sábado, 16 de marzo de 2013

Loro viejo ¿aprende a hablar?


El Universal 19 de marzo de 2013

Estudiar es una experiencia que, según la circunstancias, puede resultar aventura o pesadilla. A veces, es una carrera de obstáculos a salvar para poder alcanzar un estadio en el que uno pueda elegir lo que realmente desea aprender, aquello en que desea invertir tiempo y esfuerzo.
La educación formal, en principio, procura dotar al educando de unas competencias básicas que faciliten su interacción con el medio que le rodea y posibiliten la prosecución de sus estudios. Sin embargo, esta ocupación, que de por sí debería resultar gratificante (el ser humano es naturalmente curioso y proclive al descubrimiento) no siempre reporta tanto disfrute como podría. Es normal: a más de los intelectuales, el proceso genera también aprendizajes actitudinales: la perseverancia, el esfuerzo, la organización del tiempo, la disciplina… Son herramientas verdaderamente útiles para la consecución de muchas metas en la vida, pero a veces internalizadas a costa de quitarle tiempo a otras actividades percibidas como placenteras, lo cual podría explicar cierto rechazo.

El estudio suele tropezar con dos escollos: interés y motivación. A menudo, cursamos muchas asignaturas porque así nos lo exige el currículum, sin que comprendamos su utilidad y con una auténtica inversión de esfuerzo en caso de no tener especial facilidad para la materia. Pero todos conocemos, por contraste, la experiencia de perder la noción del tiempo investigando en internet algún asunto que nos apasiona: las horas vuelan. Nada parece cuesta arriba cuando hacemos lo que realmente queremos. Y en ello podemos encontrar la primera ventaja que le lleva el educando adulto al estudiante más joven: cuando estudiar es una elección, cuando es una opción seleccionada en respuesta a nuestras necesidades y deseos, el proceso fluye impulsado precisamente por la sed de conocimiento, movilizado por una búsqueda de satisfacción personal, de crecimiento y de autorrealización.

Normalmente el adulto, sobre todo en la tercera edad, no ve en el estudio una vía para alcanzar la promoción social ni un requisito a cumplir para obtener una posición laboral, asuntos que con frecuencia ya tiene resueltos. Simplemente, una vez superadas algunas responsabilidades económicas y familiares, recupera cierta cantidad de tiempo libre. Es entonces cuando puede dar curso a sus propias inquietudes.

Lo que sí es cierto, es que el proceso educativo en los adultos requiere tomar en cuenta sus características particulares e involucrar sus experiencias anteriores, presentes y futuras. En este sentido, la andragogía es la ciencia que investiga cómo tiene lugar el aprendizaje a estas edades, con miras a optimizar medios y materiales. En el ámbito andragógico el estudiante comparte con el facilitador la responsabilidad de todo el proceso, desde la planificación hasta la evaluación.

En paralelo, otras ciencias analizan las bases orgánicas del aprendizaje en los adultos. Los estudios de la Red Temática de Investigación Cooperativa sobre Envejecimiento, coordinada por Darío Acuña, por ejemplo, sugieren que la administración de melatonina evita el deterioro cognitivo asociado a la vejez, mientras que Gregg Roman, del Departamento de Biología y Bioquímica de la Universidad de Houston, afirma que dicha hormona está asociada al descenso de la capacidad de formación de recuerdos durante los periodos nocturnos de sueño. La Universidad Maimónides, por su parte, concluyó que la disminución de la GH (hormona del crecimiento) influye en el declive de las funciones cognitivas que tiene lugar en la tercera edad.

En contra de lo que ha afirmado tradicionalmente el popular dicho, loro viejo sí aprende a hablar. El aprendizaje es posible a cualquier edad, y el adulto es capaz de desarrollar estrategias que compensen la disminución de la memoria y de la velocidad de respuesta.

Chávez: una lección


El Universal, 12 de marzo de 2013

El 7 de octubre, fecha en que el presidente Chávez resultara electo, invoqué la frase del Evangelio de San Mateo que él hiciera suya en su día: “el que tenga ojos que vea”. Los resultados debían traducir la forma en que los electores percibían los hechos, y su análisis resultaba imperioso si se quería atender sinceramente las demandas del colectivo.

En aquella ocasión resultaba oportuno cargar las tintas en el hecho de que el 45% de los votantes no optara por Chávez. La casi mitad de los venezolanos estaba manifestando de ese modo su descontento, emitiendo una especie de advertencia.

En estos momentos, no obstante, cifro mi atención en ese 55% que sí respaldó al entonces presidente y que cerrará filas en torno al candidato del oficialismo.

El chavismo hunde sus raíces en un suelo abonado durante cincuenta años de democracia, durante los cuales se ignoraron las necesidades de un gran sector de la población. Venezuela siempre ha sido un país de caudillos, y esa masa acéfala que se manifestaba alternativamente a favor de uno u otro candidato, adeco o copeyano según correspondiera al voto castigo, encontró por fin en Chávez un adalid , un personaje con el que identificarse y que representara, demagógicamente o no, sus intereses.

Chávez logro congregar en torno suyo las voluntades de un creciente número de ciudadanos. El escritor Juan Manuel de Prada expresaría: “no debemos olvidar que, si las clases populares prestaron su apoyo a este hombre, fue porque se había colmado su paciencia (…) Chávez no hubiese surgido sin la existencia de una masa social empobrecida y defraudada”

El fenómeno Chávez, pues, no es gratuito: es la respuesta a la situación desesperanzadora en la que se ha visto inmersa una parte considerable de nuestros compatriotas. Y esto estaba cantado desde los años ochenta, no porque lo proclamaran las eminencias del IESA desde las páginas de “El Caso Venezuela”, sino porque lo revelaba la cruda cotidianidad de nuestras calles.

Los gobiernos, igual que las personas, tienen sus aciertos y sus yerros, y mientras la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) cifraba para 2011 el descenso de la pobreza en Venezuela en 20,8% durante el
mandato de Chávez, es imposible esconder las realidades de la inseguridad, la depauperación y el creciente desabastecimiento en el país. Así pues, pareciera que subsisten insatisfechas una serie de necesidades tanto en las filas del oficialismo como en las de la oposición.

Resulta sorprendente la ingenuidad de las aseveraciones que parecen reflejar la convicción de que en un abrir y cerrar de ojos van a operarse cambios drásticos, como si Chávez hubiera sido el escollo que había que salvar para entrar automáticamente en una nueva era de bienestar y bonanza.

Chávez es un símbolo, y su cariz personalista queda demostrado, por ejemplo, en el hecho de que el actual Presidente no asume esa posición porque lo dicten los méritos personales que pueda o no tener (en Europa es percibido como un líder dialogante y proclive a la negociación); no porque lo dicte la Constitución; sino porque lo dicta Chávez, a quien se obedece aun después de muerto. Pero el problema no desaparece porque haya fallecido el presidente.

Y yo digo: que la injusticia social es terreno abonado para que prendan ciertos discursos que no hacen más que acrecentar el abismo que existe entre unos y otros venezolanos, una brecha que se ha venido abriendo a lo largo de años de indiferencia, corrupción e insolidaridad. ¿Aprenderemos la lección?

En este momento, en el que está por decidirse lo que va a ser de nosotros, que prive la objetividad para reconocer las carencias; la conciencia de que la democracia supone el respeto a lo que es la voluntad de la mayoría, concuerde o no con la voluntad propia, y el deseo de que construir una nueva era de paz y bienestar para todos los venezolanos.

sábado, 2 de marzo de 2013

Contigo en la distancia


El Universal, 5 de marzo de 2013



Ibrahim Ferrer
Malandra. Así la bautizó Elvia Sánchez, quien no desperdiciaba oportunidad de reírse de lo que fuera. Eso sí: sin maldad.

Malandra: una conjunción jocosa de “María Alejandra”, que encontró rápida aceptación y se diseminó a la velocidad de la luz para perseguirla a través del tiempo y alcanzarla en la otra orilla del Atlántico.

A ella nunca le molestó. Al revés: amante sin igual de la guachafita, aceptaba de buen grado aquel apodo que, veladamente, aludía a su capacidad de percibir las contradicciones y ponerlas en luz con algún comentario mordaz e hilarante, sin alterarse.

A vuelta de tres décadas, sigo a la vera de Malandra, hoy convertida en una respetable ejecutiva de Toyota, que engrosa la lista de los venezolanos que ocupan cargos relevantes en el extranjero.

Estuve en su cumpleaños. Traspasar el umbral de aquella puerta fue como penetrar en otra dimensión. Ya la música hubiera debido pronosticarme lo que iba a encontrar en el interior: tras la caminata, a un grado bajo cero, en aquella tarde gris de árboles desnudos, resultaba desconcertante percibir los tropicalísimos compases del Son de la loma .

Oniel Moisés y Juan Antonio Castillo
Abierta, la puerta me descubrió un espectáculo, por una parte, muy familiar, pero por otra, perdido en el tiempo. Porque aquello fue como las magdalenas de Proust: me encontré transportada a las cálidas reuniones dispersas aquí y allá entre los recuerdos de mi vida en Caracas. Y la música, que vagamente había percibido desde el exterior, no era una grabación: allí estaban, en vivo, tridimensionales y contundentes, Juan Antonio Castillo y Oniel Moisés.

Era el maravilloso regalo de Aida Borges. Tuvo el tino, merced a sus raíces cubanas, de localizarlos y regalarnos (así, en plural, no solo a la Malandra, sino a todos los que estábamos allí) un rato de reencuentro con nosotros mismos, con nuestra identidad. Con la identidad de todos. Porque si algo ha dado Cuba al mundo, y forma parte del patrimonio compartido por los hispanoparlantes, es su música. ¿Quién no ha escuchado Cómo fue, de Ernesto Duarte, o Contigo en la Distancia, de César Portillo? ¿Quién puede sentirlos ajenos a su idiosincracia?

Me comentaba Rubén Orizondo, propietario de ese rincón delicioso que es el Café de la Luz, que lo que fundamentalmente lo mantiene vinculado con su Cuba natal es la música.

Oniel es el heredero de una tradición que hunde sus raíces en el emblemático Buenavista Social Club, inmortalizado en el documental del mismo nombre, producido por Wim Wenders, y que diera origen al álbum que se haría merecedor de un Grammy : “ un retrato de ancianos majestuosos que atesoran la sabiduría de su tradición caribeña”, diría el madrileño diario El País.

No sólo canta: pese a su formación de economista, contribuye a escribir la crónica de la música cubana desde la perspectiva privilegiada que le confiriera ser hijo del mítico cantante de la agrupación: Ibrahim Ferrer.

Elvia Sánchez
Estábamos como hipnotizados cuando llegó otra heredera, esta vez venezolana: Elvia Sánchez, la hija de Alfredo Sadel, la misma cuya inspiración echara a rodar aquel apodo: Malandra… Y con su voz acrisolada en muchos años de academia, con muchos escenarios a sus espaldas, nos hizo contener el aliento cuando comenzó a cantar Vieja Luna, de Orlando de la Rosa. La veteranía y profesionalidad del pianista, Juan Antonio Castillo, hicieron posible que, pese a la improvisación, se produjera una perfecta sincronía entre música y cantante, en un instante que resultó mágico.

Yo le agradezco a María Alejandra Sánchez Morón que me invitara. Que me permitiera compartir ese momento irrepetible con ella. Y también que me dejará constatar que es más lo que nos une, que lo que nos separa, y que a pesar de las urticantes asociaciones con la hospitalización de mi Comandante y con Barrio Adentro, a pesar de las intromisiones que tanto irritan a mis compatriotas, y aunque mi vida esté, Fernando, más bien para rancheras, Cuba todavía me sabe a bolero.
Malandra y Rubén Orizondo

Y usted ¿qué pone en la balanza?


El Universal, 26 de febrero de 2013

Hace algunos días el doctor Eduardo Puertas, amigo, pero sobre todo, interlocutor inteligente, me introdujo al principio de Hanlon: «Nunca atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la estupidez».

Esta aparentemente sencilla aseveración traduce una visión del hombre que parte del principio de que, con claras excepciones, no existe el propósito deliberado hacer daño, sino que el daño en sí mismo es un efecto colateral de las acciones que alguien emprende para alcanzar sus objetivos.

En lo personal, comparto esta idea. La desconfianza responde a una muy pobre concepción del ser humano. Yo prefiero creer que la gente es buena. Y ni siquiera que es estúpida: simplemente cada quien va tras sus propios intereses sin percatarse de lo que se lleva por delante. Supongo que debe ser agotador presumir la mala intención implícita en las acciones de los otros, así como supongo que hay que tener mucha sangre fría para saber que estás hiriendo a alguien y que te dé lo mismo. Esa es otra situación.

A menudo se emplea el término ponderar, una de cuyas acepciones es “determinar el peso de algo” para referirse al proceso de reflexión mediante el cual se valora un evento. Pareciera establecerse una analogía entre el establecer el peso físico de un objeto y la importancia que se confiere a ciertas situaciones o personas en nuestra vida. Será entonces conveniente aferir, de vez de cuando, nuestras balanzas; revisar nuestra escala de valores; replantear nuestro sistema de creencias; verificar que es lo que resulta verdaderamente útil en nuestras vidas y cómo contribuye a hacernos más felices a nosotros y a quienes nos rodean.

Así pues, habría que tener claras ciertas ideas que operaran a modo de hitos en nuestros mapas personales. La tolerancia, el respeto a las ideas, creencias o prácticas de los demás, coincidan o no con las nuestras, debería ser parte de este conjunto de valores llamado a regir nuestras vidas, garantizando no sólo lo libertad de los otros, sino también la nuestra. En cualquier caso, no nos corresponde desempeñar el papel de juez, ni castigar a nadie. Mucho más creceríamos si intentáramos comprender las motivaciones y las creencias de los otros a través de la empatía.

Nuestra conducta nunca debería estar determinada por el comportamiento de otros: el actuar con nobleza, con rectitud, con generosidad , no debería ser una función de lo que los otros hagan: retribuir el mal con mal no hace más que envilecernos y prolongar el conflicto. Es inevitable (y poco sano) negar nuestras emociones, pero también es deseable poner freno a las pasiones y procurar conservar la objetividad. Ello constituye un signo de madurez y autocontrol. Somos conscientes de que el otro nos ha hecho daño, pero somos capaces de operar sin que ello nos influya.

¿Esto implica que debemos tolerar sin más cualquier agravio? No. Sin duda. Pero es preciso distinguir la diferencia entre defenderse y contraatacar. Defenderse supone tomar las medidas pertinentes para no sufrir daños; contraatacar supone agredir al otro y, una vez más, prolongar el conflicto.

En todo caso, una concepción del ser humano como ente intrínsecamente “bueno” nos debería llevar a discriminar entre la persona y la conducta. La película Crash, que se hiciera acreedora a seis nominaciones al Oscar en el año 2005, cosechando tres estatuillas, resulta extraordinariamente elocuente en este sentido: la misma persona puede actuar de una u otra forma según el contexto... Es lo que Ortega y Gasset enunciaría como “Yo y mis circunstancias”. Así pues, en principio, es posible rechazar una conducta, pero no a una persona.

Y por último, con miras a salvaguardar nuestra integridad, yo rehuiría la mezquindad, la terrible tendencia a escamotearle a los demás lo que tampoco nos va a hacer más ricos a nosotros. Dejaría que las cosas fluyan; que los demás disfruten. Si puedo facilitarlo yo, mejor. Y que cada quien siga su camino. Al fin y al cabo, agua que no has de beber…..


martes, 19 de febrero de 2013

Rafael Catalán y el Colectivo Cillero


El Universal, 19 de febrero 2013





Descubrí la obra de Rafael Catalán Ynsa por azar. Una serie de acuarelas describía, desde una página web y con asombrosa fidelidad, los escenarios en que me desenvuelvo cotidianamente. No sólo era posible reconocer los lugares, sino también experimentar las mismas sensaciones que depara recorrerlos en la vida real. El artista lograba recrear la atmósfera que entrañaba cada rincón transcribiéndola al soporte, con lo que daba pruebas de una sensibilidad y agudeza únicas.
 
El hallazgo me llevó a investigar para descubrir un hombre polivalente, con un extraordinario talento y que, para mi sorpresa, encuentra en la arcilla el medio privilegiado para expresarse, prescindiendo del colorido delicado y de la volumetría transparente que despliega en las acuarelas que tanto me impresionaron.Porque Catalán es, ante todo, un ceramista, y su lenguaje plástico muta cuando se vuelca con estos materiales, impactando a través de las formas simples, el esgrafiado, las posibilidades expresivas de las texturas y la ocasional inclusión de un elemento colorido en sus monocromas playas de arcilla.

Si bien a lo largo de los años su producción ha incluido piezas de diferente volumen, en los últimos tiempos ha trabajado predominantemente en relieves de mediano formato, concebidos para ser colgados en la pared, interrumpiendo la monótona continuidad de su superficie. Estas Ventanas –que así ha querido llamarlas— se abren sobre dos realidades diferentes: una, la personal expresión de Rafael Catalán, y otra, el mundo circundante, o la impronta que el entorno deja en la sensibilidad del creador. Las ventanas son el marco en el que se produce un intercambio entre el espectador y el artista, lo que bellamente explicaría en un texto: “como un pájaro recorro tu interior y tú vuelas por mi mundo.”

La obre de Catalán se identifica con cierta ideología que exige un posicionamiento crítico del artista con respecto al contexto en el que emerge la obra. Esta identificación lo vincula de manera inequívoca con el Colectivo Cillero.

El Colectivo, surgido en 1997, toma su nombre del artista valenciano Andrés Cillero, creador del Grotesch-Art , “Gótico Lavable”. Profesor de las facultades de Bellas Artes de Valencia y de la Universidad Complutense de Madrid, fue Premio Nacional de Pintura en España y nombrado académico correspondiente por la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos de Valencia poco antes de su fallecimiento.

El Colectivo está integrado en la actualidad por artistas de España, Francia, Portugal, Alemania, Croacia, Holanda, Italia y Japón, que trabajan en estrecha colaboración y que reflejan en su discurso plástico un proceso reflexivo acerca del curso que siguen los acontecimientos. Su proyecto expositivo bianual "Horizontes de silencio: ¿sueño o tragedia del hombre?", presentado en el Museu da Água de Lisboa a finales de 2012, se plantea hacia dónde va el hombre, haciendo suya una aseveración de Eduardo Galeano, según consta en el catálogo de la muestra: “Al fin y al cabo, somos lo que hacemos para cambiar lo que somos”.

Catalán, que ha recibido diversos premios en pintura, cerámica y cartelería, nació en Barcelona en 1958, y comenzó su formación como ceramista en la Universidad Laboral de Cheste, Valencia. Prosiguió más tarde preparándose en Madrid, hasta ingresar en la Escuela de Arte Francisco Alcántara, que otrora fuera la Escuela Oficial de Cerámica.

El artista ha querido preservar la autenticidad de su obra evitando depender de ella económicamente, a fin de garantizar que la calidad plástica nunca se vea supeditada a otros aspectos más comerciales. Así pues, reparte su tiempo entre su trabajo y el taller que comparte diariamente desde el año 2004 con un grupo de artistas, en una cotidiana labor de reflexión que responde al planteamiento del Colectivo Cillero: “buscar unhorizonte, pintarlo, esculpirlo, moldearlo, escribirlo, fotografiarlo y, en definitiva, soñarlo, puede ser nuestra aportación a la consecución de un mundo más justo”.



sábado, 9 de febrero de 2013

Patrick Süskind y María Teresa Almarza


El Universal, 12 de febrero de 2013
“Si sigues haciendo lo mismo, vas a obtener los mismos resultados” sentenció María Teresa, mirándome por encima de la taza de café mientras parafraseaba a Einstein. Y esa imagen del gesto que se repite una y otra vez me remitió a lo que considero una pequeña joya de la literatura: La Paloma, del escritor bávaro Patrick Süskind, quien se diera a conocer principalmente a través de su libro “El perfume”, posteriormente llevado al cine.

La paloma, que no sabría si definir como un cuento largo o una novela corta, se desarrolla a lo largo de las 24 horas que conforman un día cualquiera en la vida de Jonathan Noel, un vigilante de banco. El protagonista, atrincherado en la monolítica seguridad de su rutina, se mueve según un cuidadoso plan pre-establecido en el que no hay cabida para la espontaneidad o la improvisación, hasta que un incidente sorpresivo viene a romper con la cómoda familiaridad de la cadena de acciones que emprende cada mañana: cuando se dispone a salir, descubre un inesperado visitante que se ha apostado frente a su puerta. Una paloma, un animal que se le antoja un bicho repugnante, le obstruye el paso.

La necesidad de encontrar una salida alternativa para no tener que atravesar por el umbral en el que está situada la paloma constituye apenas el primero de los trastornos que experimentará Noel durante una jornada llena de problemas por solucionar, pero que desembocará en la satisfacción de comprobarse capaz de resolver cualquier imprevisto, devolviendo a su vida cierta dosis de frescura.

La rutina constituye una fortaleza dentro de la que permanece protegido. Las situaciones que pueden presentarse son más o menos las mismas y ya están previstas las correspondientes soluciones. Noel se mantiene a salvo de los sobresaltos viviendo el mismo día una y otra vez, de la misma manera que el hámster recorre incansablemente los mismos treinta centímetros de la circunferencia de su rueda sin progresar hacia ningún lado. Es lo que llaman “permanecer en la zona de confort”.

Pero esta cómoda seguridad tiene su precio: supone renunciar a la satisfacción que comporta el éxito, la emoción del riesgo, el placer de la creación, la innovación, la autorrealización y el crecimiento personal. Y supone permanecer encarcelado en una realidad sin esperanzas de cambio.

Si bien es cierto que hay golpes de suerte que pueden imprimir un viraje a nuestras vidas, también es cierto que estos son más bien poco frecuentes. En vez de confiar al álea la evolución de las cosas, es más efectivo (y estimulante) responsabilizarnos por esos cambios, en la certeza de que ocurrirán porque estamos poniendo los medios para que así sea.

Comprender que en toda experiencia hay implícita una ganancia puede contribuir a moderar la ansiedad de exponerse a un “fracaso”: cuando se alcanza el objetivo, se experimenta la satisfacción del logro, y cuando no, simplemente se desecha una de las posibles vías de acción para llegar a la meta. Thomas Alva Edison lo explicaría muy bien al referirse a sus ensayos fallidos antes de lograr una bombilla que funcionara: no había fallado 999 veces, sino que había descubierto 999 formas de no hacer una bombilla.

María Teresa Almarza tiene una formación amplísima que podría avalar cualquier cosa que dijera: es experta en comunicaciones estratégicas, y además de haber sido directora de asuntos públicos y comunicaciones de Coca-Cola, se desempeñó como presidenta de la Asociación Nacional de Anunciantes de Venezuela, Vice-presidenta por América Latina en la Federación Mundial de Anunciantes y miembro fundador de la Asociación Civil Infantil Ronald McDonald. Pero la seguridad de su aseveración no provenía de su ya dilatada trayectoria profesional, sino del sentido común y de la experiencia humana tras muchos años de batalla. Ella apuesta por el cambio y el crecimiento. Por la esperanza.

A menudo permanecemos cautivos en situaciones que nosotros mismos podríamos modificar. Es entonces, en esos días, cuando agradecemos que aparezca una paloma.


martes, 5 de febrero de 2013

Las eternidades del Greco


El Universal, 5 de febrero de 2013


Aunque su intención nunca fue radicarse en Toledo (pretendía granjearse el apoyo de Felipe II y hacer carrera en la corte) la mayor parte de la vida de Doménikos Theotokópoulos, El Greco, y el grueso de su producción, se enmarcan en la llamada ciudad de las tres culturas, en la que se estableció a partir de 1577 tras permanecer en Italia unos diez años.

Dos rasgos signarían principalmente su obra: el primero, la temática, cónsona con el espíritu de la Contrarreforma que, desde la Arquidiócesis de Toledo, centro oficial del catolicismo español, pretendía defender los principios doctrinarios de la Iglesia; el otro, el manierismo, al que confiere el pintor rasgos particulares cada vez más definidos: figuras alargadas, de pálidas encarnaduras, con un manifiesto contraposto y un característico trabajo de la luz.


Fray Hortensio Féliz Paravicino, según El Greco
El caso es que en Toledo encontró el pintor un enclave propicio para alumbrar su producción, bajo el mecenazgo de diversos comitentes vinculados a la Iglesia. Quien en su tiempo fuera considerado un pintor excéntrico ha cobrado, con el correr de los años, el reconocimiento que pronosticara Fray Hortensio Félix Paravicino al escribir: “Creta le dio la vida, y los pinceles / Toledo mejor patria, donde empieza / a lograr con la muerte eternidades”.

Declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1987, Toledo no necesita ningún elemento adicional para cautivar a quienes la visitan. La atención recaerá sobre ella, no obstante, en el 2014, cuando se conmemore el IV Centenario del fallecimiento del Greco.

Para la ocasión, se prevé realizar cuatro grandes exposiciones, que permitirán acoger en la ciudad más de doscientas obras del pintor. La atención oficial se ha centrado, al parecer, en la creación de un único gran museo del Greco, para lo que está previsto el traslado de las obras que se conservan en Toledo al Museo de Santa Cruz , en donde también se emplazará un centro de documentación.

En paralelo, mediante el impulso de un grupo de empresarios locales, surge la Sociedad de Eventos Culturales El Greco, que ha venido a encauzar una serie de iniciativas procedentes de diversos sectores de la vida toledana, y que guardan relación con la efeméride.

En momentos en que la economía española muestra serios indicios de recesión, la Sociedad ha gestionado acciones que involucran desde la producción de los típicos souvenirs, ya disponibles en algunos puntos de interés turístico, hasta otros proyectos de mayor envergadura, relacionados con la industria textil y con algunas bebidas, entre las que destacan el mazapán crema, creado para la ocasión por Licores Caro, y la Domus Greco, una cerveza de diseño lujosamente embotellada, pensada para ser consumida antes del 7 de abril del 2014, fecha del IV Centenario.


Resulta comprensible, dadas las circunstancias, que se muevan ciertos intereses económicos alrededor de la fecha. Pero el quehacer de la Sociedad no se ha restringido al ámbito comercial. Tal vez su principal mérito ha sido estimular cierto toledanismo, cierto grado de cohesión en torno a una de las más emblemáticas figuras de la ciudad. En su seno se ha promovido, por ejemplo, el reconocimiento a destacados personajes de Toledo, como el pintor Pablo Sanguino y el dramaturgo Antonio Martínez Ballesteros, y se ha procurado divulgar la vida y obra del Greco mediante un cómic ilustrado por Pedro Iznaola, con textos de Beatriz Cervera y Carlos Rodrigo.

La Sociedad ha logrado la participación de diversos sectores de la comunidad, promoviendo las sinergias, estimulado la conservación del patrimonio de la ciudad y contribuyendo al acervo cultural toledano. Una iniciativa tan exitosa, que ya comienza a ser emulada en otros lugares aledaños. Y, sin duda, una opción valiente y comprometida frente a la tendencia a dejar todo en manos de los sectores oficiales, demostrando que querer es poder, y poniendo en luz la responsabilidad del sector privado como motor de desarrollo.