martes, 19 de febrero de 2013

Rafael Catalán y el Colectivo Cillero


El Universal, 19 de febrero 2013





Descubrí la obra de Rafael Catalán Ynsa por azar. Una serie de acuarelas describía, desde una página web y con asombrosa fidelidad, los escenarios en que me desenvuelvo cotidianamente. No sólo era posible reconocer los lugares, sino también experimentar las mismas sensaciones que depara recorrerlos en la vida real. El artista lograba recrear la atmósfera que entrañaba cada rincón transcribiéndola al soporte, con lo que daba pruebas de una sensibilidad y agudeza únicas.
 
El hallazgo me llevó a investigar para descubrir un hombre polivalente, con un extraordinario talento y que, para mi sorpresa, encuentra en la arcilla el medio privilegiado para expresarse, prescindiendo del colorido delicado y de la volumetría transparente que despliega en las acuarelas que tanto me impresionaron.Porque Catalán es, ante todo, un ceramista, y su lenguaje plástico muta cuando se vuelca con estos materiales, impactando a través de las formas simples, el esgrafiado, las posibilidades expresivas de las texturas y la ocasional inclusión de un elemento colorido en sus monocromas playas de arcilla.

Si bien a lo largo de los años su producción ha incluido piezas de diferente volumen, en los últimos tiempos ha trabajado predominantemente en relieves de mediano formato, concebidos para ser colgados en la pared, interrumpiendo la monótona continuidad de su superficie. Estas Ventanas –que así ha querido llamarlas— se abren sobre dos realidades diferentes: una, la personal expresión de Rafael Catalán, y otra, el mundo circundante, o la impronta que el entorno deja en la sensibilidad del creador. Las ventanas son el marco en el que se produce un intercambio entre el espectador y el artista, lo que bellamente explicaría en un texto: “como un pájaro recorro tu interior y tú vuelas por mi mundo.”

La obre de Catalán se identifica con cierta ideología que exige un posicionamiento crítico del artista con respecto al contexto en el que emerge la obra. Esta identificación lo vincula de manera inequívoca con el Colectivo Cillero.

El Colectivo, surgido en 1997, toma su nombre del artista valenciano Andrés Cillero, creador del Grotesch-Art , “Gótico Lavable”. Profesor de las facultades de Bellas Artes de Valencia y de la Universidad Complutense de Madrid, fue Premio Nacional de Pintura en España y nombrado académico correspondiente por la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia poco antes de su fallecimiento.

El Colectivo está integrado en la actualidad por artistas de España, Francia, Portugal, Alemania, Croacia, Holanda, Italia y Japón, que trabajan en estrecha colaboración y que reflejan en su discurso plástico un proceso reflexivo acerca del curso que siguen los acontecimientos. Su proyecto expositivo bianual "Horizontes de silencio: ¿sueño o tragedia del hombre?", presentado en el Museu da Água de Lisboa a finales de 2012, se plantea hacia dónde va el hombre, haciendo suya una aseveración de Eduardo Galeano, según consta en el catálogo de la muestra: “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Catalán, que ha recibido diversos premios en pintura, cerámica y cartelería, nació en Barcelona en 1958, y comenzó su formación como ceramista en la Universidad Laboral de Cheste, Valencia. Prosiguió más tarde preparándose en Madrid, hasta ingresar en la Escuela de Arte Francisco Alcántara, que otrora fuera la Escuela Oficial de Cerámica.

El artista ha querido preservar la autenticidad de su obra evitando depender de ella económicamente, a fin de garantizar que la calidad plástica nunca se vea supeditada a otros aspectos más comerciales. Así pues, reparte su tiempo entre su trabajo y el taller que comparte diariamente desde el año 2004 con un grupo de artistas, en una cotidiana labor de reflexión que responde al planteamiento del Colectivo Cillero: “buscar unhorizonte, pintarlo, esculpirlo, moldearlo, escribirlo, fotografiarlo y, en definitiva, soñarlo, puede ser nuestra aportación a la consecución de un mundo más justo”.



sábado, 9 de febrero de 2013

Patrick Süskind y María Teresa Almarza


El Universal, 12 de febrero de 2013
“Si sigues haciendo lo mismo, vas a obtener los mismos resultados” sentenció María Teresa, mirándome por encima de la taza de café mientras parafraseaba a Einstein. Y esa imagen del gesto que se repite una y otra vez me remitió a lo que considero una pequeña joya de la literatura: La Paloma, del escritor bávaro Patrick Süskind, quien se diera a conocer principalmente a través de su libro “El perfume”, posteriormente llevado al cine.

La paloma, que no sabría si definir como un cuento largo o una novela corta, se desarrolla a lo largo de las 24 horas que conforman un día cualquiera en la vida de Jonathan Noel, un vigilante de banco. El protagonista, atrincherado en la monolítica seguridad de su rutina, se mueve según un cuidadoso plan pre-establecido en el que no hay cabida para la espontaneidad o la improvisación, hasta que un incidente sorpresivo viene a romper con la cómoda familiaridad de la cadena de acciones que emprende cada mañana: cuando se dispone a salir, descubre un inesperado visitante que se ha apostado frente a su puerta. Una paloma, un animal que se le antoja un bicho repugnante, le obstruye el paso.

La necesidad de encontrar una salida alternativa para no tener que atravesar por el umbral en el que está situada la paloma constituye apenas el primero de los trastornos que experimentará Noel durante una jornada llena de problemas por solucionar, pero que desembocará en la satisfacción de comprobarse capaz de resolver cualquier imprevisto, devolviendo a su vida cierta dosis de frescura.

La rutina constituye una fortaleza dentro de la que permanece protegido. Las situaciones que pueden presentarse son más o menos las mismas y ya están previstas las correspondientes soluciones. Noel se mantiene a salvo de los sobresaltos viviendo el mismo día una y otra vez, de la misma manera que el hámster recorre incansablemente los mismos treinta centímetros de la circunferencia de su rueda sin progresar hacia ningún lado. Es lo que llaman “permanecer en la zona de confort”.

Pero esta cómoda seguridad tiene su precio: supone renunciar a la satisfacción que comporta el éxito, la emoción del riesgo, el placer de la creación, la innovación, la autorrealización y el crecimiento personal. Y supone permanecer encarcelado en una realidad sin esperanzas de cambio.

Si bien es cierto que hay golpes de suerte que pueden imprimir un viraje a nuestras vidas, también es cierto que estos son más bien poco frecuentes. En vez de confiar al álea la evolución de las cosas, es más efectivo (y estimulante) responsabilizarnos por esos cambios, en la certeza de que ocurrirán porque estamos poniendo los medios para que así sea.

Comprender que en toda experiencia hay implícita una ganancia puede contribuir a moderar la ansiedad de exponerse a un “fracaso”: cuando se alcanza el objetivo, se experimenta la satisfacción del logro, y cuando no, simplemente se desecha una de las posibles vías de acción para llegar a la meta. Thomas Alva Edison lo explicaría muy bien al referirse a sus ensayos fallidos antes de lograr una bombilla que funcionara: no había fallado 999 veces, sino que había descubierto 999 formas de no hacer una bombilla.

María Teresa Almarza tiene una formación amplísima que podría avalar cualquier cosa que dijera: es experta en comunicaciones estratégicas, y además de haber sido directora de asuntos públicos y comunicaciones de Coca-Cola, se desempeñó como presidenta de la Asociación Nacional de Anunciantes de Venezuela, Vice-presidenta por América Latina en la Federación Mundial de Anunciantes y miembro fundador de la Asociación Civil Infantil Ronald McDonald. Pero la seguridad de su aseveración no provenía de su ya dilatada trayectoria profesional, sino del sentido común y de la experiencia humana tras muchos años de batalla. Ella apuesta por el cambio y el crecimiento. Por la esperanza.

A menudo permanecemos cautivos en situaciones que nosotros mismos podríamos modificar. Es entonces, en esos días, cuando agradecemos que aparezca una paloma.


martes, 5 de febrero de 2013

Las eternidades del Greco


El Universal, 5 de febrero de 2013


Aunque su intención nunca fue radicarse en Toledo (pretendía granjearse el apoyo de Felipe II y hacer carrera en la corte) la mayor parte de la vida de Doménikos Theotokópoulos, El Greco, y el grueso de su producción, se enmarcan en la llamada ciudad de las tres culturas, en la que se estableció a partir de 1577 tras permanecer en Italia unos diez años.

Dos rasgos signarían principalmente su obra: el primero, la temática, cónsona con el espíritu de la Contrarreforma que, desde la Arquidiócesis de Toledo, centro oficial del catolicismo español, pretendía defender los principios doctrinarios de la Iglesia; el otro, el manierismo, al que confiere el pintor rasgos particulares cada vez más definidos: figuras alargadas, de pálidas encarnaduras, con un manifiesto contraposto y un característico trabajo de la luz.


Fray Hortensio Féliz Paravicino, según El Greco
El caso es que en Toledo encontró el pintor un enclave propicio para alumbrar su producción, bajo el mecenazgo de diversos comitentes vinculados a la Iglesia. Quien en su tiempo fuera considerado un pintor excéntrico ha cobrado, con el correr de los años, el reconocimiento que pronosticara Fray Hortensio Félix Paravicino al escribir: “Creta le dio la vida, y los pinceles / Toledo mejor patria, donde empieza / a lograr con la muerte eternidades”.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, Toledo no necesita ningún elemento adicional para cautivar a quienes la visitan. La atención recaerá sobre ella, no obstante, en el 2014, cuando se conmemore el IV Centenario del fallecimiento del Greco.

Para la ocasión, se prevé realizar cuatro grandes exposiciones, que permitirán acoger en la ciudad más de doscientas obras del pintor. La atención oficial se ha centrado, al parecer, en la creación de un único gran museo del Greco, para lo que está previsto el traslado de las obras que se conservan en Toledo al Museo de Santa Cruz , en donde también se emplazará un centro de documentación.

En paralelo, mediante el impulso de un grupo de empresarios locales, surge la Sociedad de Eventos Culturales El Greco, que ha venido a encauzar una serie de iniciativas procedentes de diversos sectores de la vida toledana, y que guardan relación con la efeméride.

En momentos en que la economía española muestra serios indicios de recesión, la Sociedad ha gestionado acciones que involucran desde la producción de los típicos souvenirs, ya disponibles en algunos puntos de interés turístico, hasta otros proyectos de mayor envergadura, relacionados con la industria textil y con algunas bebidas, entre las que destacan el mazapán crema, creado para la ocasión por Licores Caro, y la Domus Greco, una cerveza de diseño lujosamente embotellada, pensada para ser consumida antes del 7 de abril del 2014, fecha del IV Centenario.


Resulta comprensible, dadas las circunstancias, que se muevan ciertos intereses económicos alrededor de la fecha. Pero el quehacer de la Sociedad no se ha restringido al ámbito comercial. Tal vez su principal mérito ha sido estimular cierto toledanismo, cierto grado de cohesión en torno a una de las más emblemáticas figuras de la ciudad. En su seno se ha promovido, por ejemplo, el reconocimiento a destacados personajes de Toledo, como el pintor Pablo Sanguino y el dramaturgo Antonio Martínez Ballesteros, y se ha procurado divulgar la vida y obra del Greco mediante un cómic ilustrado por Pedro Iznaola, con textos de Beatriz Cervera y Carlos Rodrigo.

La Sociedad ha logrado la participación de diversos sectores de la comunidad, promoviendo las sinergias, estimulado la conservación del patrimonio de la ciudad y contribuyendo al acervo cultural toledano. Una iniciativa tan exitosa, que ya comienza a ser emulada en otros lugares aledaños. Y, sin duda, una opción valiente y comprometida frente a la tendencia a dejar todo en manos de los sectores oficiales, demostrando que querer es poder, y poniendo en luz la responsabilidad del sector privado como motor de desarrollo.



martes, 29 de enero de 2013

FITUR, Venezuela y Ronald Tancredi


El Universal, 30 de enero de 2013

Desde mañana 30 de enero, y hasta el próximo 3 de febrero, se celebrará en Madrid la trigésimo tercera edición de la Feria Internacional de Turismo, FITUR, en la que participará Venezuela.
Básicamente, el evento facilita el contacto entre los especialistas del ramo, de modo que puedan promocionar y comercializar sus productos. En este sentido, 167 países y diversas regiones de España concurrirán poniendo de manifiesto las tendencias que conforman el perfil de la industria turística internacional hoy en día.
En esta oportunidad, además, la Feria servirá de marco para el encuentro de profesionales del enoturismo, centrados en regiones en las que tiene lugar la actividad vinícola, involucrando tanto su entorno natural como su oferta gastronómica y cultural. En este rubro confluirán unos veinte expositores.
Del mismo modo, se han reservado ciertos espacios en el recinto para foros monográficos. Entre ellos destacan FITURGREEN, una zona centrada en el ahorro energético y la eficiencia en la gestión hotelera, y FITURTECH, que versa sobre tecnología aplicada al turismo. Este foro contará con la presencia del astronauta español Pedro Duque.
Resulta gratificante encontrar, entre quienes gestionan el mercado turístico europeo, a un venezolano: Ronald Tancredi Hawkins. Vinculado a la industria hotelera, este joven ejecutivo, tras cinco años de exitosa labor en Londres, se encuentra ahora radicado en Madrid, movilizando lo relativo a los alojamientos existentes en la zona de Barcelona y en Portugal. Su profesionalidad y don de gentes le han valido una posición destacada en su carrera, en continuo ascenso.
Venezuela se promociona, a través de 13 empresas con stands emplazados en el Pabellon 3 del IFEMA, como un destino que ofrece turismo de aventura, familiar, rural; rico en eventos deportivos y culturales; apropiado para las rutas de montaña y el senderismo; con opciones solidarias y sostenibles (ecoturismo) y con diversas alternativas para los “city-breaks”, conocidos en castellano como “escapadas”: viajes breves a lugares cercanos, que no involucren importantes desplazamientos por razones de tiempo. Todo ello aunado al más relevante atractivo nacional: los 3726 kilómetros de costa que se extienden frente al Mar Caribe, desde Castillete hasta Punta Playa, además de los 280 kilómetros de costa Atlántica correspondientes a la zona en reclamación de la Guayana Esequiba, y sin abundar en los tesoros naturales del sur, donde se encuentra la caída de agua más alta del mundo, el Salto Angel, así como Canaima y los tepuyes, parte del relieve de la zona más antigua del planeta: el macizo guayanés.

El turismo constituye uno de los principales motores de desarrollo económico a nivel mundial. En Venezuela, concretamente, se concibe como herramienta para alcanzar la
inclusión social, creando empleo, generando fuentes de ingreso para pequeños y medianos emprendedores, e incorporando a los habitantes originarios de ciertas zonas a la actividad turística de sus respectivas regiones, principalmente en calidad de guías y como conocedores de la cultura de las etnias aborígenes venezolanas. Con ello se ha pretendido también combatir la explotación a la que se veían sometidos, en ciertos casos, algunos indígenas.
El turismo se presenta pues, dentro y fuera de FITUR, como una respuesta a las necesidades sociales y económicas del país, siempre y cuando pueda garantizarse al viajero la seguridad durante su permanencia, una apropiada vialidad para sus desplazamientos; organización y transparencia en el manejo de equipajes, traslados (taxis) y documentación, así como la puntualidad en sus vuelos. De no ser así, no conseguiremos salvar la deficiente publicidad que nos hace el boca a boca ni proyectarnos como el destino que publicitara Colón en carta a los Reyes Católicos, cuando bajo el slogan “Tierra de Gracia” se refiere a Venezuela como “las nuevas tierras que he descubierto, en las cuales tengo asentado en mi ánima que está el Paraíso Terrenal”…

¿Y dónde está José María Salvador?

El Universal, 15 de enero de 2013

El 18 de abril de 1978 comenzó a operar, sin una sede propia y con una exigua partida presupuestaria, la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, que ha visto desfilar por sus aulas infinidad de talentos que dejaron su impronta en el panorama de la cultura nacional.

Uno de los obstáculos que hubo de salvar su puesta en marcha fue la dificultad para encontrar expertos cuya calificación académica les permitiera desempeñarse como docentes universitarios: en Venezuela, hasta entonces, no había la posibilidad de obtener un grado a nivel superior en arte. Así pues, confluyeron allí muchas personalidades que procedían de otras áreas del conocimiento, como el eminentísimo musicólogo Daniel Salas (Farmacia) o el propio Isaac Chocrón, puntal del teatro venezolano (Literatura Comparada)

Coincidieron allí, así mismo, extranjeros que poseían títulos universitarios en arte, obtenidos en sus respectivos países. Entre estos últimos quisiera referirme concretamente al caso de José María Salvador, de quien cabría enfatizar tres rasgos fundamentales: su formación; su honestidad profesional; sus hechos.

Los dieciocho títulos universitarios que se suman a su carrera original, Filosofía y Letras (entre ellos, cuatro licenciaturas, tres maestrías y tres doctorados) aunados a las cinco lenguas que maneja, le han provisto de una formación interdisciplinaria que le permite hacer una interpretación globalizada del fenómeno artístico y le facilita el acceso a fuentes documentales originales, sin el sesgo que puede suponer la intervención de un traductor.

Seguramente la tarea que más satisfacciones le haya reportado es la efectuada con sus estudiantes, sobre todo en la investigación conjunta con tesistas. Sin embargo, su labor educativa no se ha restringido al quehacer docente y administrativo en la Universidad Central, sino que se extendió también al Departamento de Educación del Museo de Arte Contemporáneo, del que fuera encargado, y a otras funciones como colaborador del maestro José Antonio Abreu.

Su paso como Director Ejecutivo del Museo de Bellas Artes coincidió con la celebración del Cincuentenario de la institución, ocasión que aprovechó para obtener la donación de 42 obras de para la colección del Museo, iniciativa le valdría convertirse en la imagen de IBM dentro de la campaña publicitaria “Un hombre, una idea”.

Se negó reiteradamente a realizar autenticaciones y tasaciones, que le hubieran reportado importantes beneficios económicos, a fin de garantizar la honestidad de sus juicios críticos, y evitar que pudiera decirse que estos guardaban relación con sus intereses pecuniarios. Se mantuvo, quizá obcecadamente, fiel a sus principios, aún a costa de ser puesto en la picota, como cuando salvó su voto como miembro del jurado que otorgara el Premio Nacional de Artes Plásticas al talentoso Nelson Garrido, por considerar que la fotografía tenía su propio espacio como arte y que, al existir un Premio Nacional de Fotografía per se, no se justificaba que el de artes plásticas se confiriera a un fotógrafo.

Pero, sobre todo, cuando todo pase, cuando todos hayamos pasado, seguirá existiendo el legado que consume y ha consumido los últimos años de su actividad: el rescate de las fuentes documentales para el estudio de la historia de las artes plásticas del país, así como sus investigaciones acerca del arte venezolano del siglo XIX, centradas en temas como la exaltación del héroe, las pinturas cenitales del Teatro Municipal o figuras casi ignoradas por la historia oficial, como Ramón Bolet, a más de otras obras menos locales, como las referidas a la iconografía medieval, y que ya van redondeando más de cien publicaciones, que incluyen libros y artículos académicos.


¿Y dónde está José María Salvador? Donde siempre: donde pueda desempeñar calladamente su labor de investigación, que hoy es en la Universidad Complutense de Madrid, empeñado en su labor docente. Incansable e impertérrito, y sin desvincularse de su amada Caracas.

Te quiero por Internet


El Universal, 22 de enero de 2013

Los números son contundentes: una de cada dos nuevas parejas se conoce por internet. Al menos es lo que asegura el sociólogo norteamericano Michael Rosenfeld, Profesor Asociado en la Universidad de Stanford.

Rosenfeld, y su colega Reuben Thomas, profesor asistente del City College de Nueva York, han publicado dos textos que pretenden explorar las relaciones que se inician y desarrollan a través de la red: How Couples Meet and Stay Together (Cómo se conocen las parejas y permanecen juntas), a partir de los resultados de un estudio realizado en 2009 entre más de cuatro mil adultos, y Searching for a Mate: The Rise of the Internet as a Social Intermediary (La búsqueda de un compañero: el auge de Internet como un intermediario Social), datado en 2012.

Ambas publicaciones corroboran lo que parecía obvio: internet amplía sustancialmente las oportunidades de encontrar una persona afín con la que congeniar, extendiendo las posibilidades más allá de nuestro círculo de amistades, familiares y compañeros de estudio o trabajo inmediatos. Así mismo, las estadísticas parecen señalar que las parejas que se forman a partir de una relación a través de internet son tan estables como aquellas que se inician de cualquier otra forma.

Internet ofrece la posibilidad de conocer posibles parejas tanto de manera aleatoria, cuando se coincide por azar en foros o redes sociales, como de manera deliberada, a través de sites especializados en citas o contactos.

Algunas personas sienten reparo al emprender una relación con un desconocido, pero los eventuales riesgos son los mismos que podrían enfrentarse al abordar a alguien en un lugar público sin que nos sea presentado por una tercera persona que ya le conoce. En este sentido, quizá las páginas que requieren una suscripción minimizan los riesgos, al requerir la identificación del suscriptor y el pago mediante una tarjeta de crédito, con lo cual al menos los administradores del sitio conocen la verdadera identidad del usuario.

En las relaciones que se desarrollan por Internet lo que priva es, como en las antiguas relaciones epistolares, el lenguaje escrito.

José Hermida, en su obra Hablar sin palabras, afirma que la mayor parte de los datos que comunicamos son  transmitidos de forma no verbal. Si ello fuera cierto, una interacción restringida a la palabra implicaría la pérdida de una importante cantidad de información asociada a lo gestual y al tono de voz, que conducen en paralelo otros mensajes. De hecho, quienes estudian el lenguaje corporal pueden detectar a menudo contradicciones entre el contenido de lo que dice una persona y su gestualidad. Ello explica que a veces experimentemos visceralmente que lo que nos están diciendo no es cierto: aunque intelectualmente recibimos un mensaje, nuestro cerebro percibe e
identifica otras señales en nuestro interlocutor que ponen en luz una incongruencia. Así pues, el devenir de la relación que nace en la escritura no podría predecirse hasta que la comunicación se amplíe desde lo escrito (mail o chat) hacia la comunicación audiovisual (web cam).

En compensación, la comunicación escrita disminuye hasta cierto punto la incertidumbre, ya que la información viene dada en declaraciones precisas que reducen la subjetividad que introducimos al interpretar una determinada situación: no se trata de una conjetura que aventuramos, sino de una aseveración efectuada por nuestro interlocutor.

La solidez de estas relaciones se basa en los intereses comunes, en los valores similares que se ponen de manifiesto en la conversación, más allá de lo meramente físico, que suele predominar en los encuentros “reales”.

A través de internet se evitan los traslados, se salvan las distancias, se superan los horarios, se minimizan los riesgos. Cuando se agotan las fuentes de eventuales parejas (amigos de amigos, relaciones laborales..) siempre quedan los sitios de dating y los encuentros fortuitos en lugares de interés común, aunque no puedan sustituir el calor de otra mano en la nuestra.

linda.dambrosiom@gmail.com

¿Usted sabe a lo que sabe una hallaca?



El Universal, 8 de enero de 2013

En España, la persona que más sabe de hallacas se llama Eugenia Adam. No sólo hace gala de una magnífica sazón, haciendo honor a las tradiciones familiares (bastará recordar las recetas de Lutecia Adam, colaboradora regular en este diario) sino que además canaliza las apetencias de todos los que atravesamos por esta neurosis de vivir en ambos países al mismo tiempo, organizando desde hace varios años el concurso “La mejor hallaca de Madrid”.

Eugenia, además, es experta en preparar hallacas sin carne, lo cual redunda en el agradecimiento de las facciones vegetarianas de mi familia. Sin embargo, este año se marchó a la France, dejándome a la deriva en lo que a hallaquística se refiere. Ante la imposibilidad de prepararlas yo misma, comenzó el proceso para determinar a quién endilgarle la tarea.

Impensable sobrevivir a un fin de año sin hallacas. Más que una necesidad gastronómica, se trata de un requerimiento emocional. ¿A qué sabe una hallaca?

Seguro que sabe a todo lo que uno le ponga, lo cual varía según la región. Parientes próximas de tamales y pasteles, y de otros preparados similares que se consumen en toda América elaborados bajo el mismo concepto (una masa de maíz a la que se incorporan diversos ingredientes, y que puede cocerse o no en un envoltorio vegetal) en Venezuela tienen la particularidad de consumirse básicamente en la época decembrina, en tanto en otros países se consumen a lo largo de todo el año.

Francisco Herrera Luque explicaba el origen de esta costumbre: nuestros indígenas, al igual que los de otras regiones, se alimentaban en su pobreza de la tradicional masa de maíz a la que añadían un picadillo preparado con las sobras de los alimentos de “la casa grande” en que vivían los terratenientes. Al parecer, el obispo de Caracas, admirado por el contraste entre las suculentas cenas de los mantuanos y el pobre condumio de indios y negros, impuso como penitencia que por Navidad los poderosos comieran el mísero preparado que sus sirvientes, esclavos y manumisos, consumían regularmente, en lugar de las opulentas viandas a las que estaba acostumbrados. Dieron pues los mantuanos en respetar las indicaciones del pontífice, pero amañándolas a su modo, pues introdujeron en el picadillo del relleno toda clase de exquisiteces.

Así pues, la hallaca sabe a lo que sabe el picadillo. Pero es el caso que este año comencé a saborearlas aún antes de ponerlas en la olla. Comencé a degustarlas aún antes de que el proverbial olor de las hojas de plátano se esparciera por toda la casa y aun antes de que comenzara a bullir el agua para calentarlas. Las probé, incluso, antes de tenerlas conmigo.

Comencé a paladear su sabor en el momento justo en que crucé el umbral de la Panadería La Plaza, en el madrileño barrio de Carabanchel. De inmediato afloró la
amabilidad, si bien discreta, de quienes me atendieron, a todas luces compatriotas. Además de ponerse a mis órdenes, dieron rienda suelta a esa gentileza proverbial del venezolano, que va más allá de lo que la buena educación impone, más allá de lo que a la política comercial conviene, y que traduce el espíritu hospitalario propio de nuestra gente. Les faltó tiempo para compartir conmigo un pan de jamón preparado para ellos mismos con el “repele”, con los recortes de los otros panes de jamón preparados para los clientes, sazonado con las disculpas de que no fuera el mejor, porque lo habían preparado para consumo propio.

A eso me saben las hallacas: a cordialidad; a tarea compartida; a Navidad y a casa abierta. Me saben a mi gente y a mi país.

-¿Fuiste a buscar las hallacas?, me preguntó la amiga que me recomendó el sitio.
-Si. Bien amables- le dije. Y mi amiga tuvo que convenir:
- Como buenos venezolanos…