martes, 29 de enero de 2013

Mientras pueda pensar

El Universal,  13 de noviembre de 2012  



A mediados de los años 80 fui testigo de cómo cierta escuela, sita en el barrio La Silsa, emergía como modelo de integración entre los diversos componentes de la comunidad. Su verdadera función trascendía el ámbito escolar: si por una parte de lunes a viernes operaba como un centro de Educación Básica, por otra sus instalaciones acogían un sinnúmero de actividades a partir de la hora de salida. Se perfilaba como un auténtico centro de encuentros para los vecinos del área, involucrados en los procesos de mantenimiento y planificación de la Escuela, al tiempo que la Escuela promovía acciones destinadas a transformar el medio en que estaba inmersa.

De manera espontánea comenzaron a gestionarse en sus espacios algunas de las necesidades del barrio. Se detectó, por ejemplo, a través de las estadísticas del Hospital Pediátrico Elías Toro, que las causas de morbi-mortalidad infantil de la zona se relacionaban con unas deficientes condiciones de salubridad, por lo cual se programaron acciones educativas tendientes a divulgar las necesarias medidas higiénicas que prevendrían la aparición de gastroenteritis agudas. Del mismo modo, se emprendieron iniciativas para sanear el entorno.

En aquel entonces, el Instituto Radiofónico Fe y Alegría adelantaba varios programas de educación a distancia. La Escuela prestaba sus instalaciones para que los sábados pudieran realizarse las actividades presenciales que esos programas requerían. Así pues, muchos adultos coincidían ese día en el centro educativo, ocasión que se aprovechaba para dialogar con ellos, solicitar su colaboración en diversas iniciativas, explorar sus necesidades, solicitar su concurso en el diseño de soluciones y transmitir información.

Quienes motorizaban estos procesos provenían del propio barrio. Se trataba de personas que podían ser identificadas con facilidad por sus vecinos, sensibilizadas con las carencias del entorno y conocedoras de la realidad social del mismo. Todos habían logrado hacerse con una formación superior, que ponían al servicio de su comunidad de manera gratuita y voluntaria.

A su vez, los vecinos ponían sus habilidades y conocimientos al servicio de la escuela, ofreciendo cursos o participando en labores de mantenimiento. Todo lo que podía ofrecer el barrio como experiencia de aprendizaje quedaba a disposición de los niños, desde el taller del zapatero para que comprobaran cómo se efectuaban las reparaciones del calzado, hasta los parques y mercados en los que, de manera informal y asistemática, confluían infinidad de conocimientos, haciendo realidad el principio de Ciudad Educativa descrito en el Aprender a Ser de Faure.

Este modelo de integración vecinal no se subordinaba a ningún proyecto político en particular, y su único propósito era mejorar la calidad de vida de los habitantes de La Silsa. Sus vinculaciones con Fe y Alegría hubieran podido relacionarlo, si acaso, con la Doctrina Social de la Iglesia, pero su carácter era marcadamente laico. El rasgo verdaderamente distintivo del proyecto era la gestión vecinal, por oposición a  la dependencia de un Estado paternalista.

Esta encomiable fusión de recursos y talentos no parece estar tan lejos de los conceptos de Asamblea Escolar, Comunidad Educativa y Proyecto Educativo Integral Comunitario. Lo que habría que garantizar es que en los centros se promueva la conciencia crítica, la capacidad de contemplar objetivamente el contexto y el ser agente de transformación desde la pluralidad.

Mientras se siga estimulando la creatividad y la capacidad crítica, iremos por buen camino; mientras los proyectos se gesten desde las entrañas del centro educativo, habrá progreso. Pero empezaremos a perder la libertad en el instante preciso en que las escuelas se vean reducidas a meros centros de adoctrinamiento; cuando dejemos de ser plurales y pensemos todos al unísono, con las mismas palabras y en los mismos colores; cuando quedemos, en fin, adheridos ciegamente a medias verdades, y cuando, en hora mala, se castigue el pensar.


¿Me iría demasiado?

El Universal, Caracas, 9 de octubre de 2012


La afluencia a las urnas ha sido contundente, dentro y fuera de Venezuela.

Hace unos meses el cortometraje Caracas: ciudad de despedidas pretendía desplegar,  a partir de una reunión de jóvenes que se encontraban  para decir adiós a un amigo, las razones por las que  una persona podría  marcharse o no del país.

Criticado por la superficialidad de los argumentos que  planteaba y por el lenguaje empleado -del  cual  la  expresión "me iría demasiado"  resultaría el epítome-   tiene en su haber, sin embargo,  algún mérito.  Inspira  respeto que un grupo de jóvenes,  con una visión  que puede ser  más o menos acertada, se detenga  a reflexionar sobre la realidad que les circunda, en lugar de permanecer mansos e indiferentes  como borregos.  Su interpretación podría estar  sesgada por  el estrato socio-económico al que pertenecen pero, al margen de su particular lectura,  el corto da cuenta de un fenómeno innegable: la emigración.  El acento, sin embargo, no recae  en el aspecto más doloroso de ese fenómeno: muchos de los que se marcharon se fueron porque tuvieron que irse.

Seguramente  fueron esos  los primeros en apresurarse a votar este domingo  en la esperanza de que un viraje en el curso  de la política nacional facilitara su regreso al país.  El Registro  Electoral Definitivo contemplaba  100.495 electores residentes en el extranjero, que ejercerían su derecho al sufragio en  las 304 mesas electorales habilitadas para ello alrededor del mundo.  Aunque muchos no se plantean regresar, por diversas razones, continúan igualmente vinculados al curso que toman los acontecimientos en Venezuela.

En España, se establecieron  cinco centros electorales: Madrid, Barcelona, Bilbao, Vigo y Tenerife, en los que habrían de votar  20.310 venezolanos de los  130 mil residentes en ese país.  En la semana previa a las elecciones, el evento  Madrid Vota Seguro les convocaba  sufragar, cualquiera que fuera su opción política: sesenta venezolanos eminentes unieron sus fuerzas para  emitir  un mensaje claro: aunque estemos lejos, nos sigue importando  nuestro país.

Elvia Sánchez , extraordinaria cantante e hija de Alfredo Sadel,  icono de la música venezolana,  fue quien quizás expresó mejor la emoción de tantos  cuando  dejó claro que estar lejos no significaba ser apátrida.

Hay muchos que permanecen lejos de Venezuela porque no han tenido más remedio,  porque los caminos que han elegido imponen  la opción de marcharse; pero la distancia física no implica que se mantengan ajenos al bienestar  del país.

Los resultados de estos comicios  deberían dar que pensar. Más allá del respeto que merece en democracia la voz de la mayoría,  el Comandante Chávez debería efectuar una cuidadosa lectura, en la que junto al  apoyo de que ha sido objeto,  reconociera el descontento de la casi mitad de los venezolanos. Como dijera él en su día: el que tenga ojos, que vea.

Ese descontento, sin embargo, no puede traducirse en dejar el barco a la deriva. Marcharse no puede ser un objetivo,  sin duda. La meta debe ser permanecer unidos en el amor por nuestro país, luchando porque todos los venezolanos puedan estar a gusto en su Patria, sintiéndose realizados en la construcción del bienestar común.

Antes de pensar en  irse, deberían mirarse en el espejo de los cientos y cientos de personas que se movilizaron este domingo para ir a depositar su voto en el extranjero  y le han dicho al mundo, con ello,  que se sienten partícipes de lo que acontece en su país, que están orgullosos de su gentilicio, que les importa lo que suceda con su gente y que desde donde estén, se sienten dispuestos a ofrecer  a Venezuela lo mejor que esté a su alcance. Porque muchos,  si pudieran, regresarían demasiado.

martes, 1 de enero de 2013

Manuel Castillo: ¿Empresario de Moda?

El Universal, 1 de enero de 2013


Si es que debí habérmelo imaginado. Desde que vi el corte impecable de su ropa debí  haberlo supuesto.  Pero la actitud cortés  y discreta de este personaje me remitía más a la imagen de un empresario joven que a la de un creador de prestigio.

A mi lado, Manuel Castillo comunicaba  a un amigo común su férrea disposición de no permanecer "en la oficina" más allá de las nueve de la noche. Su comentario refrendaba mi impresión de estar al lado de un ejecutivo en grave riesgo de pasar a ser trabajólico.

"Yo hago trajes de novia" se limitó a decirme con modestia cuando le pregunté en qué ramo trabajaba. No me dijo, por ejemplo, que había estado vinculado a la casa Armani. Tampoco me comentó que su atelier está ubicado en la calle Ayala, en las inmediaciones de la mítica "milla de oro" madrileña, donde se encuentran las tiendas de los grandes diseñadores internacionales. Omitió, asimismo, mencionar que cada uno de los atuendos nupciales que él "hacía" era una pieza única elaborada por encargo y tras un cuidadoso estudio de los rasgos y la personalidad de la novia. Los aires de grandeza, la convicción de haber llegado a la meta y el endiosamiento estaban del todo ausentes en el discurso de mi acompañante.

Me habló, eso sí, del reto que había supuesto sobreponerse al miedo y dar el paso de lanzarse por su cuenta. También me explicó lo riesgoso de jugárselo todo a una sola carta al trabajar el año completo en la preparación de un único desfile, mientras la mayoría de las casas de moda presentan al menos dos colecciones al año, una de primavera-verano y otra de otoño invierno. Me habló, en fin, de sus desvelos para sacar adelante su taller en los primeros tiempos, como un emprendedor cualquiera.

Con una exvida vinculada al mundo del arte, cuesta no sucumbir a  la tentación de incursionar en el análisis de sus líneas, de sus volúmenes, de sus colores. Sin embargo, a primeros de año, en ese momento en que las personas tienden a hacer balance y a tomar decisiones en consecuencia, Manuel Castillo, como persona, se me antoja tan infinitamente interesante como sus propias creaciones.

Manuel es un empresario de moda en dos sentidos: si  por una parte lleva adelante una empresa vinculada con el mundo de la moda, por otra él mismo está de moda, habiéndose convertido en el diseñador cuyas creaciones desearían vestir muchas mujeres para casarse, y popularizándose al extremo de que su participación haya sido requerida en programas de televisión como "Cambio Radical".

Pese a ser esencialmente un artista, la naturaleza del proceso que conduce a la elaboración de sus creaciones requiere una infraestructura que facilite tanto la interacción con los clientes como la confección de cada prenda con una excelente calidad. Así pues, lo creativo descansa sobre elementos más prosaicos que, no obstante, son los que posibilitan que cada traje vea la luz con éxito. Manuel es consciente de la importancia de esa infraestructura y no descuida ni un momento estos aspectos menos sublimes, pero igualmente relevantes.

Rasgo a destacar en esta historia: ante todo, lo positivo de arriesgarse a cambiar. Independientemente  de si se alcanzan o no los objetivos, cualquier acción no rutinaria produce un aprendizaje que debería ser valorado en sí mismo como un logro. Si, además, no estamos conformes con el estado de cosas, existen dos simples opciones: o nos adaptamos resignadamente, o nos damos la oportunidad de generar una situación diferente en la que nos sintamos más a gusto.

Perseguir una meta requiere  grandes dosis de esfuerzo pero, si hay  motivación,  resulta placentero el progresivo acercamiento a nuestro objetivo.

Me confieso en deuda con Manuel Castillo, cuya energía ha desembocado en un sistema que gravita en torno a lo bello. Pero, sobre todo, le agradezco su ejemplo lleno de valor para arriesgar, de  humildad para aprender y de sensibilidad para crear.

jueves, 4 de octubre de 2012

Florentius


Con buen pie ha irrumpido en el panorama literario español la novela Florentius, del  escritor Fernando Lallana. Avalada por una meticulosa labor documental, la  opera prima de este intelectual, madrileño de nacimiento aunque afincado en Toledo desde hace años,  narra la particular odisea por la que atravesaría el holandés  Florentius Merkel como parte de la comitiva que a lo largo de  siete meses acompàñaría a  Felipe el Hermoso y Juana la loca desde Bruselas hasta Asturias, en donde habrían  de jurar como príncipes ante las  Cortes. 

La obra, profusa en imágenes sensoriales de todo tipo, sitúa al lector de manera vívida en las circunstancias que se describen. La prolija  enumeración  de los pormenores arquitectónicos, de los sonidos, de los aromas, así como la hábil construcción psicológica de los personajes, confieren a Florentius el poder de trasladar a  la época a quienes se asoman a sus páginas.

 Bellamente escrita, Florentius resulta encomiable en un doble registro: si por una parte la historia  fluye despertando interés y sorprendiendo a veces por la forma inesperada en que se resuelven los nudos, por otra es digna de admiración debido a  la esmerada labor de documentación en que está sustentada.

Fernando Lallana
El recorrido de la caravana a través de media Europa desvela la ruda cotidianidad de las travesías en la época, así como las prácticas comunes entre la realeza y el propio vulgo. Las vicisitudes del camino, las inclemencias del tiempo, los festejos propios de cada región y la forma de hacer frente a las diferentes circunstancias dan marco a la trama en la que el protagonista asume el reto de mantenerse fiel a sus convicciones a pesar de vislumbrar los peligros a los que se expone.

 A través de Florentius se despliega el abanico de las  inquietudes que bullían en la época: el cuestionamiento del enfoque religioso que había prevalecido durante la Edad Media; la simonía; la hipócrita observancia de preceptos  y  las oscuras componendas a que se recurría para hacerse con el poder político o económico… Lallana desnuda las motivaciones subyacentes en muchos de los eventos que marcaron la historia y describe un panorama que necesariamente habría de desembocar en la Reforma. Pero, al mismo tiempo, atempera esta sórdida atmósfera despertando otras emociones: la ternura, la amistad y  la capacidad de disfrutar de los pequeños eventos cotidianos, que  estarán presentes a lo largo de todo el trayecto, mientras se van deslizando de manera casi inadvertida los nombres de quienes signaron el periodo, recogidos en la escrupulosa lectura de las crónicas de la época.

Traición, enigmas. escarceos amorosos, y algún  episodio hilarante son los ingredientes que sazonan esta novela de lectura imprescindible que acusa la voluntad del autor de  ser fiel a la época y revela su interés en el pensamiento humanista.

lunes, 1 de octubre de 2012

Y con el mazo dando.


El Universal, Caracas, 2 de octubre de 2012


Ya en vísperas de la contienda electoral en Venezuela, vale la pena detenerse a apuntar ciertas reflexiones. Más allá de los méritos que pueda tener uno u otro candidato, más allá de sus posibles imperfecciones, cabría referirse al sistema y al papel que toca jugar a los ciudadanos a la hora de decidir cuál es el curso que han de tomar los acontecimientos.

Debería valorarse que la posibilidad de votar es un privilegio: todavía hay muchas personas en el mundo que no disfrutan de esa opción.

Pueden cuestionarse a la democracia ciertas debilidades, empezando por la dudosa representatividad, tanto numérica como ideológica, de quienes pretenden erigirse en portavoces de un colectivo. Pero es innegable que entraña una manera de expresarse, de manifestar nuestro acuerdo o nuestra disconformidad con el estado de cosas, y que ofrece la posibilidad de imprimir un viraje a la marcha de los acontecimientos.
No es lícito lamentarse si, en paralelo, no se utilizan los mecanismos disponibles para transformar la realidad. No es posible permanecer en la contemplación pasiva de los hechos, como si nos fueran ajenos, cuando disponemos de herramientas para determinar el cauce por el que va a fluir nuestro futuro.

Asumir el rol de espectador supone ser cómplice de quienes inclinan la balanza en un sentido que no nos parece correcto, y es tanto como negar nuestro apoyo a quienes podrían defender las posiciones con las que concordamos.

Será que yo nací en el año 62, y me eduqué en la IV República, esa misma que engendró esta república nueva, tan corrupta y tan renqueante como la anterior. Pero tal vez entonces todavía estaba fresca la sangre de los héroes, y cercano el recuerdo de los horrores cometidos en la Seguridad Nacional, unos horrores tal vez no tan lejanos a ciertas prácticas que se rumorea son comunes en nuestro sistema penitenciario. Entonces, todavía recordábamos el precio que hubo que pagar por esta desmedrada y vilipendiada democracia. No tendría sentido el sacrificio de aquellos que se inmolaron para que pudiéramos expresarnos, si no somos capaces de esgrimir en el acto del sufragio el arma que nos legaron.

Muchas cosas podrían decirse acerca de las posibilidades pedagógicas que encierran estas elecciones. Podrían discutirse los modelos de Estado, las estructuras ideológicas que subyacen detrás de las propuestas de cada candidato, la elaboración de planes y programas, las formas de participación ciudadana. Pero seguro que nada será tan útil y eficaz como el ejemplo de un posicionamiento responsable, de un compromiso que se hace efectivo a través del voto.

Decía Voltaire: “Yo no estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero con gusto entregaría mi vida para que usted pudiera decirlo”. Ese es el mensaje: no importa lo que usted quiera decir, pero dígalo. Dígalo en las urnas este 7 de octubre.  Cuando usted se manifiesta a favor de uno u otro candidato, está expresando su opinión acerca de la realidad que le circunda, y está influyendo en la manera en que a partir de las elecciones van a conducirse las cosas.

Usted tiene la posibilidad de imprimir un golpe de timón al presente. Su calidad de vida se verá significativamente condicionada por los resultados de estos comicios, así que no se abstenga: participe, manifiéstese, involúcrese. Hay una dosis de poder en sus manos: úsela. Porque hay que poner los medios; hay que propiciar que ocurran las cosas que queremos que ocurran, sin obviar la cuota de responsabilidad de la que estamos investidos en conciencia: a Dios rogando, y con el mazo dando.

martes, 25 de septiembre de 2012

Toda una vida



El Universal, 25 de septiembre de 2012



Decía Winston Churchill que el éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse.
Las razones por las que una persona toma la decisión de no seguir adelante con su vida conyugal pueden ser muy diversas, y en ocasiones dar este paso comporta un importante nivel de sufrimiento.

Cuando cesa la convivencia, la situación puede enfocarse desde dos perspectivas: la civil, dentro de la cual pueden sobrevenir la separación o el divorcio, y la religiosa. En cualquier caso, se trata de establecer las pautas que han de regir la relación entre cónyuges que no cohabitan.

Rosa Corazón, matrimonialista y abogada ante el Tribunal de la Rota , estima una “incongruencia jurídica” el hecho de que un juez pueda “decretar” la disolución del vínculo matrimonial, puesto que el matrimonio no tiene lugar porque el juez lo declare tal, sino porque los cónyuges libre y voluntariamente se comprometen el uno con el otro. Lo que da lugar al matrimonio es el consentimiento, la aceptación voluntaria por parte de los novios del rol que cada uno pasará a desempeñar en la vida de pareja. De este modo, tanto el juez como el sacerdote son apenas testigos del compromiso que los cónyuges asumen el uno para con el otro.
En el ámbito religioso, el vínculo matrimonial es indisoluble. Así pues, el término nulidad alude a la situación en la que se identifica alguna razón por la cual el matrimonio no fue tal en sus orígenes: no se trata de disolver el vínculo matrimonial, sino de reconocer que nunca hubo matrimonio, aunque éste se celebrase. Se trataba sólo de un matrimonio en apariencia.

¿Qué ocurre, pues, con el “hasta que la muerte los separe”? La tasa de divorcios parece indicar que las relaciones tienen fecha de caducidad. Un estudio llevado a cabo en Reino Unido, cuyos resultados ha publicado el diario Daily Mail, estima el fatídico plazo en 10 años y 11 meses, al cabo de los cuales el aburrimiento y la rutina comienzan a hacer mella en la relación.

Por otra parte, la naturaleza de nuestra especie requiere que los humanos permanezcamos en pareja al menos el tiempo necesario para criar un hijo. La antropóloga Helen Fischer realizó estudios en diferentes grupos culturales y descubrió que tanto la tendencia a tener hijos como la tendencia a separarse rondan los cuatro años, por lo que calculó que ése era el tiempo necesario para que la pareja se reprodujera y el vástago llegara a valerse con un solo progenitor.

También es posible interpretar la sensación de enamoramiento como producto de los altos niveles de dopamina, testosterona y norepinefrina que se producen al principio de una relación. Nuestro organismo no puede soportar durante mucho tiempo esta sobrecarga química, por lo que ésta desciende y, con ella, decae también la euforia del amor en sus primeros tiempos. En este ámbito se estima que la pasión podría durar de uno a tres años.
Sin embargo, la realidad contradice, al menos en parte, todos estos presupuestos: innumerables parejas mantienen relaciones que perduran a través de los años.
Cierta investigación, efectuada por la Universidad Stony Brook de New York, sometió a una resonancia magnética del cerebro a 17 personas cuya relación amorosa sobrepasaba los 21 años. Los resultados demostraron que en ellos se activaban las mismas áreas del cerebro al pensar en sus parejas que en personas que se encontraban en la fase inicial del enamoramiento. ¿Cómo puede explicarse este fenómeno? Y es que no todo se reduce a procesos neuroquímicos: hay otros elementos que resultan determinantes para que una relación se prolongue.

Posiblemente la clave de estas parejas que perduran se encuentra, precisamente, en el deseo de permanecer fieles a la empresa de mantener a flote la relación a pesar de todos los embates, y seguramente la perseverancia y el compromiso son valores que deberíamos cultivar como parte de cualquier estrategia de logro.

¿Síndrome post-vacacional?


El Universal, 18 de septiembre de 2012


Los preparativos que anuncian la vuelta a clases suelen generar gran ilusión. Estrenar uniforme, preparar los útiles escolares o pensar en el reencuentro con los amigos, puede despertar entusiasmo pero, de la mano con esta agradable expectativa, puede presentarse también cierto grado de ansiedad.

Aunque tal vez desde hace tiempo ha venido padeciéndose, sólo en fecha reciente se ha identificado el síndrome post-vacacional, malestar físico y psíquico que acusan algunas personas de cara a la reincorporación a su actividad laboral. El regreso a la rutina puede suponer cierto tedio, mayor responsabilidad, horarios más rígidos y, en suma, una mayor tensión nerviosa.

En algunos casos, el síndrome post-vacacional responde a una percepción del trabajo como algo desagradable, y desaparece normalmente a los pocos días de reemprender la actividad. Sólo a veces los síntomas persisten por un tiempo prolongado, situación que puede ameritar atención especializada.
En principio, se trata apenas de una fase de adaptación. Se ignora si es el ritmo de vida actual el que ocasiona que se encare con tanta ansiedad la rutina laboral, o si siempre ha existido este tipo de malestar sin que se hubiera tipificado como un síndrome propiamente dicho.

Entre los síntomas más frecuentes pueden presentarse cansancio, fatiga, molestias estomacales, pérdida del apetito y dificultad para conciliar el sueño, acompañados a nivel psíquico de una sensación de tristeza, desinterés y a menudo deseos de cambiar de trabajo. Humbelina Robles Ortega, investigadora de la Universidad de Granada, considera que las manifestaciones físicas no son más que una somatización del malestar psíquico.

Tampoco los niños escapan a la presión que supone volver a clases. Durante las vacaciones han pasado más tiempo con los padres, haciendo cosas que les gustan y sin muchas responsabilidades. Retomar la actividad escolar supone un cambio de ritmo, y la adaptación requiere tiempo y paciencia.

Aunque se trata de una situación que ya han experimentado antes, cada curso supone un mayor nivel de dificultad, por lo cual se percibe como un reto. Al mismo tiempo, la personalidad del niño también varía de un año a otro: un mayor grado de responsabilidad y compromiso incide también en el nivel de ansiedad al cuestionarse la dificultad de la tarea por realizar y la propia capacidad para alcanzar las metas.
Apatía, decaimiento, falta de concentración, ansiedad e irritabilidad figuran entre las manifestaciones más comunes que revelan el malestar respecto al cambio de rutina.

Un factor muy importante es la percepción que el niño tenga de la escuela, así que fomentar una actitud positiva hacia ella es de gran utilidad. Conviene conversar acerca de lo que se hace allí y cuál es su objetivo, enfatizando en aspectos agradables y positivos.

Otro asunto de importancia es la progresiva adaptación al horario escolar. Es deseable que se vaya modificando gradualmente la hora de ir a dormir y la de despertarse en los días previos al inicio de clases, para evitar la sensación de cansancio que acompaña el cambio abrupto en las horas de sueño. También el repasar algunos temas en casa evitará la sensación de “sentirse perdidos” en el aula, sin recordar de lo que se está hablando.

Tanto en adultos como en niños la clave parece ser el asumir el cambio de manera gradual, para lo que se aconseja volver unos días antes a casa si se ha estado de viaje, eliminar gradualmente hábitos adquiridos durante las vacaciones, como acostarse tarde o dormir la siesta, y planificar actividades gratificantes que se intercalen en la rutina laboral, para evitar la sensación de que los momentos agradables desaparecen con la reincorporación al trabajo.

Hay que estar consciente del esfuerzo que supone para el niño la vuelta a la rutina para ayudarle a atravesar por esta fase de adaptación con paciencia, lo que favorecerá su actitud hacia la escuela y repercutirá, sin duda, en su actuación y rendimiento.