martes, 29 de enero de 2013

Gaza, Golda y yo

El Universal,  27 de noviembre de 2012  
La díscola inconsciencia de mis dieciséis años me pilló leyendo a escondidas, en clase, la autobiografía de Golda Meir. Las páginas de Mi vida, al tiempo que me desvelaban la recia personalidad de quien fuera llamada "la mujer de hierro", me introducían al movimiento sionista y me ayudaban a comprender la gestación del Estado de Israel.

Meir, nacida en Kiev en 1898, se me antojaba como un paradigma de superación personal. Venida al mundo dentro de la más extrema pobreza, perseguida por su condición de judía, discriminada como inmigrante, fue capaz de hacer espacio, no obstante, para cultivar su pensamiento y, tras establecerse en Jerusalén, erigirse sucesivamente como embajadora de Israel en la Unión Soviética, Ministra de Relaciones Exteriores de su país y, finalmente, Primera Ministra, democráticamente elegida en 1969.

La más que razonable aspiración de contar con un territorio que albergara a los judíos dispersos por el mundo (la llamada Diáspora) había encontrado expresión en la Organización Sionista Mundial, fundada en Basilea por Theodor Herzl en 1897. El movimiento concebiría a los judíos como un grupo nacional, no como un grupo religioso, y propugnaría, en consecuencia, su derecho a la autodeterminación, que debía concretarse en la fundación de un Estado, Eretz Israel . Frente a la opción de establecerse en Argentina o Uganda, valoradas en su día, se escogió la revinculación del pueblo judío con su patria histórica y, más concretamente, con la ciudad de Jerusalén, ubicada para entonces en territorio palestino.

Gracias al auspicio de algunos filántropos, y a la colaboración de los propios judíos (Meir narra cómo en los lugares de encuentro religioso había dispuestas alcancías para recolectar donativos), se adquirieron terrenos pobres, pedregales, lodazales, en la zona palestina dominada por los turcos, con una inversión económica más bien moderada. Los llamados aliyá, sucesivas oleadas migratorias, favorecidas por las persecuciones sufridas por los judíos durante la primera mitad del siglo XX, consolidaron la fundación del Estado de Israel, en la que se adoptaría el hebreo como lengua oficial, frente al yiddish, considerado como la lengua del exilio. El sionismo predominaría en su vertiente socialista, expresado en comunas rurales (los kibutzim, que conseguirían el milagro de hacer florecer el desierto), para diversificarse después hacia el sionismo revisionista, hoy en día representado por el partido Likud, y hacia el sionismo religioso.

La señora Meir, cuando migró a Milwakee en 1906, había experimentado de cerca el horror de los pogromos que se verificaban contra los ashkenazis, las cruentas persecuciones y el expolio de los bienes de los judíos, sumados al secuestro de los niños para ser sometidos a un proceso de rusificación. Por otra parte, de todos es conocido el prontuario del genocidio nazi.  Lo que  resulta incomprensible para el común de los mortales es cómo un pueblo que ha sido víctima de continuas agresiones pueda ejercer presión de manera tan violenta sobre otro grupo humano, insistiendo en el bloqueo y en un enfrentamiento de fuerzas tan desiguales en su afán expansionista, desplazando a los palestinos de un territorio que les había sido concedido en los Acuerdos de Oslo. Ya decía Pablo Freire que no había peor opresor que el que había sido oprimido alguna vez.

No hay que llamarse a engaño: en un conflicto bélico siempre hay agresiones de ambas partes, por no insistir en los aspectos relacionados con Hamás y la pretendida "destrucción del Estado de Israel". Nuevos elementos como la intervención de Mursi y la posibilidad de que se verifique el día 29 el ingreso de Palestina a la ONU como Estado Observador afectan el curso de los acontecimientos. Pero ojalá se contengan ofensivas tan violentas como las que han tenido lugar  en la última semana, y se puedan resolver las cosas de una manera menos lesiva y sin recurrir al horror, como dijera Marita Vicens, de resolver las cosas "a los bombazos".

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