El Universal, 17 de agosto de 2015
En el año 2000 apareció Sombras en El Dorado, libro en el que el periodista Patrick Tierney denunciaba, tras una década de pesquisas, no solo los abusos cometidos contra los yanomami por personas y entidades que pretendían investigar esta etnia, sino también las distorsiones que se produjeron en la descripción de sus costumbres por parte de autores que son tenidos como clásicos, y cuyas obras son consideradas poco menos que ineludibles para referirse a esta cultura.
Estudios realizados por la Universidad de Michigan concluyeron, más tarde, que algunas de las acusaciones efectuadas por Tierney eran injustificadas o exageraban los hechos, al punto de que la Asociación de Antropología Americana retiró el apoyo que había prestado al libro, nominado a diversos premios. Tierney, sin embargo, logró que la atención internacional recayera sobre los derechos que asistían a la etnia, y alertó acerca la cautela con que debían ser leídos los textos de ciertos “gurús”.
Entre los autores contra los que arremetía el periodista se encontraban los norteamericanos Napoleon Chagnon y James Neel y, en menor medida, el investigador francés Jacques Lizot, habitualmente reverenciado como alumno que fue de Claude Lévi-Strauss, una de las grandes figuras de la antropología.
Con las reservas que puedan tenerse, el hecho es que Lizot convivió con los yanomami 24 años, entre 1968 y 1992, una experiencia que habría de rendir como fruto El Círculo de los Fuegos, una obra en la que se describe el modo de vida de la etnia y que recoge, sin duda, una visión del mundo que nos invita a reflexionar en mucho sentidos.
Resulta de particular interés la relación que los yanomami mantienen con los animales. En su sistema de creencias, cada persona tiene varias almas, una de las cuales, llamada noreshi, posee un “alter ego” animal que vive en la selva, cuya vida concluirá simultáneamente con la del ser humano. De hecho, a menudo la enfermedad es interpretada como resultado de alguna dolencia que padece ese animal.
Tratándose de un grupo originalmente nómada, cuyos desplazamientos se veían determinados sobre todo por el agotamiento del suelo en que tenían sus conucos, no han sido proclives a la ganadería ni al pastoreo. Consumen, sin embargo, productos de origen animal, y la cacería tiene un lugar preponderante entre sus costumbres, tanto para abastecerse de carne como por las connotaciones rituales que en ocasiones reviste. Pero, para ellos, todo aquello que recibe alimento de la mano del hombre pasa a ser yanomami, esto es: gente, humano, persona.
Esta idea resulta especialmente iluminadora: ¿cuán ético es coadyuvar al crecimiento con el propósito de servirnos de él? ¿No resulta, acaso, un contrasentido, estimular la vida para luego ponerle fin?
En momentos en que el impacto de la ganadería sobre el medio ambiente está en el tapete, particularmente a través del polémico documental Cowspiracy (un juego de palabras que remite al vocablo inglés conspiracy, “conspiración”, pero modificado al introducir la palabra “cow”, que significa “vaca”, en primer término), la visión yanomami aporta un cierto prurito moral que es, además, anti-especista.
Esta posición exhorta a la responsabilidad para con todo aquello que alimentamos, y es extrapolable a muchos ámbitos de nuestra vida. Incluso a nivel humano: nadie cultiva una relación de ninguna índole con el propósito anticipado de ponerle fin, a no ser que exista algún interés de por medio. Y yo, que detesto los lugares comunes, no puedo menos que, de todos modos, remitirme a la sentencia de la zorra de Saint-Exupery, que no duda en aleccionar al Principito: “Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Eres responsable de tu rosa”…
lunes, 17 de agosto de 2015
lunes, 10 de agosto de 2015
La máquina extraordinaria
El Universal, 10 de agosto de 2015
Al parecer, fueron las expediciones de Alejandro Magno las que introdujeron en Grecia las primeras perlas, así como el vocablo que se utiliza en griego para referirse a ellas, probablemente de origen persa: margaritari.
Colón había bautizado con el nombre de “La Asunción” a la mayor de las tres islas que había descubierto el 15 de agosto de 1498, fecha en que se celebra esa festividad religiosa. La isla, sin embargo, pasaría a denominarse, a partir de 1499, “La Margarita”, debido a la profusión de perlas que caracterizaba a sus mares.
Fue la posibilidad de la explotación perlífera lo que despertó en los primeros conquistadores el interés por nuestro país. En una época en que las ideas mercantilistas propugnaban la acumulación de metales preciosos como base fundamental de la riqueza de una nación, los territorios que con el tiempo habrían de convertirse en Venezuela no parecían ser, a primera vista, tan pródigos en el oro y la plata como resultaron, por ejemplo, Perú, México o la propia Colombia, que era también rica en esmeraldas.
Es así como a partir de 1500 se inician los asentamientos en la isla de Cubagua y como, tras doblegar la resistencia de los nativos, se funda la ciudad de Nueva Cádiz alrededor de 1520. Paulatinamente, se fue consolidando en las islas un sistema de recolección de perlas que involucraría no solo a los indígenas, sino también a numerosos esclavos africanos, que acabarían protagonizando en 1603el llamado “alzamiento de los negros perleros”, cuando, espoleados por las cruentas condiciones de vida en Margarita, consiguen trasladarse al continente con el apoyo de quienes trabajaban en las plantaciones agrícolas de las costas de Cumaná.
Las perlas reportaron cuantiosos ingresos a la Corona. Quienes regentaban esta actividad, conocidos como “señores de canoa” (los esclavos eran llevados en canoas hasta las zonas de pesca) eran poderosos e influyentes. Sin embargo, pronto se dio una sobre-explotación que ocasionó el agotamiento de los lechos perlíferos: ya hacia 1545 quedaban muy pocos habitantes en Cubagua.
Sin embargo, las aguas que rodean las islas de Nueva Esparta siguen albergando numerosas perlas, tan emblemáticas, que se dice que, cuando Jacqueline Kennedy visitó Caracas en diciembre de 1961, el obsequio que recibió de don Rómulo Betancourt, el entonces presidente de la República, y de su esposa, fue un collar de varios hilos de perlas de Cubagua . Según relata Milagros Socorro, a partir del testimonio de la periodista Francia Natera, el collar reposa en el museo Smithsonian, y fue elaborado en Caracas por el joyero Henri Poinçot.
Estas maravillosas esferas, cuyo oriente tornasolado nos deslumbra, son producto, sin embargo, de una contrariedad: la ostra fabrica la perla a partir de un cuerpo extraño que penetra en su interior y que la irrita. Ella lo cubre con sucesivas capas de nácar a fin de protegerse: un episodio a todas luces didáctico, como señalara en días pasados la también periodista y diseñadora Anavel Munceles, acotando cuán ejemplar resulta esta reacción de la ostra, capaz de obtener un objeto precioso a partir de un evento desagradable.
Algo similar plantearía la cantante Fiona Apple en una entrevista concedida en torno a su disco “La máquina extraordinaria”:
relataba cómo los rumores aseguraban que sus canciones eran producto de las desavenencias con otras personas. Admitía que era así, que eran las emociones, a veces infaustas, las que la conducían al piano. Pero entonces, con increíble sagacidad, remataba con una idea que nunca debemos perder de vista: somos eso, una máquina extraordinaria, capaz de transformar en cosas maravillosas experiencias que, a veces, no son tan felices.
Al parecer, fueron las expediciones de Alejandro Magno las que introdujeron en Grecia las primeras perlas, así como el vocablo que se utiliza en griego para referirse a ellas, probablemente de origen persa: margaritari.
Colón había bautizado con el nombre de “La Asunción” a la mayor de las tres islas que había descubierto el 15 de agosto de 1498, fecha en que se celebra esa festividad religiosa. La isla, sin embargo, pasaría a denominarse, a partir de 1499, “La Margarita”, debido a la profusión de perlas que caracterizaba a sus mares.
Fue la posibilidad de la explotación perlífera lo que despertó en los primeros conquistadores el interés por nuestro país. En una época en que las ideas mercantilistas propugnaban la acumulación de metales preciosos como base fundamental de la riqueza de una nación, los territorios que con el tiempo habrían de convertirse en Venezuela no parecían ser, a primera vista, tan pródigos en el oro y la plata como resultaron, por ejemplo, Perú, México o la propia Colombia, que era también rica en esmeraldas.
Es así como a partir de 1500 se inician los asentamientos en la isla de Cubagua y como, tras doblegar la resistencia de los nativos, se funda la ciudad de Nueva Cádiz alrededor de 1520. Paulatinamente, se fue consolidando en las islas un sistema de recolección de perlas que involucraría no solo a los indígenas, sino también a numerosos esclavos africanos, que acabarían protagonizando en 1603el llamado “alzamiento de los negros perleros”, cuando, espoleados por las cruentas condiciones de vida en Margarita, consiguen trasladarse al continente con el apoyo de quienes trabajaban en las plantaciones agrícolas de las costas de Cumaná.
Las perlas reportaron cuantiosos ingresos a la Corona. Quienes regentaban esta actividad, conocidos como “señores de canoa” (los esclavos eran llevados en canoas hasta las zonas de pesca) eran poderosos e influyentes. Sin embargo, pronto se dio una sobre-explotación que ocasionó el agotamiento de los lechos perlíferos: ya hacia 1545 quedaban muy pocos habitantes en Cubagua.
Sin embargo, las aguas que rodean las islas de Nueva Esparta siguen albergando numerosas perlas, tan emblemáticas, que se dice que, cuando Jacqueline Kennedy visitó Caracas en diciembre de 1961, el obsequio que recibió de don Rómulo Betancourt, el entonces presidente de la República, y de su esposa, fue un collar de varios hilos de perlas de Cubagua . Según relata Milagros Socorro, a partir del testimonio de la periodista Francia Natera, el collar reposa en el museo Smithsonian, y fue elaborado en Caracas por el joyero Henri Poinçot.
Estas maravillosas esferas, cuyo oriente tornasolado nos deslumbra, son producto, sin embargo, de una contrariedad: la ostra fabrica la perla a partir de un cuerpo extraño que penetra en su interior y que la irrita. Ella lo cubre con sucesivas capas de nácar a fin de protegerse: un episodio a todas luces didáctico, como señalara en días pasados la también periodista y diseñadora Anavel Munceles, acotando cuán ejemplar resulta esta reacción de la ostra, capaz de obtener un objeto precioso a partir de un evento desagradable.
Algo similar plantearía la cantante Fiona Apple en una entrevista concedida en torno a su disco “La máquina extraordinaria”:
relataba cómo los rumores aseguraban que sus canciones eran producto de las desavenencias con otras personas. Admitía que era así, que eran las emociones, a veces infaustas, las que la conducían al piano. Pero entonces, con increíble sagacidad, remataba con una idea que nunca debemos perder de vista: somos eso, una máquina extraordinaria, capaz de transformar en cosas maravillosas experiencias que, a veces, no son tan felices.
lunes, 3 de agosto de 2015
Grado 33
El Universal, 3 de agosto de 2015
Director de Edificios y Ornato de Poblaciones a partir de 1883; ministro de Obras Públicas en dos oportunidades y profesor en la Academia Nacional de Bellas Artes, el general Juan Hurtado Manrique (había participado en la Guerra Federal) no solo es el autor de dos interesantes ensayos a propósito de la arquitectura, sino también el artífice de numerosos edificios que engalanan el perfil urbano caraqueño, y que fueron construidos durante alguno de los periodos de gobierno de Antonio Guzmán Blanco.
A Hurtado Manrique se deben, por ejemplo, la fachada norte de la Universidad y el edificio del Museo Nacional, ambos de estilo neogótico, ubicados en las inmediaciones del Capitolio; la capilla de El Calvario, la de Nuestra Señora de Lourdes y el Arco de la Federación. Levantó, así mismo, uno de los templos más connotados de la ciudad, por venerarse allí la imagen del Nazareno de San Pablo: la Basílica de Santa Ana y Santa Teresa, emplazada donde otrora estuviera la iglesia de San Pablo, y construida en honor a las patronas de doña Ana Teresa Ibarra y Urbaneja, esposa del Ilustre Americano.
Pero Hurtado Manrique es, entre otras cosas, el constructor del Templo Masónico de Caracas. No es de extrañar que Guzmán Blanco asignara a su arquitecto de confianza esta tarea, tan cara a su corazón: se había iniciado él mismo como masón de la mano de su padre en 1854, y fundaría más tarde la Respetable Logia "Esperanza" de Caracas.
Situado entre las esquinas de Jesuitas y Maturín, el Templo se inauguró el 27 de abril de 1876, cuando el gobierno asumió con dinero público las obras, que habían estado paralizadas durante años.
La masonería per se no colide con la Iglesia católica, pero el hecho de que el Papa León XIII la condenara en la encíclica Humanum Genus (1884) parece haber acrecentado la brecha entre el poder político y el religioso en época de Guzmán Blanco.
Se dice que la masonería llegó a Venezuela a través de Francisco de Miranda, y que otros ilustres nombres asociados a la historia del país están vinculados a la masonería: José Antonio Páez, José Félix Ribas, Santiago Mariño y hasta el mismísimo Bolívar participaban de una formación que hace del amor fraternal, la ayuda mutua, la templanza, la fortaleza, la prudencia y la justicia el centro de su praxis.
Algunos de los símbolos recurrentes en el templo masónico son el pavimento ajedrezado, que representa la dualidad bien-mal en medio de la cual el hombre vive; dos elementos que evoquen las columnas del templo de Salomón; el sol, imagen de la luz directa, y la luna, imagen de la luz reflejada, así como el delta luminoso, que representa la solidez y el equilibrio del universo. Sobre el mosaico ajedrezado, la escuadra y el compás, herramientas del arquitecto, emblema de la construcción, meta y fin del proceso masónico: la construcción del templo interior de cada quien, pues se concibe el trabajo como una forma de servicio y una herramienta para hacer el bien y transformar la sociedad a través de la propia transformación.
Los masones consideran los rituales como una forma de preservar la tradición y como una manera de mantener cierta disciplina y cierto orden, orden que también está presente en los pasos de su método (los famosos 33 grados del secreto).
A lo largo de la historia los masones han sido perseguidos, ya que, evidentemente, un movimiento que estimula el pensar y la libertad, no puede ser mirado con simpatía por instituciones que aspiran a conservar el poder libres de cuestionamientos.
Cuando los restos de Guzmán Blanco se repatriaron desde París, en 1999, recibieron honras fúnebres masónicas antes de ser trasladados al Panteón Nacional, en donde habrían de reposar definitivamente.
| Juan Hutado Manrique |
A Hurtado Manrique se deben, por ejemplo, la fachada norte de la Universidad y el edificio del Museo Nacional, ambos de estilo neogótico, ubicados en las inmediaciones del Capitolio; la capilla de El Calvario, la de Nuestra Señora de Lourdes y el Arco de la Federación. Levantó, así mismo, uno de los templos más connotados de la ciudad, por venerarse allí la imagen del Nazareno de San Pablo: la Basílica de Santa Ana y Santa Teresa, emplazada donde otrora estuviera la iglesia de San Pablo, y construida en honor a las patronas de doña Ana Teresa Ibarra y Urbaneja, esposa del Ilustre Americano.
Pero Hurtado Manrique es, entre otras cosas, el constructor del Templo Masónico de Caracas. No es de extrañar que Guzmán Blanco asignara a su arquitecto de confianza esta tarea, tan cara a su corazón: se había iniciado él mismo como masón de la mano de su padre en 1854, y fundaría más tarde la Respetable Logia "Esperanza" de Caracas.
Situado entre las esquinas de Jesuitas y Maturín, el Templo se inauguró el 27 de abril de 1876, cuando el gobierno asumió con dinero público las obras, que habían estado paralizadas durante años.
La masonería per se no colide con la Iglesia católica, pero el hecho de que el Papa León XIII la condenara en la encíclica Humanum Genus (1884) parece haber acrecentado la brecha entre el poder político y el religioso en época de Guzmán Blanco.
Se dice que la masonería llegó a Venezuela a través de Francisco de Miranda, y que otros ilustres nombres asociados a la historia del país están vinculados a la masonería: José Antonio Páez, José Félix Ribas, Santiago Mariño y hasta el mismísimo Bolívar participaban de una formación que hace del amor fraternal, la ayuda mutua, la templanza, la fortaleza, la prudencia y la justicia el centro de su praxis.
Algunos de los símbolos recurrentes en el templo masónico son el pavimento ajedrezado, que representa la dualidad bien-mal en medio de la cual el hombre vive; dos elementos que evoquen las columnas del templo de Salomón; el sol, imagen de la luz directa, y la luna, imagen de la luz reflejada, así como el delta luminoso, que representa la solidez y el equilibrio del universo. Sobre el mosaico ajedrezado, la escuadra y el compás, herramientas del arquitecto, emblema de la construcción, meta y fin del proceso masónico: la construcción del templo interior de cada quien, pues se concibe el trabajo como una forma de servicio y una herramienta para hacer el bien y transformar la sociedad a través de la propia transformación.
Los masones consideran los rituales como una forma de preservar la tradición y como una manera de mantener cierta disciplina y cierto orden, orden que también está presente en los pasos de su método (los famosos 33 grados del secreto).
A lo largo de la historia los masones han sido perseguidos, ya que, evidentemente, un movimiento que estimula el pensar y la libertad, no puede ser mirado con simpatía por instituciones que aspiran a conservar el poder libres de cuestionamientos.
Cuando los restos de Guzmán Blanco se repatriaron desde París, en 1999, recibieron honras fúnebres masónicas antes de ser trasladados al Panteón Nacional, en donde habrían de reposar definitivamente.
lunes, 27 de julio de 2015
Ifigenia: culpa y escrúpulos
El Universal, 27 de julo de 2015
En 1924 vio la luz Ifigenia, de Teresa de la Parra, escritora cuya carrera se iniciaría, por cierto, con la publicación de dos de sus primeros cuentos en las páginas de El Universal: Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa, ambos firmados con el pseudónimo Frufrú.
Ifigenia presentaba el contraste entre la modernidad de las urbes europeas y los convencionalismos y tradiciones que caracterizaban a la sociedad latinoamericana de la época. Estos polos de conflicto se ven representados en la obra, respectivamente, por María Eugenia Alonso, una joven educada en Biarritz que arriba a Caracas tras una intensa temporada en París, y por la tía Clara y la Abuelita, con las que la protagonista sostendría incontables discusiones.
Si bien el espíritu libertario de María Eugenia se manifiesta más en aspectos relacionados con su apariencia, como el cabello cortado a la garçonne, que en otros asuntos esenciales, como su independencia económica, en su pecho bulle el deseo de vivir nuevas experiencias. Sin embargo, el estilo familiar tradicional irá engulléndola progresivamente, sofocando su espíritu independiente y ocasionando un cambio de hábitos que ha de facilitar su progresiva adaptación a la sociedad caraqueña.
Finalmente, cuando se le presenta la oportunidad de huir a Europa con su amado Gabriel Olmedo, la joven opta por renunciar a sus propios deseos antes que exponer a su familia al escándalo que hubiera desencadenado su fuga con un hombre casado. María Eugenia se ofrece a sí misma como víctima para preservar la tranquilidad de los suyos.
De allí proviene el título de la novela, que nos remite al personaje mitológico: Ifigenia, hija de Agamenón y Clitemnestra, quien acepta ser ofrecida en sacrificio a la diosa Artemisa a fin de obtener vientos favorables que permitieran a la flota griega partir hacia Troya, viaje dirigido a vengar el rapto de la mítica Helena.
Agamenón se debate entre el amor que siente por Ifigenia y su situación de cara al ejército griego: salvar a su hija supondría poner en riesgo la misión y la vida de sus miembros; la injusticia que se comete contra Ifigenia, sin embargo, es flagrante. Se trata, en suma, del cruel dilema de optar por proteger a unos o a otra.
Ifigenia acepta ser inmolada para defender a otros. Al final, no fallece: Artemisa se compadece de ella y la traslada a Táuride, en donde vive como sacerdotisa hasta que se ve rescatada por su hermano Orestes. Sin embargo, cabe preguntarse cuáles serían los sentimientos que embargarían a Agamenón el resto de su vida. Su existencia acabó trágicamente, a manos de su esposa adúltera, por motivos en los que Esquilo, Eurípides, Sófocles y Píndaro difieren. Lo que sí está claro es que debió de vivir atormentado por la culpa hasta el final de sus días.
En las antípodas de la víctima, está el victimario. Si por un lado la víctima suele tener la capacidad de sobrevivir al daño que le es infligido y de elaborar emocionalmente su sufrimiento, el victimario se enfrenta, por su parte, al mayor o menor malestar que le genera el haber causado un daño, según las circunstancias lo hayan constreñido más o menos a actuar. Tal es la naturaleza de la culpa: el remordimiento por un acto que el protagonista valora negativamente, una emoción cuyo único sentido es el de conducir a reparar el mal ocasionado o el de contener la acción lesiva para otros en el futuro.
Más útiles pueden resultar la prudencia, la responsabilidad, los escrúpulos, el anticiparse a una situación y actuar –o contenerse- antes de que terceros puedan resultar perjudicados, pues, según afirma el popular refrán colombiano: “después de ojo fuera, no vale Santa Lucía”.
En 1924 vio la luz Ifigenia, de Teresa de la Parra, escritora cuya carrera se iniciaría, por cierto, con la publicación de dos de sus primeros cuentos en las páginas de El Universal: Un evangelio indio: Buda y la leprosa y Flor de loto: una leyenda japonesa, ambos firmados con el pseudónimo Frufrú.
Ifigenia presentaba el contraste entre la modernidad de las urbes europeas y los convencionalismos y tradiciones que caracterizaban a la sociedad latinoamericana de la época. Estos polos de conflicto se ven representados en la obra, respectivamente, por María Eugenia Alonso, una joven educada en Biarritz que arriba a Caracas tras una intensa temporada en París, y por la tía Clara y la Abuelita, con las que la protagonista sostendría incontables discusiones.
Si bien el espíritu libertario de María Eugenia se manifiesta más en aspectos relacionados con su apariencia, como el cabello cortado a la garçonne, que en otros asuntos esenciales, como su independencia económica, en su pecho bulle el deseo de vivir nuevas experiencias. Sin embargo, el estilo familiar tradicional irá engulléndola progresivamente, sofocando su espíritu independiente y ocasionando un cambio de hábitos que ha de facilitar su progresiva adaptación a la sociedad caraqueña.
Finalmente, cuando se le presenta la oportunidad de huir a Europa con su amado Gabriel Olmedo, la joven opta por renunciar a sus propios deseos antes que exponer a su familia al escándalo que hubiera desencadenado su fuga con un hombre casado. María Eugenia se ofrece a sí misma como víctima para preservar la tranquilidad de los suyos.
De allí proviene el título de la novela, que nos remite al personaje mitológico: Ifigenia, hija de Agamenón y Clitemnestra, quien acepta ser ofrecida en sacrificio a la diosa Artemisa a fin de obtener vientos favorables que permitieran a la flota griega partir hacia Troya, viaje dirigido a vengar el rapto de la mítica Helena.
Agamenón se debate entre el amor que siente por Ifigenia y su situación de cara al ejército griego: salvar a su hija supondría poner en riesgo la misión y la vida de sus miembros; la injusticia que se comete contra Ifigenia, sin embargo, es flagrante. Se trata, en suma, del cruel dilema de optar por proteger a unos o a otra.
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| Charles de La Fosse: el sacrificio de ifigenia |
En las antípodas de la víctima, está el victimario. Si por un lado la víctima suele tener la capacidad de sobrevivir al daño que le es infligido y de elaborar emocionalmente su sufrimiento, el victimario se enfrenta, por su parte, al mayor o menor malestar que le genera el haber causado un daño, según las circunstancias lo hayan constreñido más o menos a actuar. Tal es la naturaleza de la culpa: el remordimiento por un acto que el protagonista valora negativamente, una emoción cuyo único sentido es el de conducir a reparar el mal ocasionado o el de contener la acción lesiva para otros en el futuro.
Más útiles pueden resultar la prudencia, la responsabilidad, los escrúpulos, el anticiparse a una situación y actuar –o contenerse- antes de que terceros puedan resultar perjudicados, pues, según afirma el popular refrán colombiano: “después de ojo fuera, no vale Santa Lucía”.
lunes, 20 de julio de 2015
Poética Ingesta
El Universal, 20 de julio de 2015
La vida de Lena Yau gira permanentemente en torno a la literatura. Periodista de formación, colabora regularmente con medios venezolanos y extranjeros, y funge como asesor de diferentes proyectos editoriales. Su trabajo, además, gravita en torno a la comida, de modo tal que, tan pronto hace referencia a una receta de cocina, como se adentra en las connotaciones metafísicas que reviste el hecho de que el cacao crezca a la sombra de otros árboles. Su prosa fluctúa entre la sensualidad que entrañan los aromas, las texturas y los sabores asociados al aparentemente prosaico acto de la ingesta, y la anécdota contemplada -no podía ser de otro modo- desde la perspectiva de una mesa en la que Saramago y Sabato son, apenas, “dos eses en las esquinas del mantel”.
Conocida es su participación en “El sabor de la eñe”, el proyecto del Instituto Cervantes que indaga simultáneamente en las cocinas físicas, materiales, y en las cocinas referenciadas, aquellas que plenan las páginas escritas en esta lengua compartida nuestra, a una y otra orilla del Atlántico.
Pero esta vez Lena se presenta bajo otra luz, y su mirada, en lugar de volverse hacia el trabajo de otros, ya para sustentarlo, ya para desgajarlo de modo que pueda paladearse más intensamente, se vuelve hacia sí misma en una suerte de ejercicio introspectivo, que le conduce a hilar sensaciones, recuerdos y emociones, todo ello en clave gastronómica.
Tal es el origen de Hormigas en la lengua, la novela, publicada en Nueva York por Sudaquia Editores, que ha venido a presentar a su Caracas natal, después de estar ausente por casi diez años.
No se trata de un plato homogéneo y de textura veluté: es más bien el resultado de mezclar disímiles ingredientes, cada uno de los cuales aporta su particular gusto a la sazón de la obra, “un collage literario compuesto por cartas, poemas, narraciones quebradas y anécdotas familiares”, tal como lo define la casa editorial. En ese collage, los personajes, tanto los que se quedan en Venezuela como los que se van, “se aferran a los sabores y a la memoria de los sabores para no perder el habla y para no perder la tierra”, pues sabores y palabras transitan por la lengua como si de hormigas se tratase, preservando la identidad y salvaguardando la esencia.
Pero, por añadidura, en el acto que tuvo lugar el pasado jueves en la librería Lugar Común, Lena dio a conocer Trae tu espalda para hacer mi mesa, un conjunto de cincuenta poemas publicados por la Editorial Gravitaciones. Las noventa páginas que conforman el poemario están organizadas en lo que la escritora ha dado en llamar cuadernos, núcleos en torno a los cuales se desarrolla uno o más poemas, bien en razón de su temática, bien en razón de su origen. Así, por ejemplo, hay un cuaderno llamado “Los cuentos de jelly beans”, en el que cada uno de los sabores de estos dulces sirve de inspiración para una historia que se transforma en poesía.
Arcimboldo en el espejo y Relecturas son otros de los ejes alrededor de los cuales se articulan los versos de Lena Yau, algunos de los cuales dedica al desaparecido Adriano González León: Entre langostas y vodka.
Lena subraya el hecho de que la mayor parte de nuestra vida transcurre entrelazada al acto del yantar, regida por nuestros apetitos. Por ello, en las primeras páginas de su libro puede leerse: “Antes del verbo/ y de la carne/ fue el hambre”. Y en las últimas: “Amar es comer. Comer lo que come el otro. Comer al otro. El amor está en el plato. Y también la guerra, cuando llega. Amor y odio comparten escenario. Boca, lengua, palabra, plato, mesa, cama”. Porque, en suma, lo vital, aquello esencialmente humano, pasa por recorrer tan sensual itinerario.
La vida de Lena Yau gira permanentemente en torno a la literatura. Periodista de formación, colabora regularmente con medios venezolanos y extranjeros, y funge como asesor de diferentes proyectos editoriales. Su trabajo, además, gravita en torno a la comida, de modo tal que, tan pronto hace referencia a una receta de cocina, como se adentra en las connotaciones metafísicas que reviste el hecho de que el cacao crezca a la sombra de otros árboles. Su prosa fluctúa entre la sensualidad que entrañan los aromas, las texturas y los sabores asociados al aparentemente prosaico acto de la ingesta, y la anécdota contemplada -no podía ser de otro modo- desde la perspectiva de una mesa en la que Saramago y Sabato son, apenas, “dos eses en las esquinas del mantel”.
Conocida es su participación en “El sabor de la eñe”, el proyecto del Instituto Cervantes que indaga simultáneamente en las cocinas físicas, materiales, y en las cocinas referenciadas, aquellas que plenan las páginas escritas en esta lengua compartida nuestra, a una y otra orilla del Atlántico.
Pero esta vez Lena se presenta bajo otra luz, y su mirada, en lugar de volverse hacia el trabajo de otros, ya para sustentarlo, ya para desgajarlo de modo que pueda paladearse más intensamente, se vuelve hacia sí misma en una suerte de ejercicio introspectivo, que le conduce a hilar sensaciones, recuerdos y emociones, todo ello en clave gastronómica.
Tal es el origen de Hormigas en la lengua, la novela, publicada en Nueva York por Sudaquia Editores, que ha venido a presentar a su Caracas natal, después de estar ausente por casi diez años.
No se trata de un plato homogéneo y de textura veluté: es más bien el resultado de mezclar disímiles ingredientes, cada uno de los cuales aporta su particular gusto a la sazón de la obra, “un collage literario compuesto por cartas, poemas, narraciones quebradas y anécdotas familiares”, tal como lo define la casa editorial. En ese collage, los personajes, tanto los que se quedan en Venezuela como los que se van, “se aferran a los sabores y a la memoria de los sabores para no perder el habla y para no perder la tierra”, pues sabores y palabras transitan por la lengua como si de hormigas se tratase, preservando la identidad y salvaguardando la esencia.
Pero, por añadidura, en el acto que tuvo lugar el pasado jueves en la librería Lugar Común, Lena dio a conocer Trae tu espalda para hacer mi mesa, un conjunto de cincuenta poemas publicados por la Editorial Gravitaciones. Las noventa páginas que conforman el poemario están organizadas en lo que la escritora ha dado en llamar cuadernos, núcleos en torno a los cuales se desarrolla uno o más poemas, bien en razón de su temática, bien en razón de su origen. Así, por ejemplo, hay un cuaderno llamado “Los cuentos de jelly beans”, en el que cada uno de los sabores de estos dulces sirve de inspiración para una historia que se transforma en poesía.
Arcimboldo en el espejo y Relecturas son otros de los ejes alrededor de los cuales se articulan los versos de Lena Yau, algunos de los cuales dedica al desaparecido Adriano González León: Entre langostas y vodka.
Lena subraya el hecho de que la mayor parte de nuestra vida transcurre entrelazada al acto del yantar, regida por nuestros apetitos. Por ello, en las primeras páginas de su libro puede leerse: “Antes del verbo/ y de la carne/ fue el hambre”. Y en las últimas: “Amar es comer. Comer lo que come el otro. Comer al otro. El amor está en el plato. Y también la guerra, cuando llega. Amor y odio comparten escenario. Boca, lengua, palabra, plato, mesa, cama”. Porque, en suma, lo vital, aquello esencialmente humano, pasa por recorrer tan sensual itinerario.
lunes, 13 de julio de 2015
"McCourt: como el Fénix"
El Universal, 13 de julio de 2015
Incombustible: un adjetivo que me ha sido aplicado muchas veces. Sin embargo, esta palabra entraña rastros de inmutabilidad y, por ende, de pobreza, siendo el cambio, como es, indicador de evolución, cualquiera que sea el sentido.
A veces es mejor arder en la llama, fundirse en el crisol, dejar que las circunstancias ejerzan su influjo transformador y salir de cada incendio redivivo, igual que el Fénix, el ave mítica que se consumía por acción del fuego cada quinientos años para resurgir más tarde de sus cenizas. Tal es la cualidad de la resiliencia, la capacidad para sobreponerse a la adversidad.
Sin embargo, a veces no es preciso esperar a que las circunstancias nos opongan resistencia para cambiar. A veces se trata apenas de la voluntad de elegir un camino, o de aprovechar las condiciones favorables que nos ofrece el contexto para acometer un nuevo proyecto.
En días pasados me resultó conmovedor escuchar la grabación de una entrevista con el desaparecido Frank McCourt, autor de Las cenizas de Ángela, libro de memorias que le valiera el Premio Pulitzer en 1997.
Por una parte, el libro describe las penosas condiciones en las que transcurrió la niñez y la adolescencia del escritor, un estadounidense de origen irlandés; por otra, resulta sorprendente el vuelco que da la vida de McCourt cuando encuentra inesperadamente el éxito y la fama al jubilarse, tras una larga carrera como docente: “durante los treinta años que pasé enseñando en las escuelas secundarias de Nueva York nadie, salvo mis estudiantes, me prestaba un ápice de atención. En el mundo exterior a la escuela yo era invisible. Entonces, escribí un libro acerca de mi niñez y me convertí en la sensación del momento”. En otro punto de la entrevista señala: “Mi primer libro, Las cenizas de Ángela, fue publicado en 1996, cuando yo tenía 66 años; el segundo, Tis, en 1999, cuando tenía 69. A esa edad era un milagro que yo pudiera levantar la pluma”.
El caso de este escritor ilustra tanto el valor de aguardar con paciencia a que amaine la tormenta, como de aprovechar los vientos favorables para navegar. ¿Quién hubiera podido anticipar que aquel niño enfermizo, crecido en un hogar que se erigía sobre la mendicidad, podría tan siquiera llegar a ser profesor en los Estados Unidos y, menos aún, ganador del Pulitzer?
Muchas son las cualidades a resaltar en esta historia: el trabajo continuado, la perseverancia y la confianza en que el futuro traerá consigo algo mejor. No la confianza ingenua que cede el control de los acontecimientos al azar, sino una confianza que se alienta en razón de las acciones que emprendemos, con miras a obtener resultados específicos.
Frank McCourt encarna el esfuerzo volitivo por hacer de cada momento el mejor momento posible. Cuando acometió la escritura de Las cenizas de Ángela no se planteaba ser famoso: esperaba explicar la historia familiar a sus hijos y nietos, que se vendiera un centenar de ejemplares del libro y que lo invitaran a las reuniones de algún club de lectura. En primera instancia, McCourt optó por emprender una actividad que le resultaba gratificante, a la que siempre había querido dedicarse. Todo lo demás llegó por añadidura.
No se debe menospreciar la posibilidad de elegir, ante una misma circunstancia, la actitud más productiva posible, material y emocionalmente. Podemos permanecer como el perro que se persigue inútilmente a sí mismo con la esperanza de morderse la cola, repitiendo siempre el mismo gesto, o podemos optar por construir aquello que deseamos. No en vano decía Bécquer: “fingiendo realidades, con sombra vana, delante del Deseo, va la Esperanza. Y sus mentiras, como el Fénix, renacen de sus cenizas”
Incombustible: un adjetivo que me ha sido aplicado muchas veces. Sin embargo, esta palabra entraña rastros de inmutabilidad y, por ende, de pobreza, siendo el cambio, como es, indicador de evolución, cualquiera que sea el sentido.
A veces es mejor arder en la llama, fundirse en el crisol, dejar que las circunstancias ejerzan su influjo transformador y salir de cada incendio redivivo, igual que el Fénix, el ave mítica que se consumía por acción del fuego cada quinientos años para resurgir más tarde de sus cenizas. Tal es la cualidad de la resiliencia, la capacidad para sobreponerse a la adversidad.
Sin embargo, a veces no es preciso esperar a que las circunstancias nos opongan resistencia para cambiar. A veces se trata apenas de la voluntad de elegir un camino, o de aprovechar las condiciones favorables que nos ofrece el contexto para acometer un nuevo proyecto.
En días pasados me resultó conmovedor escuchar la grabación de una entrevista con el desaparecido Frank McCourt, autor de Las cenizas de Ángela, libro de memorias que le valiera el Premio Pulitzer en 1997.
Por una parte, el libro describe las penosas condiciones en las que transcurrió la niñez y la adolescencia del escritor, un estadounidense de origen irlandés; por otra, resulta sorprendente el vuelco que da la vida de McCourt cuando encuentra inesperadamente el éxito y la fama al jubilarse, tras una larga carrera como docente: “durante los treinta años que pasé enseñando en las escuelas secundarias de Nueva York nadie, salvo mis estudiantes, me prestaba un ápice de atención. En el mundo exterior a la escuela yo era invisible. Entonces, escribí un libro acerca de mi niñez y me convertí en la sensación del momento”. En otro punto de la entrevista señala: “Mi primer libro, Las cenizas de Ángela, fue publicado en 1996, cuando yo tenía 66 años; el segundo, Tis, en 1999, cuando tenía 69. A esa edad era un milagro que yo pudiera levantar la pluma”.
El caso de este escritor ilustra tanto el valor de aguardar con paciencia a que amaine la tormenta, como de aprovechar los vientos favorables para navegar. ¿Quién hubiera podido anticipar que aquel niño enfermizo, crecido en un hogar que se erigía sobre la mendicidad, podría tan siquiera llegar a ser profesor en los Estados Unidos y, menos aún, ganador del Pulitzer?
Muchas son las cualidades a resaltar en esta historia: el trabajo continuado, la perseverancia y la confianza en que el futuro traerá consigo algo mejor. No la confianza ingenua que cede el control de los acontecimientos al azar, sino una confianza que se alienta en razón de las acciones que emprendemos, con miras a obtener resultados específicos.
Frank McCourt encarna el esfuerzo volitivo por hacer de cada momento el mejor momento posible. Cuando acometió la escritura de Las cenizas de Ángela no se planteaba ser famoso: esperaba explicar la historia familiar a sus hijos y nietos, que se vendiera un centenar de ejemplares del libro y que lo invitaran a las reuniones de algún club de lectura. En primera instancia, McCourt optó por emprender una actividad que le resultaba gratificante, a la que siempre había querido dedicarse. Todo lo demás llegó por añadidura.
No se debe menospreciar la posibilidad de elegir, ante una misma circunstancia, la actitud más productiva posible, material y emocionalmente. Podemos permanecer como el perro que se persigue inútilmente a sí mismo con la esperanza de morderse la cola, repitiendo siempre el mismo gesto, o podemos optar por construir aquello que deseamos. No en vano decía Bécquer: “fingiendo realidades, con sombra vana, delante del Deseo, va la Esperanza. Y sus mentiras, como el Fénix, renacen de sus cenizas”
lunes, 6 de julio de 2015
¿Libros muertos?
El Universal, 6 de julio de 2015
Cuando en 2012 la Academia confirió el Oscar a Los fantásticos libros voladores del Señor Morris Lessmore como mejor cortometraje animado, el director y escritor de la historia, William Joyce, fue entrevistado .
En el corto, mudo, el señor Lessmore se ve arrebatado por un huracán mientras escribe, al más puro estilo de Dorothy en El Mago de Oz. Acaba en un erial en donde las letras flotan desordenadas, como las propias historias, tras haberse desprendido de los textos, cuyas páginas se ofrecen ahora en blanco. El hombre contempla, asombrado, cómo sobre su cabeza pasa volando una mujer suspendida por una bandada de libros, uno de los cuales conduce a Lessmore hasta el lugar en donde habrá de transcurrir el resto de sus días: una biblioteca. A partir de entonces,el hombre contribuye a transformar la vida de quienes le rodean mediante las obras allí almacenadas, lo que se expresa en que los personajes, hasta entonces en blanco y negro, van cobrando color.
William Joyce explicó que el corto constituía una metáfora de un episodio real del que había sido testigo: tras el huracán Katrina, que asoló Nueva Orleans en 2005, las calles quedaron llenas de libros que habían sido arrancados de casas y bibliotecas. En paralelo, casi cinco millones de volúmenes donados a los refugios se transformaron en el reducto a través del cual muchas personas que habían perdido todo, incluso su privacidad, habían podido evadirse de la trágica realidad.
El poder de los libros es incuestionable: no en vano han sido quemados y censurados a través de la historia con la intención de contener infinidad de cambios, impidiendo que su semilla fecundara las conciencias y engendrara pensamientos indeseables. Quizá por eso me llamó la atención encontrar en un periódico catalán un artículo que se refería a las tres muertes por las que atraviesan los libros.
En realidad, el artículo versaba sobre la suerte que corren los libros que no son vendidos, cuyo destino último termina por ser la pasta de papel que se emplea para fabricar, por ejemplo, los recipientes de cartón parafinado en que se envasa la leche. Tal es también el argumento de Una soledad demasiado ruidosa, del escritor checo Bohumil Hrabal, una obra que, en su brevedad, destaca por la intensidad de las emociones que contiene, por la riqueza de estímulos con que bombardea al lector, por los torrentes de realidad con que lo abruma: “De hecho, los que trabajan con papel viejo no son humanos, de la misma manera que tampoco lo es el cielo, yo ya sé que alguien lo tiene que hacer, pero en el fondo mi trabajo se reduce a una matanza de inocentes, tal como la pintó Pieter Brueghel, la semana pasada envolví todas las balas con la reproducción de ese cuadro, hoy, en cambio, me iluminaba el amarillo y el dorado de los Girasoles de Van Gogh, de sus círculos y sus puntos, y este resplandor acrecentaba mi sentido de lo trágico”
Pero ¿cómo puede pensarse que un libro, un conjunto de ideas, de pensamientos transcritos a palabras, pueda morir? Un libro no es una sucesión de hojas de papel encuadernadas: hay que distinguir el contenido del continente. Acaso el papel se pueda ver mancillado; acaso una historia pueda verse confinada al olvido; pero morir, no muere.
En el cortometraje de Joyce, un libro agoniza. Lessmore lo rescata de la muerte mediante la lectura de sus páginas. Es la reacción que se produce cuando entran en contacto el libro y el lector lo que confiere este mágico poder a la palabra, y hace de ella cosa viva. Mientras tanto, el contenido permanece allí, latente, preservado amorosamente en el papel, a la espera de que se produzca, una vez más, la síntesis transformadora que ocurre en la lectura.
Cuando en 2012 la Academia confirió el Oscar a Los fantásticos libros voladores del Señor Morris Lessmore como mejor cortometraje animado, el director y escritor de la historia, William Joyce, fue entrevistado .
En el corto, mudo, el señor Lessmore se ve arrebatado por un huracán mientras escribe, al más puro estilo de Dorothy en El Mago de Oz. Acaba en un erial en donde las letras flotan desordenadas, como las propias historias, tras haberse desprendido de los textos, cuyas páginas se ofrecen ahora en blanco. El hombre contempla, asombrado, cómo sobre su cabeza pasa volando una mujer suspendida por una bandada de libros, uno de los cuales conduce a Lessmore hasta el lugar en donde habrá de transcurrir el resto de sus días: una biblioteca. A partir de entonces,el hombre contribuye a transformar la vida de quienes le rodean mediante las obras allí almacenadas, lo que se expresa en que los personajes, hasta entonces en blanco y negro, van cobrando color.
William Joyce explicó que el corto constituía una metáfora de un episodio real del que había sido testigo: tras el huracán Katrina, que asoló Nueva Orleans en 2005, las calles quedaron llenas de libros que habían sido arrancados de casas y bibliotecas. En paralelo, casi cinco millones de volúmenes donados a los refugios se transformaron en el reducto a través del cual muchas personas que habían perdido todo, incluso su privacidad, habían podido evadirse de la trágica realidad.
El poder de los libros es incuestionable: no en vano han sido quemados y censurados a través de la historia con la intención de contener infinidad de cambios, impidiendo que su semilla fecundara las conciencias y engendrara pensamientos indeseables. Quizá por eso me llamó la atención encontrar en un periódico catalán un artículo que se refería a las tres muertes por las que atraviesan los libros.
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| Bohumil Hrabal |
Pero ¿cómo puede pensarse que un libro, un conjunto de ideas, de pensamientos transcritos a palabras, pueda morir? Un libro no es una sucesión de hojas de papel encuadernadas: hay que distinguir el contenido del continente. Acaso el papel se pueda ver mancillado; acaso una historia pueda verse confinada al olvido; pero morir, no muere.
En el cortometraje de Joyce, un libro agoniza. Lessmore lo rescata de la muerte mediante la lectura de sus páginas. Es la reacción que se produce cuando entran en contacto el libro y el lector lo que confiere este mágico poder a la palabra, y hace de ella cosa viva. Mientras tanto, el contenido permanece allí, latente, preservado amorosamente en el papel, a la espera de que se produzca, una vez más, la síntesis transformadora que ocurre en la lectura.
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