en nuestras verbalizaciones cómo la idea de trabajo está vinculada a las sensaciones de malestar, obligación y agobio.


También hacía notar Yacsirk como transferimos hacia el trabajo otras sensaciones que no le son propias: rechazamos la incomodidad de los desplazamientos, el hecho de tener que madrugar, la subordinación frente a un jefe abusivo… Pero esa sensación de rechazo no va dirigida hacia la actividad que desempeñamos, sino hacia las circunstancias que la rodean.

Junto a Matin Seligman, fundador de la Psicología Positiva
Es interesante comprobar la mala reputación que rodea al trabajo, cuando puede y debe ser una fuente de satisfacción, más aún si se considera el tiempo que dedicamos a ello a lo largo de toda nuestra vida.
La Psicología Positiva procura, precisamente, identificar los factores que inciden en el bienestar de las personas. Desplazar la atención desde el “poseer”, hacia el “hacer” es una de las apuestas de esta tendencia, a la vista de los resultados de las investigaciones efectuadas.

No hacer nada, resultaría aburridísimo. ¿Por qué tantas personas sueñan con ganar la lotería para poder dejar de trabajar? En realidad lo que desean no es dejar de trabajar, sino poder dedicarse a lo que verdaderamente disfrutan. La selección de la actividad laboral es determinante para la felicidad de la persona.

Por qué hacemos lo que hacemos, cómo queremos hacerlo, qué disfrutamos, en qué nos sentimos exitosos, son algunas de las preguntas que deberíamos plantearnos en torno a lo que realizamos. Pero, sobre todo, resulta fundamental saber para qué lo hacemos, porque uno de los elementos que influyen más decisivamente en el desempeño laboral, tanto a nivel de satisfacción personal, como a nivel de productividad, es la comprensión del sentido que entraña lo que estamos haciendo. No podría estar mejor expresado que en palabras de este especialista, avalado ya por su trayectoria y conocido internacionalmente: “No podemos esperar que una persona tenga un desempeño excelente en su trabajo si solamente centra su atención en la tarea y no en el significado de lo que hace. Esa es la diferencia entre dos albañiles: uno que junta ladrillos y otro que construye catedrales”.