martes, 29 de enero de 2013

FITUR, Venezuela y Ronald Tancredi


El Universal, 30 de enero de 2013

Desde mañana 30 de enero, y hasta el próximo 3 de febrero, se celebrará en Madrid la trigésimo tercera edición de la Feria Internacional de Turismo, FITUR, en la que participará Venezuela.
Básicamente, el evento facilita el contacto entre los especialistas del ramo, de modo que puedan promocionar y comercializar sus productos. En este sentido, 167 países y diversas regiones de España concurrirán poniendo de manifiesto las tendencias que conforman el perfil de la industria turística internacional hoy en día.
En esta oportunidad, además, la Feria servirá de marco para el encuentro de profesionales del enoturismo, centrados en regiones en las que tiene lugar la actividad vinícola, involucrando tanto su entorno natural como su oferta gastronómica y cultural. En este rubro confluirán unos veinte expositores.
Del mismo modo, se han reservado ciertos espacios en el recinto para foros monográficos. Entre ellos destacan FITURGREEN, una zona centrada en el ahorro energético y la eficiencia en la gestión hotelera, y FITURTECH, que versa sobre tecnología aplicada al turismo. Este foro contará con la presencia del astronauta español Pedro Duque.
Resulta gratificante encontrar, entre quienes gestionan el mercado turístico europeo, a un venezolano: Ronald Tancredi Hawkins. Vinculado a la industria hotelera, este joven ejecutivo, tras cinco años de exitosa labor en Londres, se encuentra ahora radicado en Madrid, movilizando lo relativo a los alojamientos existentes en la zona de Barcelona y en Portugal. Su profesionalidad y don de gentes le han valido una posición destacada en su carrera, en continuo ascenso.
Venezuela se promociona, a través de 13 empresas con stands emplazados en el Pabellon 3 del IFEMA, como un destino que ofrece turismo de aventura, familiar, rural; rico en eventos deportivos y culturales; apropiado para las rutas de montaña y el senderismo; con opciones solidarias y sostenibles (ecoturismo) y con diversas alternativas para los “city-breaks”, conocidos en castellano como “escapadas”: viajes breves a lugares cercanos, que no involucren importantes desplazamientos por razones de tiempo. Todo ello aunado al más relevante atractivo nacional: los 3726 kilómetros de costa que se extienden frente al Mar Caribe, desde Castillete hasta Punta Playa, además de los 280 kilómetros de costa Atlántica correspondientes a la zona en reclamación de la Guayana Esequiba, y sin abundar en los tesoros naturales del sur, donde se encuentra la caída de agua más alta del mundo, el Salto Angel, así como Canaima y los tepuyes, parte del relieve de la zona más antigua del planeta: el macizo guayanés.

El turismo constituye uno de los principales motores de desarrollo económico a nivel mundial. En Venezuela, concretamente, se concibe como herramienta para alcanzar la
inclusión social, creando empleo, generando fuentes de ingreso para pequeños y medianos emprendedores, e incorporando a los habitantes originarios de ciertas zonas a la actividad turística de sus respectivas regiones, principalmente en calidad de guías y como conocedores de la cultura de las etnias aborígenes venezolanas. Con ello se ha pretendido también combatir la explotación a la que se veían sometidos, en ciertos casos, algunos indígenas.
El turismo se presenta pues, dentro y fuera de FITUR, como una respuesta a las necesidades sociales y económicas del país, siempre y cuando pueda garantizarse al viajero la seguridad durante su permanencia, una apropiada vialidad para sus desplazamientos; organización y transparencia en el manejo de equipajes, traslados (taxis) y documentación, así como la puntualidad en sus vuelos. De no ser así, no conseguiremos salvar la deficiente publicidad que nos hace el boca a boca ni proyectarnos como el destino que publicitara Colón en carta a los Reyes Católicos, cuando bajo el slogan “Tierra de Gracia” se refiere a Venezuela como “las nuevas tierras que he descubierto, en las cuales tengo asentado en mi ánima que está el Paraíso Terrenal”…

¿Y dónde está José María Salvador?

El Universal, 15 de enero de 2013

El 18 de abril de 1978 comenzó a operar, sin una sede propia y con una exigua partida presupuestaria, la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, que ha visto desfilar por sus aulas infinidad de talentos que dejaron su impronta en el panorama de la cultura nacional.

Uno de los obstáculos que hubo de salvar su puesta en marcha fue la dificultad para encontrar expertos cuya calificación académica les permitiera desempeñarse como docentes universitarios: en Venezuela, hasta entonces, no había la posibilidad de obtener un grado a nivel superior en arte. Así pues, confluyeron allí muchas personalidades que procedían de otras áreas del conocimiento, como el eminentísimo musicólogo Daniel Salas (Farmacia) o el propio Isaac Chocrón, puntal del teatro venezolano (Literatura Comparada)

Coincidieron allí, así mismo, extranjeros que poseían títulos universitarios en arte, obtenidos en sus respectivos países. Entre estos últimos quisiera referirme concretamente al caso de José María Salvador, de quien cabría enfatizar tres rasgos fundamentales: su formación; su honestidad profesional; sus hechos.

Los dieciocho títulos universitarios que se suman a su carrera original, Filosofía y Letras (entre ellos, cuatro licenciaturas, tres maestrías y tres doctorados) aunados a las cinco lenguas que maneja, le han provisto de una formación interdisciplinaria que le permite hacer una interpretación globalizada del fenómeno artístico y le facilita el acceso a fuentes documentales originales, sin el sesgo que puede suponer la intervención de un traductor.

Seguramente la tarea que más satisfacciones le haya reportado es la efectuada con sus estudiantes, sobre todo en la investigación conjunta con tesistas. Sin embargo, su labor educativa no se ha restringido al quehacer docente y administrativo en la Universidad Central, sino que se extendió también al Departamento de Educación del Museo de Arte Contemporáneo, del que fuera encargado, y a otras funciones como colaborador del maestro José Antonio Abreu.

Su paso como Director Ejecutivo del Museo de Bellas Artes coincidió con la celebración del Cincuentenario de la institución, ocasión que aprovechó para obtener la donación de 42 obras de para la colección del Museo, iniciativa le valdría convertirse en la imagen de IBM dentro de la campaña publicitaria “Un hombre, una idea”.

Se negó reiteradamente a realizar autenticaciones y tasaciones, que le hubieran reportado importantes beneficios económicos, a fin de garantizar la honestidad de sus juicios críticos, y evitar que pudiera decirse que estos guardaban relación con sus intereses pecuniarios. Se mantuvo, quizá obcecadamente, fiel a sus principios, aún a costa de ser puesto en la picota, como cuando salvó su voto como miembro del jurado que otorgara el Premio Nacional de Artes Plásticas al talentoso Nelson Garrido, por considerar que la fotografía tenía su propio espacio como arte y que, al existir un Premio Nacional de Fotografía per se, no se justificaba que el de artes plásticas se confiriera a un fotógrafo.

Pero, sobre todo, cuando todo pase, cuando todos hayamos pasado, seguirá existiendo el legado que consume y ha consumido los últimos años de su actividad: el rescate de las fuentes documentales para el estudio de la historia de las artes plásticas del país, así como sus investigaciones acerca del arte venezolano del siglo XIX, centradas en temas como la exaltación del héroe, las pinturas cenitales del Teatro Municipal o figuras casi ignoradas por la historia oficial, como Ramón Bolet, a más de otras obras menos locales, como las referidas a la iconografía medieval, y que ya van redondeando más de cien publicaciones, que incluyen libros y artículos académicos.


¿Y dónde está José María Salvador? Donde siempre: donde pueda desempeñar calladamente su labor de investigación, que hoy es en la Universidad Complutense de Madrid, empeñado en su labor docente. Incansable e impertérrito, y sin desvincularse de su amada Caracas.

Te quiero por Internet


El Universal, 22 de enero de 2013

Los números son contundentes: una de cada dos nuevas parejas se conoce por internet. Al menos es lo que asegura el sociólogo norteamericano Michael Rosenfeld, Profesor Asociado en la Universidad de Stanford.

Rosenfeld, y su colega Reuben Thomas, profesor asistente del City College de Nueva York, han publicado dos textos que pretenden explorar las relaciones que se inician y desarrollan a través de la red: How Couples Meet and Stay Together (Cómo se conocen las parejas y permanecen juntas), a partir de los resultados de un estudio realizado en 2009 entre más de cuatro mil adultos, y Searching for a Mate: The Rise of the Internet as a Social Intermediary (La búsqueda de un compañero: el auge de Internet como un intermediario Social), datado en 2012.

Ambas publicaciones corroboran lo que parecía obvio: internet amplía sustancialmente las oportunidades de encontrar una persona afín con la que congeniar, extendiendo las posibilidades más allá de nuestro círculo de amistades, familiares y compañeros de estudio o trabajo inmediatos. Así mismo, las estadísticas parecen señalar que las parejas que se forman a partir de una relación a través de internet son tan estables como aquellas que se inician de cualquier otra forma.

Internet ofrece la posibilidad de conocer posibles parejas tanto de manera aleatoria, cuando se coincide por azar en foros o redes sociales, como de manera deliberada, a través de sites especializados en citas o contactos.

Algunas personas sienten reparo al emprender una relación con un desconocido, pero los eventuales riesgos son los mismos que podrían enfrentarse al abordar a alguien en un lugar público sin que nos sea presentado por una tercera persona que ya le conoce. En este sentido, quizá las páginas que requieren una suscripción minimizan los riesgos, al requerir la identificación del suscriptor y el pago mediante una tarjeta de crédito, con lo cual al menos los administradores del sitio conocen la verdadera identidad del usuario.

En las relaciones que se desarrollan por Internet lo que priva es, como en las antiguas relaciones epistolares, el lenguaje escrito.

José Hermida, en su obra Hablar sin palabras, afirma que la mayor parte de los datos que comunicamos son  transmitidos de forma no verbal. Si ello fuera cierto, una interacción restringida a la palabra implicaría la pérdida de una importante cantidad de información asociada a lo gestual y al tono de voz, que conducen en paralelo otros mensajes. De hecho, quienes estudian el lenguaje corporal pueden detectar a menudo contradicciones entre el contenido de lo que dice una persona y su gestualidad. Ello explica que a veces experimentemos visceralmente que lo que nos están diciendo no es cierto: aunque intelectualmente recibimos un mensaje, nuestro cerebro percibe e
identifica otras señales en nuestro interlocutor que ponen en luz una incongruencia. Así pues, el devenir de la relación que nace en la escritura no podría predecirse hasta que la comunicación se amplíe desde lo escrito (mail o chat) hacia la comunicación audiovisual (web cam).

En compensación, la comunicación escrita disminuye hasta cierto punto la incertidumbre, ya que la información viene dada en declaraciones precisas que reducen la subjetividad que introducimos al interpretar una determinada situación: no se trata de una conjetura que aventuramos, sino de una aseveración efectuada por nuestro interlocutor.

La solidez de estas relaciones se basa en los intereses comunes, en los valores similares que se ponen de manifiesto en la conversación, más allá de lo meramente físico, que suele predominar en los encuentros “reales”.

A través de internet se evitan los traslados, se salvan las distancias, se superan los horarios, se minimizan los riesgos. Cuando se agotan las fuentes de eventuales parejas (amigos de amigos, relaciones laborales..) siempre quedan los sitios de dating y los encuentros fortuitos en lugares de interés común, aunque no puedan sustituir el calor de otra mano en la nuestra.

linda.dambrosiom@gmail.com

¿Usted sabe a lo que sabe una hallaca?



El Universal, 8 de enero de 2013

En España, la persona que más sabe de hallacas se llama Eugenia Adam. No sólo hace gala de una magnífica sazón, haciendo honor a las tradiciones familiares (bastará recordar las recetas de Lutecia Adam, colaboradora regular en este diario) sino que además canaliza las apetencias de todos los que atravesamos por esta neurosis de vivir en ambos países al mismo tiempo, organizando desde hace varios años el concurso “La mejor hallaca de Madrid”.

Eugenia, además, es experta en preparar hallacas sin carne, lo cual redunda en el agradecimiento de las facciones vegetarianas de mi familia. Sin embargo, este año se marchó a la France, dejándome a la deriva en lo que a hallaquística se refiere. Ante la imposibilidad de prepararlas yo misma, comenzó el proceso para determinar a quién endilgarle la tarea.

Impensable sobrevivir a un fin de año sin hallacas. Más que una necesidad gastronómica, se trata de un requerimiento emocional. ¿A qué sabe una hallaca?

Seguro que sabe a todo lo que uno le ponga, lo cual varía según la región. Parientes próximas de tamales y pasteles, y de otros preparados similares que se consumen en toda América elaborados bajo el mismo concepto (una masa de maíz a la que se incorporan diversos ingredientes, y que puede cocerse o no en un envoltorio vegetal) en Venezuela tienen la particularidad de consumirse básicamente en la época decembrina, en tanto en otros países se consumen a lo largo de todo el año.

Francisco Herrera Luque explicaba el origen de esta costumbre: nuestros indígenas, al igual que los de otras regiones, se alimentaban en su pobreza de la tradicional masa de maíz a la que añadían un picadillo preparado con las sobras de los alimentos de “la casa grande” en que vivían los terratenientes. Al parecer, el obispo de Caracas, admirado por el contraste entre las suculentas cenas de los mantuanos y el pobre condumio de indios y negros, impuso como penitencia que por Navidad los poderosos comieran el mísero preparado que sus sirvientes, esclavos y manumisos, consumían regularmente, en lugar de las opulentas viandas a las que estaba acostumbrados. Dieron pues los mantuanos en respetar las indicaciones del pontífice, pero amañándolas a su modo, pues introdujeron en el picadillo del relleno toda clase de exquisiteces.

Así pues, la hallaca sabe a lo que sabe el picadillo. Pero es el caso que este año comencé a saborearlas aún antes de ponerlas en la olla. Comencé a degustarlas aún antes de que el proverbial olor de las hojas de plátano se esparciera por toda la casa y aun antes de que comenzara a bullir el agua para calentarlas. Las probé, incluso, antes de tenerlas conmigo.

Comencé a paladear su sabor en el momento justo en que crucé el umbral de la Panadería La Plaza, en el madrileño barrio de Carabanchel. De inmediato afloró la
amabilidad, si bien discreta, de quienes me atendieron, a todas luces compatriotas. Además de ponerse a mis órdenes, dieron rienda suelta a esa gentileza proverbial del venezolano, que va más allá de lo que la buena educación impone, más allá de lo que a la política comercial conviene, y que traduce el espíritu hospitalario propio de nuestra gente. Les faltó tiempo para compartir conmigo un pan de jamón preparado para ellos mismos con el “repele”, con los recortes de los otros panes de jamón preparados para los clientes, sazonado con las disculpas de que no fuera el mejor, porque lo habían preparado para consumo propio.

A eso me saben las hallacas: a cordialidad; a tarea compartida; a Navidad y a casa abierta. Me saben a mi gente y a mi país.

-¿Fuiste a buscar las hallacas?, me preguntó la amiga que me recomendó el sitio.
-Si. Bien amables- le dije. Y mi amiga tuvo que convenir:
- Como buenos venezolanos…


Colón: ese musiú


 

El Universal,  16 de octubre de 2012


D Ambrosio, mi apellido, no es precisamente de Maripérez. Y el segundo, que es Morales, tampoco. Bolívar es un apellido vasco, igual que Jáuregui y Ricaurte, que identifican a próceres venezolanos. Gran parte de nuestra población desciende de los esclavos africanos. Salvo los indígenas, pocos venezolanos pueden vanagloriarse de no tener sangre extranjera.

Pero los indígenas, que se sepa, tampoco surgieron en estas tierras por generación espontánea: provenían de otros lugares, según explican las diversas teorías del poblamiento de América.

En 1492 los españoles, mientras arribaban a suelo americano, empujados por sus ambiciones mercantilistas, procuraban a su vez liberarse de los últimos vestigios del dominio musulmán, que concluyó con la expulsión del rey Boabdil y la caída del reino nazarí de Granada. Porque muchas veces, España, la invasora, se vio amenazada por la invasión.

En 1571, escasos 80 años después de que Colón desembarcara en Guanahaní, Cervantes perdía la movilidad del brazo izquierdo en la batalla de Lepanto, que frenó el expansionismo turco por el Mediterráneo occidental: España, la colonizadora, combatía a la colonizadora Turquía.

La huella que la cultura árabe dejara en España, sin embargo, nos sería transferida a los pueblos americanos, mientras que muchos judíos renunciaban a su identidad, convirtiéndose al cristianismo para evitar ser perseguidos por la Inquisición. Aspectos fundamentales de su pensamiento, no obstante, siguieron comunicándose en el propio catolicismo.

Y es que la proximidad entre dos culturas ocasiona una progresiva interpenetración en la que ambos grupos resultan modificados. Es un proceso natural en el que se intercambian los conocimientos y las innovaciones tecnológicas que mejoran la calidad de vida y permiten evolucionar.

Sería ideal que en este proceso cada pueblo escogiera los elementos que se propone incorporar a sus pautas culturales. Pero no siempre sucede así: en muchos casos, y concretamente en el de la conquista de América, se imponen por la fuerza una serie de normas a los grupos avasallados, anulando todo vestigio de su identidad.

No existen grupos estáticos, inmutables, químicamente puros. Resulta irreal la posición de quienes imaginan una situación de no-conquista, una especie de permanencia en una idílica Arcadia tropical en la que la felicidad mana de la sencillez y la comunión con la naturaleza. Las cosas no funcionan así, por desgracia. Y normalmente diversas motivaciones explican la naturaleza de los vínculos que se dan entre dos pueblos. Así, mientras Cipriano Castro aseveraba que la planta insolente del extranjero había profanado el suelo patrio, Antonio Guzmán Blanco procuraba asemejar Caracas a París, en un alarde de afrancesamiento que engendraría nuestro criollísimo "musiú", deformación del vocablo francés "Monsieur", para referirse a lo foráneo. Y mientras los mantuanos se rebelaban contra el poder real, se declaraban adeptos al depuesto rey Fernando VII para desconocer las aspiraciones imperialistas de los franceses, encarnadas en la persona de José Bonaparte, impuesto como rey de España por su hermano Napoleón. Todo depende de los intereses y las circunstancias que priven en un momento dado.

Así, tras oleadas sucesivas de musiús, desde los welsares hasta los gringos de la explotación petrolera; desde los turcos de Catia hasta los gallegos, italianos y portugueses venidos en la posguerra, yo prefiero contemplar con cariño la huella de los que vinieron para quedarse, no para expoliar el país y marcharse, la huella de los que están enterrados aquí y aquí dejaron sus obras y su simiente.

Me pregunto si vale la pena seguir discutiendo acerca del descubrimiento, el encuentro de dos mundos o la resistencia indígena, en momentos en que vivimos en un mundo cada vez más globalizado. Habría que preocuparse, más bien, por consolidar la permanencia de los rasgos que nos identifican y por hacer efectivo el respeto que nuestra Constitución establece hacia nuestros aborígenes.

Florentius, Caracas y los Toros

El Universal,  23 de octubre de 2012 (reeditado en Generacción y en El Republicano Liberal el lunes 5 de noviembre de 2012)


La encantadora novela Florentius, que viera la luz a principios de este año, describe los pormenores del viaje efectuado por Juana la Loca y Felipe el Hermoso desde Bruselas hasta Toledo, en donde habrían de jurar como príncipes ante las Cortes. El autor, Fernando Lallana, va narrando, a partir de una rigurosa labor documental, el fasto de la caravana que les acompaña a través de un recorrido lleno de vicisitudes, de inclemencias meteorológicas, de parajes que en verdad existen, de costumbres de la época y de personajes reales.

Este cuadro  que alberga,  pese a la áspera cotidianidad del viaje, imágenes de una delicadeza excepcional, contiene un episodio decididamente elocuente: se trata del punto en el que, llegados a Burgos, la comitiva participa en los festejos organizados para agasajar a los futuros príncipes, que incluyen la lidia de una veintena de toros. El escritor consigue reflejar tanto el entusiasmo del pueblo que observa la corrida, como el estupor de los extranjeros ante el insólito espectáculo: "mientras los flamencos, salvo los entregados Hauton y Florentius, que aplaudían a rabiar, se mantuvieron sentados y atónitos ante el desenlace".  Y, en otro punto, en el que el protagonista interroga a sus connacionales, cita: "¿De verdad no os gusta este juego?, preguntó a sus compañeros de atrás, obteniendo simplemente un gesto de incomprensión".

Lo que la sensibilidad y clarividencia de Lallana apunta, merece ser recogido como objeto de reflexión: ¿Qué diversión puede entrañar, para ojos no familiarizados con el toreo, la agonía lenta y cruel de un animal torturado? Antes bien: la reacción visceral, instintiva, primitiva, debería ser la repugnancia ante la gratuita carnicería o, cuando menos, la incomprensión ante la actitud eufórica de quienes perciben una proeza en el acto de martirizar a un animal.

El toro, si bien supera en volumen al hombre, se halla en desventaja frente a la turbamulta que lo asedia, que lo acosa, que le inflige dolor, sin propósito alguno.  El placer, acaso, puede estar asociado a los festejos y los preparativos que se efectúan  en torno a  la lidia, a los rituales; pero el acto mismo de sacrificar al animal no puede entrañar satisfacción alguna, más que la adrenalina desatada por el riesgo que supone una confrontación de fuerzas en la que es preciso insistir el animal siempre se encuentra en desventaja.

Si se exalta la valentía del  más bien temerario oficio del torero, otrora empleado como mecanismo de promoción social, cabe también considerar la cobardía que supone el auténtico abuso de poder en una situación desigual, diseñada para someter a otro ser vivo, maltratándole. A quienes admiran la gracia de las figuras del "arte", cabría proponerles como alternativa que asistieran al ballet.

¿Por qué no a las corridas?  Porque suponen el suplicio gratuito de otro ser vivo; porque  contribuyen a perpetuar  una visión en la que el hombre se erige como amo y señor de la naturaleza, sin reconocer su interdependencia con los otros elementos del medio y su subordinación al bienestar  y conservación del ambiente; porque son una sórdida expresión de irrespeto a la vida.

Las corridas son, no obstante, apenas una de las formas en que se somete a otras especies a la brutalidad. La experimentación en laboratorios y las condiciones en las  que se mantienen los animales destinados al consumo resultan vergonzosas. En este sentido, muchos venezolanos se han comprometido con la causa animalista, haciendo labor inclusive a nivel internacional, como es el caso de Alessandro Zara y Lucy Alio.

En el año 2009, ante los argumentos planteados por  Nicolás Álvarez, los concejales del municipio Libertador declaraban a Caracas ciudad antitaurina, convirtiéndose así en la primera capital del mundo en fijar posición respecto a este tema. Tal vez sería oportuno  evocar la consigna de nuestro Himno: seguid el ejemplo que Caracas dio.

Diario de gratitud

el Universal, 30 de octubre de 2012


Durante la II Guerra Mundial, en 1943 concretamente, Reinhold Niebuhr escribió una desiderata que ha trascendido a través de los años como la oración de la serenidad: "Señor, concédeme serenidad para aceptar las cosas que no puedo cambiar, valor para cambiar las cosas que puedo cambiar y sabiduría para distinguir lo uno de lo otro".

La sencillez del texto no disminuye su acierto para poner en luz un asunto muy actual: la importancia de  elegir en dónde focalizamos nuestra atención. Hay que distinguir lo uno de lo otro.

La tendencia general es a centrarse en los eventos menos agradables de la vida. Algunas personas sucumben ante la adversidad quejándose, dejándose llevar por una lectura catastrofista de los hechos o asumiendo la posición de víctima. Los emprendedores, por su parte, se sienten incapaces de permanecer pasivos ante lo que les incomoda, procurando poner remedio a las situaciones que les disgustan.

Esta segunda actitud resulta seguramente más productiva. Pero, en paralelo, debería gestarse una conducta complementaria: la de identificar y valorar los eventos positivos presentes en nuestra vida cotidiana. Diversas corrientes interesadas en el bienestar humano proponen el diario de gratitud como vía para desarrollar la capacidad de detectar esos eventos.

Se trata de una práctica simple: el hábito de inventariar, al final del día, tres momentos que hayan resultado gratificantes. El término "diario" no se refiere al objeto físico en el que se apuntan estas experiencias, sino a la frecuencia con que debe realizarse esta actividad: diariamente.

No tienen por qué ser situaciones trascendentales: puede reseñarse un encuentro inesperado con alguien querido, el degustar un plato que nos agrada o el hecho mismo de llegar a tiempo al trabajo. Cualquier cosa que nos haya hecho sentir bien a lo largo del día. Tampoco tiene porque hacerse de forma escrita, aunque llevar un registro de estos eventos nos permite verificar cómo nuestra vida está llena de estas pequeñas experiencias positivas. Pero debe hacerse diariamente.

Esta práctica ha demostrado ser tan exitosa que la empresa Rudelabs ha desarrollado una aplicación para Iphone e Ipad que facilita el apuntar los eventos placenteros y almacenarlos.

César Yacsirk, experto en Psicología Positiva, señala cómo al principio es difícil evocar tres sucesos agradables que hayan tenido lugar a lo largo del día, pero, con el tiempo, el hecho mismo de saber que en la noche habrá que recordarlos estimula la disposición a ir detectándolos sobre la marcha. Con ello, la sensación de bienestar no se limita al momento de enumerarlos en el diario, sino que se extiende a lo largo de toda la jornada.

En el año 2009 la Universidad de Manchester realizó estudios que exploraban los efectos del diario de gratitud en 400 personas. En julio de 2011, la revista Applied Psychology: Health and Well- Being publicó las investigaciones de Nancy Digdon en el mismo sentido. En ambos casos se constató que el diario incidía en el bienestar de las personas de manera contundente, sobre todo en lo relativo a conciliar mejor el sueño. Esto resulta comprensible al considerar que la principal causa del insomnio es la ansiedad.

También Jeffrey Froh, Giaccomo Bono y Robert Emmons publicaron los resultados de un estudio efectuado a partir de 700 estudiantes de secundaria en la revista Motivation and emotion (2010). En dicho estudio comprobaron que la gratitud se relacionaba con una mayor satisfacción vital y una mejor integración social en los adolescentes.

En suma: este sencillo ejercicio, lejos de ser una práctica ingenua, puede tener poderosos efectos en la manera de percibir la vida. Es fácil, económico y efectivo.

El eminente psiquiatra Luis Rojas Marcos define la felicidad como "un estado de ánimo placentero que suele acompañar a la idea de que la vida merece la pena". Acaso sean esos pequeños detalles que pasan desapercibidos los que produzcan esa sensación de que, efectivamente, la vida merece ser vivida.