martes, 28 de octubre de 2014

Puente


El Universal, 28 de octubre de 2014


Más que poner en luz los propios pareceres, escribir es dejar caer un guante ante nuestro interlocutor, por ver si se anima a recogerlo. Se vuelcan en el texto las propias impresiones, la propia explicación del mundo (el material y el intangible), pero no como un acto hedonista en el que se pontifica como si se estuviera en posesión de una verdad incuestionable; no como un ejercicio terapéutico en que se organizan las ideas. Si este último fuera el caso, bastaría con garrapatear un diario que se mantuviera dormitando en el fondo de un cajón.

No. Escribir un texto que ha de ser público es embutir un mensaje en una botella y lanzarla al océano, sin saber en qué playa acabará ni qué manos habrán de recibirla. Es como despedir un barco de papel en el torrente efímero que corre pegado al borde de la acera y enviarlo a recorrer el mundo. Escribir es abrir una puerta, es lanzar un anzuelo, es encabezar una rebelión, es provocar. Poner el alma desnuda en algo que deja de pertenecernos y es propiedad de todos en el momento preciso en que se publica por vez primera.

Es exhibir impúdicamente tus miserias, tus errores, y compartir lo que se gesta en la íntima oscuridad de tu ser, para que otros puedan verlo, pero sobre todo, para que puedan contestarlo.

Escribir, en fin, es tender un puente. Un puente como esos en que se besan los enamorados, suspendidos sobre el tumultuoso caudal de la realidad. Un puente que comunica dos orillas; un puente edificado hacia otras personas por el que he visto venir, en buena hora, muchos que hoy son muy importantes en mi vida.

Diría Umberto Eco que se opera una síntesis entre lo que el autor de una obra forja, dejando en ella mucho de sí, y lo que percibe aquel que se aproxima a esa obra, con su propia historia, sus propias lecturas e interpretaciones.

Nunca puede ser más enriquecedor un encuentro que cuando ambas partes pueden comunicarse recíprocamente los significados que atribuyen a aquello que les vincula, a la obra.
Estas líneas son apenas un ejercicio de humildad, de gratitud, especialmente a aquellos que han escuchado mi voz y han respondido mi mensaje, para los que apenas se han atrevido a acercarse y los que se han quedado para siempre en mi vida.

Gracias por haber atravesado el puente hasta esta orilla.

martes, 21 de octubre de 2014

San Rafael


El Universal, 21 de octubre de 2014


Cuando los adultos de mi casa daban la dirección por teléfono, siempre terminaban refrendando las señas con la misma coletilla: “frente a la puerta lateral de la Iglesia de San Rafael”…… que tampoco nadie sabía dónde estaba. Pero era verdad. Mi vecino más próximo, mi escenario cotidiano y mi lugar de juegos favoritos era la iglesia de San Rafael. 

Mis primeros recuerdos de la iglesia van asociados a un sacristán gordo y calvo que se llamaba Enrique y nos preparaba unas deliciosas croquetas de pescado, como buen español. Recuerdo al padre Alterio, que me regaló una muñeca que había sido enviada a la parroquia con fines caritativos, y que tenía en las tripas una cajita de música. La conservé hasta bien mayor, junto con el cariño por ese sacerdote, a quien simplemente dejé de ver. Ido el padre Alterio, llegó el Padre Carlo, un sacerdote italiano que había vivido por años en la Argentina y que, probablemente en razón del gentilicio, encajó perfectamente en la casa, convirtiéndose en un miembro más de la familia.

Allí, salvo el Instituto Pediátrico, todo se llamaba San Rafael: Avenida San Rafael, Abastos San Rafael, Carnicería San Rafael, línea de taxis San Rafael…. Más allá, el colegio San José de Tarbes, y a continuación, La Ermita, que llegaría a ser el bunker inexpugnable de Jaime Lusinchi…. Esa era la frontera donde comenzaba “el mundo”…
Allí se encontraba también la escuela de Ballet de Steffy Stahl, el target inalcanzable al que mis siete años propendían, ambicionando verme con un tutú rosa y una pielecita de conejo, que también servía de alfombra para la Barbie, colocada dentro de las zapatillas, como otras de mis vecinitas.

Evoco los personajes que poblaban ese microcosmos de mi niñez, cuya presencia se hacía especialmente ostensible al llegar la fiesta de San Rafael. Se conjuntaban allí las monjas que habían sido transferidas a otros destino y regresaban, fieles a la tradición; las mujeres que “habían servido” en las casas del vecindario y volvían implorando al santo algún favor, más frecuentemente relacionado con la salud; devotos y curiosos atraídos por aquel espectáculo pueblerino en el que convergía todo el fervor que parecía de mal gusto entre tanta sifrinería durante el resto del año.

Se celebraba el último domingo de octubre. A la misa, sucedía la procesión. El “festejo” comenzaba propiamente cuando, a la hora de la elevación, las notas de nuestro Himno Nacional se dejaban escuchar en los instrumentos de la Banda Marcial de la policía, porque curiosamente Maripérez y Simón Rodríguez también pertenecían, en términos parroquiales, a San Rafael, que se extendía al parecer como en los textos antiguos: “hasta donde la vista alcanza”


Porque la idea era, claro, que participaran todos los sectores de la parroquia en homenaje a su santo patrón. Y así, como la policía aportaba la banda marcial que acompañaba la procesión en todo su recorrido, eran los conductores de taxi quienes habían comprado la imagen del arcángel que se sacaba en andas, y eran ellos quienes la portaban, con la mayor solemnidad, turnándose para cargar con el venerable peso. Los propietarios del abasto y la carnicería sufragaban los espectaculares fuegos artificiales con que se daba por finalizado el festejo, y que culminaban con un aparato pirotécnico situado en la casa de mis vecinos que se iba encendiendo hasta dejar iluminada una estampa rectangular del ángel, según la más pura tradición de los pueblos de las costas italianas.

Encabezaba la procesión, cómo no, el Padre Carlo. Y después los señores de la línea de taxis con la imagen. Y detrás, una miríada de angelitos, entre los cuales, como es natural, solía esta yo, el angelito con gafas.

Detrás, seguían las monjas y, rezando el rosario o cantando, alternativamente, las niñas de la Casa Hogar San Rafael, que por sí sola merecería un texto, y a continuación la banda marcial y, por último, la riada de gente que conformaba el grueso de una procesión que se limitaba a dar la vuelta a la manzana entre el estruendo de música, tracas y oraciones….. Recuerdo particularmente una casa, que fue sucesivamente ancianato, escuela de computación y albergue de menores. Y recuerdo con tristeza cómo se asomaban a las terrazas y balcones las personas mayores, impedidas, para ver pasar con fe la imagen del arcángel.

Cómo no recordar la fiesta de San Rafael…. Se aproxima el 24 de octubre, y no evoco el día de la celebración, del regreso de los ausentes, del fervor popular.Y sin embargo, no puede uno dejar de preguntarse, con un tanto de nostalgia, en dónde está esa Caracas ingenua en donde se podían hacer todas esas cosas.

martes, 14 de octubre de 2014

Excalibur



El Universal, 14. de octubre de 2014

Al final “eutanasiaron” a Excalibur. Con este evento concluye el prólogo de lo que puede ser una historia de horror, que comienza cuando las autoridades sanitarias españolas, en contra del sentido común, de la opinión pública y del consejo experto, trasladaron a Madrid dos misioneros que habían contraído ébola en Liberia.

Si hay algo que me entusiasma del gentilicio español, que comparto con orgullo desde hace años, es la solidaridad de que hacen gala mis connacionales de adopción. Es un rasgo que se hace ostensible, por ejemplo, en la vocación de manifestarse: surta efecto o no, el español medio se vuelca a las calles con el propósito de hacer oír su voz tan pronto como hay una causa que despierte su fervor. La gente se forma rápidamente una opinión y busca la manera de comunicarla, sin importar si el asunto les afecta directamente o no.

Probablemente este mismo espíritu solidario fue el que animó la decisión de repatriar a Miguel Pajares y Manuel García Viejo, contagiados de ébola. Este gesto magnánimo, que dicen ha abierto las puertas de Europa al virus, parece estar consustanciado con la idea de que es tarea de los gobiernos velar por todos y cada uno de su ciudadanos, y alineado con una afirmación de la "Declaración del encuentro del Comité Internacional de Emergencia para Regulaciones Sanitarias relacionadas con el brote de ébola en África Occidental", según la cual los estados deberían estar preparados para facilitar la evacuación y repatriación de nacionales (por ejemplo, trabajadores sanitarios) que hubieran estado expuestos al ébola.

Sin embargo, otras recomendaciones contenidas en el mismo documento, no parecen haber sido tomadas en cuenta. Hay quien considera temerario el haber trasladado los dos misioneros a Europa, con el consiguiente incremento del riesgo de contagio para la población del continente, en lugar de haber implementado un operativo que permitiera brindarles atención sanitaria en los lugares en que se encontraban afectados, lo que de paso hubiera redundado en beneficio de otros pacientes de las zonas en cuestión. Pero, más grave aún es, habiendo tomado la decisión de repatriar a los infectados, no extremar las precauciones para evitar que la enfermedad se propagase.

A la fecha, consta un caso de contagio: una de las enfermeras que asistió a los dos misioneros en un hospital madrileño. Las incidencias en torno al diagnóstico y posible aislamiento precautelativo de quienes se hubieran visto involucrados en la atención de los enfermos infectados de ébola han sido objeto de infinitas discusiones. Quizá el haber puesto fin a la vida de Excalibur, el perro de la enfermera infectada, constituiría un flagrante caso de especismo: de la misma forma que no ha se procedido a ejecutar preventivamente a ninguna de las personas en riesgo de haber contraído la enfermedad,
la decisión de sacrificar a la mascota suena precipitada en la medida en que no se había verificado si el animal estaba efectivamente infectado o no. Cientos de miles de personas firmaron una petición en la web Change.org en la que se pedía poner en cuarentena a Excalibur. Diversos expertos, como el doctor Peter Cowen, de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, y Éric Leroy, coautor de una investigación realizada en Gabón acerca de la relación de los animales con la transmisión del ébola, consideraban que Excalibur hubiera podido ayudar a entender mejor cómo se produce el contagio. Pero, al parecer, España no contaba con un animalario acorde con los niveles de seguridad necesarios para alojar al perro

Diversas consideraciones pueden hacerse alrededor de lo sucedido, de lo que mucho puede educir la comunidad internacional. A destacar, la responsabilidad de las autoridades en la implementación y seguimiento de las estrategias de seguridad diseñadas para proteger la salud pública, y el mérito de quienes se ven expuestos a diversos riesgos en el desempeño de su profesión.

Excalibur, sin duda, resulta la víctima más evidente de un inadecuado manejo de la situación, que subraya la importancia de velar porque se cumplan los protocolos previstos en torno a ésta y otras enfermedades en todos los países del mundo.

martes, 7 de octubre de 2014

Vientre Primerizo


El Universal, 7 de octubre de 2014


En los tiempos que corren, el advenimiento de un libro viene a resultar no solo un acontecimiento digno de ser celebrado per se, sino también una muy motivadora inspiración para asumir cualquier reto. Por una parte, cristalizan en sus páginas el tiempo y el esfuerzo invertidos en crear un puente a través del cual quien escribe despierta en el lector determinadas sensaciones, haciéndole partícipe de su propio pensamiento; por otra, también confluye en su publicación el trabajo de un sinnúmero de personas involucradas en cada una de las etapas previas al lanzamiento de la obra.

Tal es el caso de Vientre primerizo, el segundo proyecto que la polifacética Gabriela Olivo de Alba emprende de la mano de la Editorial Lector Cómplice, constituyendo un tándem absolutamente exitoso.

Su concepto trasciende la noción convencional de la obra, evolucionando hacia el libro-objeto, de modo que el trabajo creativo no se agota en la producción del texto, sino que se extiende al propio continente, haciendo de cada ejemplar una pieza única y diferenciada. En efecto, la autora modifica cada uno de los libros, interviniéndolos al añadir detalles particulares que pueden incluir desde la impresión manual de algún sello, hasta la inserción de pequeños y sutiles objetos que sorprenden al lector cuando recorre sus páginas.


Vientre primerizo constituye, en alguna medida, parte de un proceso catártico en el que la escritora pretende digerir el distanciamiento de quien fuera uno de sus más importantes interlocutores a nivel creativo, Ernesto Bañuelos, fallecido en 1987. Tal y como explica su autora, el libro no constituye una recopilación de textos biográficos propiamente dichos, sino más bien la síntesis de los múltiples puntos de contacto en que Bañuelos y Gabriela convergían y que van dejando su impronta aquí y allá a lo largo de los diferentes episodios del discurso narrativo, estructurado en tres partes: Detente, Vientre Primerizo y Hura crepitans. Al respecto, Gabriela señala: “era tal la cercanía entre nosotros que en ocasiones tomábamos prestadas las vivencias y anécdotas del otro como si fueran propias, de tal forma que a veces era difícil asegurar quién había aportado una cosa o tal otra al conjunto de la pieza”

Esta mexicana, vinculada a Venezuela mediante lazos que incluyen desde las visitas realizadas a temprana edad a su padre, que vivía en Caracas, hasta su desempeño como Agregado Cultural en nuestro país, ha incursionado con éxito en distintos campos del arte, hallando en el performance uno de sus canales de expresión predilectos. Actriz, diplomática y profesora universitaria, ha destacado, no obstante, también como fotógrafa y, más recientemente, como escritora, particularmente a través de Ojo de la Cerradura, lo que ella denominaría un “diario onírico”, una transcripción de sus sueños narrados magistralmente con un lenguaje directo y no por ello menos rico en imágenes.


Vientre Primerizo es pródigo, así mismo, en imágenes, insertando fotografías tanto de la propia Gabriela Olivo de Alba, como de su hijo Mauricio Arechavala, que ya tiene varios años de andadura en el oficio.

Por su parte, la Editorial Lector Cómplice es la faceta más visible de la Fundación que lleva el mismo nombre, surgida en Los Teques a mediados del 2006. En los últimos dos años ha publicado 37 obras que incluyen cuentos infantiles, ensayos, novelas y poesía, y en breve verán la luz cuatro libros más, según señala la dinámica Lesbia Quintero, quien encabeza el equipo editorial que ha suscrito los dos proyectos de Gabriela, tanto Ojo de la Cerradura como Vientre Primerizo.

Resulta del todo estimulante comprobar no sólo cómo sigue bullendo la creatividad en nuestro país, sino también cómo hay quien se arriesga para llevar adelante nuevos proyectos y los saca adelante, a pesar de las previsibles vicisitudes. Será una prueba más de que la clave está centrar la atención en los resultados que esperamos y en no definir nuestra actitud por los obstáculos, que no deben distraernos de la meta más que el tiempo indispensable para pensar en cómo sortearlos.

martes, 23 de septiembre de 2014

Machismo sí, machismo no….


El Universal, 23 de septiembre de 2014

En días pasados, uno de mis más brillantes interlocutores puntualizaba el hecho de que a menudo permanecemos impasibles ante una serie de aseveraciones, de escenas, de costumbres, que entrañan flagrantes violaciones a la igualdad de género. Se trata de ideas que han recibido tan amplia difusión que ni siquiera nos alteran: ¡no las detectamos!

Seguimos contándoles a nuestros hijos los mismos cuentos, a través de los cuales les inoculamos algunas creencias, a las que hemos sobrevivido, es cierto, pero que en ningún caso deberían continuar extendiéndose. ¿Quién se atrevería a negar que la romántica historia de la Cenicienta, por citar un ejemplo, propugna el matrimonio como forma de promoción social y como estrategia para resolver un problema? ¿Quién se atrevería a sugerir a sus hijas que permanecieran en actitud contemplativa y resignada hasta poder descargar en las espaldas de algún infortunado galán todo el peso de la responsabilidad por la felicidad propia?

Es comprensible. Estas historias reflejan el pensamiento y las pautas culturales vigentes en el momento en que surgieron, pero ya va siendo hora de que dejen de narrarse sin hacer la salvedad de que existen otros comportamientos alternativos por los que es posible optar.
El 18 de noviembre de 1949 se estrenó en Estados Unidos “La costilla de Adán”, una película en la que los protagonistas, una pareja de abogados, encarnados por Spencer Tracy y Katherine Hepburn, se ven enfrentados cuando asumen respectivamente el rol de abogado defensor y fiscal acusador del mismo caso: un intento de asesinato. La acusada habría disparado torpemente y sin mirar a su marido cuando lo descubre in fraganti con otra mujer. La reflexión de Hepburn a lo largo de la comedia es la siguiente: ¿se percibe de la misma manera una falta cuando es cometida por un hombre que cuando la comete una mujer? ¿Por qué hay comportamientos que nos parecen naturales en un género y no en otro?

La película concluye, todo hay que decirlo, con la célebre frase “Vive la différence!”, con la que se celebra la disimilitud entre sexos que enriquece y matiza la vida humana. Ya no se trata de un tópico: la diferencia entre hombres y mujeres es un hecho constatado. Pero es que no se trata de quehombres y mujeres sean iguales: se trata de que tengan las mismas oportunidades y los mismos derechos. Y ello pasa por adquirir el mismo grado de autonomía, de manera que, cuando surjan los afectos, respondan al “te necesito porque te quiero”, y no al “te quiero porque te necesito”.

El hecho es que, sumidos en nuestra cultura, se encuentra una serie de clichés que contemplamos con naturalidad, cultivados al calor de la publicidad que los perpetúa.
La violencia de género a menudo se confunde erróneamente con la violencia en contra de la mujer, cuando en realidad se trata de manifestaciones ejercidas física o psicológicamente en contra de cualquier persona o colectivo en razón de su género, incluyendo homosexuales, bisexuales y transexuales. Aunque es menos frecuente, también puede dirigirse hacia los hombres, quienes podrían lamentar verse definidos invariablemente por determinadas etiquetas socio-culturales con el mismo frustrante resultado que padecen las mujeres. 

De hecho, en días pasados, me sorprendieron positivamente ciertas reflexiones vertidas por José María Ruiz Soroa en el diario digital de Álava “elcorreo.com”. El articulista se admiraba de los términos en que dos señoras se habían expresado acerca del conocido escritor Arturo Pérez-Reverte, para terminar apostrofándolo de hombrecillo: “No lo entiendo. ¿Por qué 'hombrecillo', y no 'personajillo' o 'ser limitado' o 'autor nimio'? ¿Por qué recurren las dos féminas a la condición sexual de Pérez-Reverte para poder rebajarle? ¿Y por qué lo hacen precisamente disminuyendo esta capacidad masculina del escritor? ¿Por qué llamar 'hombrecillo' u 'hombre pequeño' o 'poco hombre' a alguien cuando se le quiere criticar o afear la conducta? ¿No se están aceptando al hablar de esta manera todos los parámetros implícitos, precisamente, en las valoraciones machistas de muchos hombres?”

Si bien tradicionalmente han sido las mujeres quienes han llevado la peor parte , también los hombres se han visto fustigados por principios tan aberrantes y ya vituperados como el de que los niños no lloran, sin ir más lejos; y ciertos feminismos, en lugar de abogar por los derechos de la mujer, la han puesto a veces en evidencia, al pretender privarla de lo que le es propio por naturaleza.

No se puede borrar de un plumazo lo que se ha gestado a lo largo de siglos, pero sí se debe crear cierta conciencia que nos incite a permaneceralertas, a identificar y neutralizar ciertos mensajes sexistas , evitando que se transmitan a las nuevas generaciones, sin caer en fanatismos ni negar lo que es maravilloso: “Vive la différence!”

martes, 16 de septiembre de 2014

Aquel Cantor

El Universal, 16 de septiembre de 2014

En días pasados tuve el privilegio (así lo considero) de asistir en Madrid a una exhibición privada de la película “Aquel cantor”, creada en torno a la figura de Alfredo Sadel , tenor favorito de Venezuela.

El film, homónimo de la canción con la que el cantante se haría acreedor al primer lugar en el Festival de la Voz de Oro de Venezuela, desvela los entretelones de una historia en la que, junto a los evidentes atributos que contribuyeron a hacer de Sadel una estrella, como su atractivo físico, su portentosa voz o su afabilidad, se muestra el reverso de la moneda: el permanente asedio al que se veía sometido y la disciplina férrea con que acometía el estudio continuamente en pos de la excelencia, atreviéndose incluso a incursionar en otros terrenos, cuando bien hubiera podido dormirse en los laureles que había cosechado en el ámbito de la música popular.

La producción de Celia Gómez y del conocido periodista y cineasta Alfredo Sánchez, hijo del cantante, nos muestra a un Sadel emotivo, humano y serenatero. Nos descubre su faceta de dibujante, gracias a la cual entablaría una perdurable amistad con el maestro Carlos Cruz- Diez, con quien trabajaría en una conocida agencia de publicidad; nos narra su incursión en la industria filmográfica norteamericana a través de la Metro-Goldwyn-Mayer, y relata su inmersión en el mundo de la ópera, en donde también llegaría a obtener reconocimiento.

Así mismo, el documental reseña la continua labor de Sadel en pro de la democracia, como defensor de la pluralidad de pensamiento y benefactor de muchos venezolanos que permanecían en el exilio, consustanciados con las más diversas ideologías, a pesar de las vinculaciones que hayan querido establecerse entre el cantante y algún partido político.
Sin embargo, más allá de la figura de Sadel, sobre quien mucho se ha escrito ya y con razón, la película merece ser encomiada por diversas razones. Resulta exitosa la manera de construir el relato, alternando las narraciones efectuadas en primera persona por el propio artista con la participación de quienes lo conocieron y siguieron su trayectoria, muchos de ellos ya desparecidos hoy, como Celia Cruz , José Ignacio Cabrujas o
Libertad Lamarque. Con ello, la cinta adquiere el mérito adicional de atesorar las intervenciones de importantes personalidades que, más que marcar una época, contribuyeron a construirla.

“Aquel Cantor” constituye, sin duda, un valioso documento que da cuenta del estado de cosas, el pensamiento y las motivaciones vigentes en un tiempo ya lejano.
Sadel se erige como figura central contra un fondo que va quedando descrito inadvertidamente, en sordina, y que llega a cobrar también, inevitablemente, un valor protagónico.

De la mano con la figura encantadora de quien fuera emblema de una generación, transitan unos valores ya preteridos, a partir de los cuales quiso Sadel orientar su vida, a saber: el amor por los suyos y el compromiso con la construcción de un país que se nos presenta en la película todo promesa, todo posibilidad, todo futuro.

Imposible no sentir nostalgia por ese espíritu de creación, de construcción, por la esperanza. A ver si nos re-embarga también ese mismo ánimo para hacer lo mejor que podamos, a partir de lo que tenemos, cada uno desde su lugar de trabajo, por nuestro país.

martes, 2 de septiembre de 2014

Preciosismo burocrático

El Universal, 2 de septiembre de 2014

Sin llegar a ser un pensador connotado, el barón Frédéric-Melchior Grimm perteneció, sin embargo, a lo más selecto de la intelectualidad de su época. Oriundo de Baviera, transcurrió gran parte de su vida en Francia, en donde alternaría con diversos enciclopedistas. Su correspondencia con Diderot y Catalina II sería publicada bajo el título de "Correspondance littéraire, philosophique et critique” en 1813, y recoge sus opiniones sobre arte, literatura y política.

Ya en una carta de 1765, Grimm expresaría: “ las oficinas, los funcionarios, secretarios, inspectores e intendentes no son nombrados en sus puestos para beneficiar el interés público: en realidad parecería que el interés público ha sido instaurado para que las oficinas puedan existir"

La tortuga de Mafalda, el personaje de Quino, se llama “Burocracia”, una clara alusión a la lentitud y torpeza del sistema, y el pensador mexicano Carlos Castillo Peraza terminaría por aseverar: “burocracia es el arte de convertir lo fácil en difícil por medio de lo inútil”. ¿Qué es lo que hace que la burocracia resulte tan antipática?


Su propia naturaleza entraña el germen de su inutilidad. Lo que en principio pareciera haber sido concebido para facilitar las cosas, se ha convertido a la postre en lo que entorpece que las cosas fluyan.
La burocracia procura establecer procedimientos estandarizados para dar curso a diferentes necesidades, lo que habría de garantizar la neutralidad, el tratamiento imparcial del usuario y la agilidad de gestión, al tratarse de una fórmula repetida una y otra vez. Sin embargo, esta estandarización redunda en que se vea marginado y desatendido todo lo que no quepa dentro de los parámetros previstos, encorsetados por la rigidez de la norma y difícilmente adaptables a nuevas circunstancias.

Aun animado por la buena voluntad de resolver las cosas, a veces un funcionario se encuentra atado de manos por el riesgo de inmiscuirse en las funciones de otro departamento o por verse subordinado dentro de una línea jerárquica en la que no goza de autonomía para tomar decisiones.

Pero, si esto es verdad en el ámbito de lo público, aquí y en todos lados, agravado además en ciertos casos por la corrupción y la negligencia, se desarrolla de manera similar en muchas esferas de la vida cotidiana.


En ocasiones las cosas se ralentizan y entorpecen a causa de la persona que aplica una norma que a veces es real, pero que a veces deriva de una creencia o suposición aceptada a lo largo de los años sin cuestionar su pertinencia . Por ello, sin llamar a la anarquía y sin detrimento de la calidad de los resultados, es necesario conferir cierta flexibilidad a los procedimientos para que estos sean eficaces, tendientes a lo que es su fin verdadero, viéndose cada quien movido a aplicar las normas de la manera más racional y útil posible. Quizá la clave radique, precisamente, en no perder de vista cuáles son nuestros objetivos.